Libertad: creemos nuestro plan de renta vitalicia Una jubilación feliz depende de que tengamos una fuente de ingresos vitalicia.
Time, 30 de julio de 2012 Tengo dinero suficiente para jubilarme y vivir holgadamente el resto de mi vida. El problema es que me muero la semana que viene.
Anónimo En 1952, Edmund Hillary condujo la primera expedición que escaló la cumbre del monte Everest, una hazaña que parecía imposible. La reina de Inglaterra enseguida lo nombró caballero, pasando a llamarse «sir» Edmund Hillary.
Sin embargo, muchas personas creen que sir Edmund Hillary no fue el primero que llevó a cabo aquella proeza. Se cree que le precedió George Mallory, casi treinta años antes.
Entonces, si George Mallory alcanzó la cima del Everest en 1924, ¿por qué se llevó Edmund Hillary toda la fama, con nombramiento de caballero incluido?
Porque éste no sólo llegó a la cima, sino que también bajó de ella.
George Mallory no tuvo tanta suerte. Como la mayoría de los que murieron en el Everest, fue el descenso el que resultó fatal.
Invertir ¿para qué exactamente?
Muchas veces le pegunto a la gente: «¿Para qué inviertes?».
Las respuestas son muchas y variadas:
—Rendimiento.
—Crecimiento.
—Activos.
—Libertad.
—Diversión.
Rara vez oigo la respuesta que más importa: ¡¡¡renta!!!
Todos necesitamos contar con una renta; con unos ingresos que lleguen a nuestra cuenta corriente todos los meses, con la regularidad de un reloj.
¿Nos imaginamos lo que sería no tener que preocuparnos de pagar las facturas ni de quedarnos sin dinero? ¿O poder disfrutar de la libertad de viajar sin preocuparnos de nada? ¿O no temer ver nuestro saldo mensual ni tener que rogar que el mercado resista? ¿O poder donar tranquilamente a nuestra iglesia o a nuestra organización benéfica preferida y no tener que preocuparnos de si podremos seguir donando? Todos sabemos intuitivamente que los ingresos son libertad.
Gritemos desde las colinas como hace Mel Gibson en la película Braveheart: «¡¡¡Los ingresos son libertad!!!».
Y la falta de ingresos es angustia. La falta de ingresos es penuria. La falta de ingresos no es una posibilidad que podamos aceptar para nosotros ni para nuestra familia. Que ésta sea nuestra divisa.
Jeffrey Brown, experto en jubilación y asesor de la Casa Blanca, lo dijo mejor en un artículo de Forbes: «Lo más importante de nuestra jubilación es asegurarnos unos ingresos».
Los ricos saben que el valor de sus activos (acciones, bonos, oro y demás) fluctuará siempre. Pero no podemos «gastar» activos. Sólo podemos gastar dinero en efectivo. El año 2008 mucha gente con activos (inmobiliarios, sobre todo) vieron cómo los precios se desplomaban y no podían vender. Eran «ricos» en activos y «pobres» en efectivo. Esta ecuación lleva muchas veces a la quiebra. Recordemos siempre: la solución es la renta.
Al final de esta sección dispondremos de las herramientas que necesitamos para asegurarnos exactamente los ingresos que deseemos. Es lo que llamo «seguro de ingresos»: una manera segura de tener un sueldo de por vida sin necesidad de trabajar en el futuro, de saber con absoluta seguridad que nunca nos quedaremos sin dinero. ¿Y sabemos qué? Que sólo tenemos que decidir cuándo queremos empezar a percibir esa renta.
Hay muchas maneras de asegurarnos esos ingresos, así que veremos unos cuantos métodos para ellos.
Uno de los más interesantes tiene otras grandes ventajas. Es el único instrumento financiero que nos ofrece lo siguiente:
— Una garantía del ciento por ciento de nuestro depósito. (No perdemos nuestro dinero y lo controlamos en todo momento.) — Beneficios sin pérdidas: el valor de nuestra cuenta esta vinculado al mercado, de suerte que, si éste sube, participamos en las ganancias, pero si baja no perdemos ni un céntimo.
— Impuestos diferidos sobre nuestro crecimiento.
— Una fuente de ingresos vitalicios que controlamos nosotros y que podemos activar en cualquier momento.
— No hay gastos de gestión anuales.
¡Obtenemos todos estos beneficios con una versión moderna de un instrumento financiero que tiene dos mil años de antigüedad! ¿Cómo es posible? Seguro que parece demasiado bonito para ser verdad, pero créaseme:
¡es verdad! Yo mismo lo uso y me alegra compartirlo con el lector.
Como hemos dicho a lo largo de todo el libro, nuestro futuro financiero se parece mucho a la subida al Everest. Nos pasaremos décadas trabajando para acumular nuestra masa crítica (llegar a la cima), pero eso es sólo la mitad de la historia. Si reunimos esa masa crítica pero no trazamos un plan que la convierta en unos ingresos que nos duren toda la vida, nos pasará lo que a George Mallory: moriremos bajando la montaña.
¿Son los ochenta los nuevos cincuenta?
La idea de una jubilación longeva y provechosa se remonta a unas pocas generaciones. Si recordamos lo que hablábamos antes, cuando Franklin Roosevelt creó la seguridad social en 1935, la esperanza de vida era apenas de sesenta y dos años. Y como la pensión no empezaba a cobrarse hasta los sesenta y cinco, sólo un pequeño porcentaje de los trabajadores recibían las ayudas.
Entonces, el sistema de la seguridad social tenía sentido, financieramente hablando, porque había cuarenta trabajadores (contribuyentes) por cada jubilado que cobraba una pensión. Eso significa que había cuarenta personas empujando el carro y sólo una sentado en él. En 2010, la proporción ha caído a sólo 2,9 personas empujando por cada jubilado. Las cuentas no salen, pero ¿desde cuándo ha preocupado esto al gobierno?
Hoy, la esperanza de vida para el hombre es de setenta y nueve años, y para la mujer es de ochenta y uno. En el caso de los matrimonios, hay un 25 por ciento de probabilidades de que al menos un cónyuge llegue a los noventa y siete años.
¡Y aún hay más!
Podríamos vivir mucho más. Pensemos en lo mucho que la tecnología ha adelantado en los últimos treinta años. Desde los disquetes a la nanotecnología. Hoy, los científicos usan impresoras 3D para crear nuevos órganos. ¡Los investigadores pueden emplear células humanas tomadas delicadamente de nuestra piel para «imprimir» una oreja, una vejiga o una tráquea completamente nuevas! 14 La ciencia ficción se ha hecho realidad.
Luego hablaremos de esto con mi amigo Ray Kurzweil, el Thomas Edison de nuestra época y actual jefe de ingeniería de Google. Cuando le preguntamos cómo los adelantos en biociencia afectarán a la esperanza de vida, dice: «En la década de 2020, los seres humanos dispondrán de medios para cambiar sus genes; no sólo será posible “diseñar niños”, sino también rejuvenecer todos los tejidos y órganos del cuerpo mediante la transformación de las células de nuestra piel en versiones jóvenes de todas las otras clases de células.
Podremos “reprogramar” nuestro sistema bioquímico para que no enferme ni envejezca, con lo que la esperanza de vida se alargará muchísimo.»
¡Interesantísimas palabras para los entrados en años! ¡Adiós a las arrugas! Pronto podríamos beber de la proverbial fuente de la juventud.
Pero las implicaciones para nuestra jubilación están claras. Nuestro dinero tendrá que durar más de lo que pensamos. ¿Nos imaginamos lo que pasaría si Ray tiene razón y los baby boomers viviéramos hasta los ciento diez o ciento veinte años? ¿Cómo será la tecnología que cambiará la duración de la vida de los millennials? Nada será más importante que asegurarnos una renta vitalicia; un sueldo que percibamos mientras vivamos será nuestro mejor activo.
Cuando era joven creía que el dinero era lo más importante de la vida; ahora que soy viejo, lo sé.
OSCAR WILDE La regla del 4 % ha muerto A principios de los años noventa, un planificador financiero californiano inventó lo que llamó la «regla del cuatro por ciento». La regla decía que si queremos que el dinero nos dure toda la vida, podemos sacar un cuatro por ciento anual de nuestro dinero siempre que tengamos una «cartera equilibrada» con el 60 por ciento invertido en acciones y el 40 por ciento en bonos. Y podemos aumentar la cantidad cada año para compensar la inflación.
«Fue bonito mientras duró», dice un artículo de 2013 de The Wall Street Journal titulado «Digamos adiós a la regla del 4%». ¿Por qué esta muerte súbita? Porque cuando se creó la regla, ¡los bonos del Estado rendían más del cuatro por ciento y las acciones estaban en alza! Si nos hubiéramos jubilado en enero de 2000 y hubiéramos seguido la tradicional regla del cuatro por ciento, en 2010 llevaríamos perdido el 33 por ciento de nuestro dinero y, según T. Rowe Price Group, sólo tendríamos un 29 por ciento de probabilidades de que ese dinero nos durara toda la vida. O, dicho lisa y llanamente, habríamos tenido un 71 por ciento de probabilidades de vivir más de lo que durasen nuestros ingresos. Ser viejo y no tener dinero son dos cosas que a la mayoría de nosotros no nos gustaría experimentar a la vez.
Hoy vivimos en un mundo de tasas de interés bajas, en lo que es, en realidad, una guerra contra los ahorradores. Y muy seguramente una guerra contra los mayores. ¿Cómo vamos a jubilarnos tranquilamente cuando las tasas de interés rayan el cero por ciento? Tenemos que aventurarnos a salir a territorio desconocido en busca de rendimiento para nuestro dinero. Como la historia del antílope que debe acercarse a las aguas llenas de cocodrilos para saciar su sed. El peligro acecha y quienes necesitan rendimientos positivos para vivir, para pagar sus facturas, son cada vez más vulnerables.
La destrucción de la masa crítica Digan lo que digan o nos vendan lo que nos vendan, no hay un solo gestor de carteras de valores, bróker o asesor financiero que pueda controlar el principal factor del que dependerá que nuestro dinero dure o no. Es el secretillo inconfesable del mundo financiero que muy pocos profesionales saben. Y de los que lo saben, muy pocos se atreven a revelarlo.
Fiel a mis maneras directas, se lo planteé de buenas a primeras cuando entrevisté al legendario inversor Jack Bogle.
¿Recordamos quién es Jack Bogle? Es el fundador de Vanguard, el mayor fondo de inversión del mundo, y una persona franca como él solo.
Hablé con él cuatro horas en su despacho de Pensilvania y saqué el tema del secretillo inconfesable; expuso sus ideas y opiniones sin ambages:
—Siento tener que decirlo, pero esto es como la lotería: cuándo nacemos, cuándo nos jubilamos y cuándo van nuestros hijos a la universidad.
Y no podemos controlarlo.
¿A qué se refería con lo de la lotería?
A que todo es cuestión de suerte: ¿cómo estará el mercado cuando nos jubilemos? Si nos jubilamos a mediados de los noventa, fuimos afortunados. Si nos jubilamos a mediados de los 2000, somos unos desgraciados. El mismo Bogle dijo en una entrevista de 2013 para la cadena CNBC que, en la siguiente década, debemos estar preparados para dos caídas de hasta el 50 por ciento. ¡Puñeta! Pero quizá esta predicción no debería sorprendernos. En los 2000 ya hemos vivimos dos derrumbes de casi el 50 por ciento. Y no olvidemos que si perdemos un 50 por ciento, tendremos que ganar un ciento por ciento para recuperar lo perdido.
El riesgo que todos corremos, el secretillo inconfesable, es la terrible idea de la secuencia de rendimiento. Parece complicado, pero no lo es. Viene a decir que los primeros años de nuestra jubilación determinarán los últimos.
Si sufrimos pérdidas en los primeros años, lo que depende completamente de la suerte, nuestras probabilidades de recuperar lo perdido caen en picado.
Pero podemos hacerlo todo bien: contratar a un asesor fiduciario, reducir las comisiones que nos cobran, invertir con eficiencia fiscal y crear un fondo de la libertad.
Pero cuando llega la hora de bajar la montaña, cuando llega la hora de empezar a sacar dinero de nuestra cartera, si tenemos un mal año al principio, nuestro plan podría irse fácilmente al garete. Unos cuantos años malos más y tendríamos que volver a trabajar y a vender la casa veraniega. ¿Parece demasiado alarmante? Veamos un ejemplo hipotético de cómo el riesgo de la secuencia de rendimiento funciona en el tiempo.
Un hombre mordió a un perro Un hombre mordió a un perro. Un perro mordió a un hombre. Las mismas seis palabras, pero si las colocamos en una secuencia diferente significan cosas completamente diferentes. ¡Sobre todo para el hombre!
Llamémoslo Juan. Ahora tiene sesenta y cinco años, ha ahorrado 500.000 dólares (mucho más que el estadounidense medio) y va a jubilarse.
Como la mayoría de los estadounidenses en edad de jubilarse, Juan tiene una cartera «equilibrada» (60 por ciento en acciones y 40 por ciento en bonos) que, como sabemos por Ray Dalio, ¡no está equilibrada en absoluto! Como las tasas de interés están tan bajas, la regla del cuatro por ciento no sirve.
Juan decide que tendrá que sacar un cinco por ciento, 25.000 dólares, de su hucha o fondo de la libertad cada año para subvenir a sus gastos más básicos.
Con eso y con lo que percibe de la seguridad social debería bastarle. Y además debe sacar más cada año (un tres por ciento más) para compensar la inflación, pues cada año el mismo dinero dará para menos bienes y servicios.
Quiere la mala suerte que Juan empiece sufriendo algunas pérdidas. De hecho, los tres primeros de los llamados «años dorados» son malos. No empieza lo que se dice con buen pie.
En apenas cinco años, los 500.000 dólares de Juan se han visto reducidos a la mitad. Y sacar dinero con el mercado bajo es peor, porque habrá menos dinero que pueda crecer cuando el mercado se recupere. Pero la vida sigue y las facturas hay que pagarlas.
Desde la edad de setenta en adelante, a Juan le esperan muchos años de mercado alcista, pero el daño ya está hecho. El camino a la recuperación es demasiado empinado. Para cuando frise en los ochenta, tendrá claro que el dinero se le acaba. A los ochenta y tres, su cuenta no valdrá nada. Al final, habrá sacado 580.963 dólares de los 500.000 iniciales de su cuenta. En otras palabras, al cabo de dieciocho años de inversión constante durante su jubilación, sólo ha ganado unos 80.000 dólares.
Pero esto es lo demencial: mientras Juan bajaba trabajosamente la montaña, el mercado crecía de media un ocho por ciento anual, que es un rendimiento bastante bueno, se mire como se mire.
El problema es que el mercado no nos da el rendimiento medio anual cada año, sino el rendimiento real con el que se hace la media. (¿Recordamos lo que decíamos sobre la diferencia entre el rendimiento real y el rendimiento medio en el capítulo 2.3, «Mito 3: “¿Nuestra rentabilidad? La que ves”»?) Y «esperar» que no suframos pérdidas en años en los que no podemos permitírnoslo no es una estrategia efectiva para asegurar nuestro futuro financiero.
Juan Edad Ganancias y pérdidas hipotéticas Retiradas de dinero a comienzos de año Hucha a comienzos de año – – 500.000$ –10,14% 25.000$ 500.000$ –13,04% 25.750$ 426.839$ –23,37% 26.523$ 348.766$ 14,62% 27.318$ 246.956$ 2,03% 28.318$ 251.750$ 12,40% 28.982$ 228.146$ 27,25% 29.851$ 223.862$ –6,56% 30.747$ 246.879$ 26,31% 31.669$ 201.956$ 4,46% 32.619$ 215.084$ 7,06% 33.598$ 190.084$ –1,54% 34.606$ 168.090$ 34,11% 35.644$ 131.429$ 20,26% 36.713$ 128.458$ 31,01% 37.815$ 110.335$ 26,67% 38.949$ 95.008$ 19,53% 40.118$ 71.009$ 26,38% 36.923$ 36.923$ –38,49% 0$ 0$ 3,00% – – 13,62% – – 3,53% – – 26,38% – – 23,45% – – 12,78% – – Rendimiento medio Total dinero retirado 8.03% 580.963$ Al revés Susana también tiene sesenta y cinco años y 500.000 dólares. Como Juan, sacará el cinco por ciento, es decir, 25.000 dólares al año para sus gastos y sacará cada año un poco más para compensar la inflación. Y para ilustrar correctamente la idea, usamos las mismas cifras de rendimiento, pero cambiando la secuencia de esas cifras. Invertimos el orden, de manera que el primer año pasa a ser el último y viceversa.
Susana Edad Ganancias y pérdidas hipotéticas Retiradas de dinero a comienzos de año Hucha a comienzos de año – – 500.000$ 12,78% 25.000$ 500.000$ 23,45% 25.750$ 535.716$ 26,38% 26.523$ 629.575$ 3,53% 27.318$ 762.140$ 13,62% 28.318$ 760,755$ 3,00% 28.982$ 832.396$ –38,49% 29.851$ 827.524$ 26,38% 30.747$ 490.684$ 19,53% 31.669$ 581.270$ 26,67% 32.619$ 656.916$ 31,01% 33.598$ 790.788$ 20,26% 34.606$ 991.981$ 34,11% 35.644$ 1.151.375$ –1,54% 36.713$ 1.496.314$ 7,06% 37.815$ 1.437.133$ 4,46% 38.949$ 1.498.042$ 26,31% 40.118$ 1.524.231$ –6,56% 41.321$ 1.874.535$ 27,25% 42.561$ 1.712.970$ 12,40% 48.383$ 2.125.604$ 2,03% 45.153$ 2.339.923$ 14,62% 46.507$ 2.341.297$ –23,37% 47.903$ 2.630.297$ –13,04% 49.340$ 1.978.993$ –10,14% 50.820$ 1.677.975$ Rendimiento medio Total dinero retirado 8.03% 911.482$ Simplemente invirtiendo el orden del rendimiento, Susana vive una jubilación muy distinta. De hecho, cuando tiene 89, ha sacado más de 900.000 dólares y aún le quedan ¡1.677.975 dólares en la cuenta! No tuvo que preocuparse nunca.
Dos personas, misma cantidad de dinero en el momento de jubilarse, misma estrategia de retirada de efectivo: uno se queda pelado y la otra es completamente libre, en sentido financiero.
Y lo que es aún más sorprendente: ¡los dos tienen el mismo rendimiento medio (8,03 por ciento anual) en esos veinticinco años!
¿Cómo es posible? Porque la «media» es la suma del rendimiento anual dividido por el número de años.
Nadie puede predecir lo que ocurrirá mañana. Nadie sabe cuándo subirá el mercado ni cuándo bajará.
Ahora imaginemos que Juan y Susana tuvieran una renta asegurada.
Juan se habría evitado una úlcera porque sabría que, aunque su cuenta mengüe, tiene una renta garantizada al final del túnel. Susana simplemente tendría más dinero para hacer con él lo que quisiera: tomarse otras vacaciones, darles más a sus nietos o donar a su organización benéfica favorita. ¡Tener un seguro de este tipo vale mucho! Y si lo acompañamos de una cartera All Seasons, tenemos una combinación excelente.
Seis títulos de separación Recordaremos a David Babbel, el profesor de la Escuela de Wharton al que presenté al principio del libro. No sólo es una de las personas más cultas que he conocido, sino también un alma sensible con una fe inquebrantable. Y prefiere que le llamemos David en lugar de «doctor» o «profesor».
Recordemos su historia. ¡Tiene seis títulos! Es licenciado en economía, doctor en finanzas, doctor en economía alimentaria y de recursos, doctor en agricultura tropical, doctor en estudios hispanoamericanos y tiene un máster en finanzas internacionales. Ha enseñado inversión en la Universidad de Berkeley y en la Escuela Wharton más de treinta años. Fue director de investigaciones en el departamento de pensiones y seguros de Goldman Sachs. Ha trabajado para el Banco Mundial y ha sido consejero del Tesoro, la Reserva Federal y el Departamento de Trabajo. Decir que sabe de lo que habla es como decir que Michael Jordan sabe jugar al baloncesto.
David es también autor de un controvertido informe en el que explica su propio plan de pensiones. Cuando se jubilara, decía David, quería una estrategia que le diera tranquilidad y le garantizara una renta vitalicia.
Recordaba que la solución es la renta. También tuvo en cuenta, sabiamente, otros factores, como el de no querer tener que tomar decisiones complejas en edad avanzada. Barajó todas las opciones y recurrió a su vasto conocimiento del riesgo y los mercados. Incluso consultó con sus amigos y antiguos compañeros de Wall Street para comparar estrategias. Al final, David decidió que donde mejor podía colocar su dinero era en ¡seguros de rentas (annuities)!
¡Guau! Un momento.
¿Cómo pudo Babbel cometer lo que sus colegas de Wall Street llaman «anualicidio»? Anualicidio (del inglés annuicide) es un término que acuñaron los corredores de bolsa para denominar a un cliente que saca dinero del mercado bursátil y recurre a las compañías de seguros para garantizarse una renta vitalicia. Para ellos, es una decisión irreversible que les impide seguir aprovechándose de nuestras inversiones. Es la muerte de sus beneficios.
Pensémoslo: ¿cuándo fue la última vez que nuestro corredor de bolsa nos habló de la necesidad de crear un plan de renta vitalicia?
Seguramente no lo hizo nunca. Wall Street no tiene ningún interés en promover ideas que lleven a retirar dinero. Esta idea les da repelús. La ironía es que somos una renta vitalicia para ellos mientras no nos vayamos.
Los estadounidenses deberían convertir al menos la mitad de los ahorros de su plan de pensiones en un seguro de rentas.
Departamento del Tesoro de Estados Unidos Jeffrey Brown sabe bastante de crear planes de renta vitalicia. Es asesor del Tesoro y del Banco Mundial y una de las personas a las que ha consultado China para evaluar la estrategia de la futura seguridad social del país.
También es una de las siete personas nombradas por el presidente de Estados Unidos para formar parte de la Junta de Asesores de la Seguridad Social.
Jeff se ha pasado la mayor parte de su carrera profesional estudiando cómo proporcionar a la gente una renta vitalicia. ¿Cuál es su conclusión?
Que los seguros de rentas son uno de los instrumentos de inversión más importantes que tenemos.
Jeff y yo tuvimos una fascinante entrevista de tres horas en la que dijo estar sorprendido de que la cuestión de la renta no figure en casi ningún plan financiero.
Le pregunté:
—¿Qué podemos hacer para protegernos y asegurarnos una renta vitalicia, ahora que vivimos más tiempo que nunca? Nos jubilamos a los sesenta y cinco y tenemos veinte o treinta años por delante en los que necesitaremos unos ingresos, pero nuestros ahorros no durarán tanto. ¿Cuál es la solución?
—Lo bueno, Tony, es que hoy sabemos cómo resolver este problema — me contestó—. Lo único que tenemos que hacer es cambiar nuestra manera de pensar a la hora de financiar nuestra jubilación. Hay productos como los seguros de rentas que es como si fuéramos a una compañía de seguros y les dijéramos: «Voy a coger mi dinero y dároslo a vosotros, vosotros vais a gestionarlo y hacer que rinda, y me vais a pagar una renta mensual mientras viva.» Para entender en qué consiste esto, pensemos qué es lo que hace la seguridad social. Nosotros pagamos a la seguridad social mientras trabajamos y, cuando nos jubilamos, ésta nos devuelve una renta mensual mientras vivamos. No tenemos que conformarnos con lo que nos da la seguridad social; podemos aumentar nuestra renta vitalicia haciendo lo mismo por nuestra cuenta.
Jeff y su equipo realizaron un estudio en el que comparaban distintas maneras de explicar lo que eran los seguros de rentas y cómo esas explicaciones cambiaban por completo la percepción de la necesidad o el deseo que tenían los oyentes de contratar un seguro de rentas.
En primer lugar, las describieron como lo hacen los corredores de bolsa: como una cuenta de «ahorros» o una inversión con poca rentabilidad. No sorprende que sólo al 20 por ciento de las personas les pareciera interesante.
¿Nos suena? Podemos oír al corredor de bolsa diciendo: «Los seguros de rentas son una mala inversión».
Pero cuando cambiaron unas cuantas palabras y mencionaron los beneficios reales de los seguros de rentas, la cosa cambió. Explicaron que éstos son una herramienta que nos garantiza una pensión el resto de nuestra vida ¡y entonces a más del 70 por ciento les pareció interesante! ¿Quién no quiere una pensión que nos cubra cuando nos fundamos los ahorros? Puede que nuestro nivel de vida sea más alto de lo esperado. O que tengamos una urgencia médica inesperada. O que el rendimiento del mercado no nos sea propicio. ¡Qué alivio da saber que nuestra renta futura depende de una llamada de teléfono!
Y hoy, una industria financiera revolucionada ha creado toda una serie de oportunidades que tienen que ver con los seguros de rentas. Muchas de éstas nos ofrecen una rentabilidad parecida a la del mercado de valores pero nos ahorran las pérdidas de éste. Los seguros de rentas ya no son sólo para nuestros abuelos. Pasemos la página y veamos cinco tipos que podrían cambiarnos la vida.
Resumen. El plan de renta vitalicia es el puente entre acumular capital y convertirlo en ingresos de por vida. Robbins usa la metáfora del Everest: subir (acumular) importa, pero más importa bajar (convertir en renta).
Puntos claveUna jubilación feliz depende de que tengamos una fuente de ingresos vitalicia. — Time MagazineComprueba que entendiste