Dominar el dinero: es hora de avanzar La gratitud es el signo de las almas nobles.
ESOPO El dinero es una de las formas de hacer los sueños realidad. Si no tenemos bastante o tenemos muy poco, la vida puede ser horrible. Pero cuando tenemos dinero, ¿mejora todo automáticamente? Creo que todos conocemos la respuesta.
El dinero no puede cambiar lo que somos. Lo único que hace es magnificar nuestra verdadera naturaleza. Si somos mezquinos y egoístas, con dinero seremos más mezquinos y egoístas. Si somos agradecidos y generosos, con dinero lo seremos más.
Pensemos un momento en la crisis financiera de 2008. Billones de dólares en acciones y valores inmobiliarios se volvieron humo. Millones de empleos se perdieron en cuestión de meses. ¿Cómo lo vivimos nosotros?
¿Cómo nos golpeó? ¿Cómo afectó a nuestra familia? ¿Y a nuestros amigos?
Algunos reaccionamos con miedo, otros con rabia, otros con resignación, otros con determinación. Todas estas respuestas no tenían que ver con el dinero, sino con nosotros. Aquellos sucesos arrojaron luz sobre lo que el dinero significa para nosotros. Sobre el poder que le damos. Sobre si dejamos que el dinero nos controle o si lo controlamos nosotros.
La bolsa o la vida Uno de los casos más fuertes que conozco de aquel momento es el de un señor llamado Adolf Merckle. En 2007 era la nonagésimo cuarta persona más rica del mundo y la más rica de Alemania con un patrimonio de doce mil millones de dólares. Poseía la empresa farmacéutica más grande de Europa y luego amplió su imperio a la industria y la construcción. Estaba orgulloso de lo que había conseguido. También le gustaba especular.
En 2008 decidió apostar en la bolsa. Convencido de que Volkswagen estaba cayendo, decidió «vender en corto» la empresa. Con un problema:
Porsche quiso comprar Volkswagen y las acciones subieron en lugar de bajar.
Casi de la noche a la mañana, Merckle perdió casi 750 millones en esa simple operación.
Para colmo de males, necesitaba desesperadamente dinero para pagar un préstamo. Pero en 2008 los bancos no prestaban dinero a nadie: ni al lector, ni a mí, ni a los multimillonarios... ni a otros bancos.
¿Y qué hizo Merckle? ¿Buscar otras fuentes de financiación? ¿Reducir sus gastos? ¿Vender empresas deficitarias? No. Cuando se dio cuenta de que había perdido un total de tres mil millones de dólares y había dejado de ser el hombre más rico de Alemania, y que le había fallado a su familia, escribió una nota y se arrojó a las vías del tren.
Eso mismo. Se suicidó.
La ironía trágica es que, a los pocos días, su familia supo que los préstamos que pidió se le concedieron y sus empresas estaban salvadas.
¿Murió por el dinero? ¿O murió por lo que el dinero significaba para él?
Para Merckle, el dinero era una forma de identidad, algo que lo hacía importante. No pudo soportar perder su condición de hombre más rico de Alemania, lo sintió como un fracaso... ¡pese a que aún le quedaban nueve mil millones de dólares!
Podemos pensar «¡qué absurdo!». Pero no sé si tenemos derecho a juzgarle. ¿Cuántas veces hemos ligado nosotros nuestra identidad —o nuestro futuro— al dinero en alguna medida? Seguramente más de las que quisiéramos admitir.
El multimillonario que quiere morir pobre También hay gente como Chuck Feeney, un estadounidense de origen irlandés de Elizabeth, Nueva Jersey, multimillonario que partió de la nada.
¿Nos hemos sentido alguna vez atraídos por una de esas tiendas llenas de relucientes botellas de alcohol y perfume y otros artículos lujosos libres de impuestos que hay en los aeropuertos? Duty Free Shopping (DFS), ésta fue la idea de Chuck Feeney. Empezó de la nada en 1960 y acabó poseyendo un imperio comercial de 7.500 millones de dólares.
En algún momento, la revista Forbes lo clasificó, al igual que a Merckle, en la lista de los hombres más ricos del mundo. Pero Feeney era tan humilde que no parecía un hombre rico. Se ha pasado la mayor parte de su vida sin coche ni casa propios. Volaba en segunda clase y llevaba un reloj de pulsera de plástico. Como la de Merckle, su cuenta bancaria disminuía —actualmente Feeny es octogenario y tiene poco más de un millón de dólares—, pero la gran diferencia entre los dos es que, en lugar de agarrarse al último céntimo, Chuck Feeney ha dado todo su dinero.
En los últimos treinta años, este hombre se ha dedicado a usar ese instrumento que llamamos dinero a cambiarles la vida a las personas. Su filantropía llega a todos los rincones del mundo: ayuda a hacer la paz en Irlanda del Norte, a luchar contra el sida en Sudáfrica, a educar a niños en Chicago...
Y lo más sorprendente es que todo lo hace de una manera anónima. No busca el reconocimiento. De hecho, sólo ahora se sabe que es él quien financia esos increíbles proyectos. ¡Y sigue adelante! Chuck Feeney dice que lo que quiere es que le devuelvan el último cheque que extienda.
Está claro que el dinero no significa lo mismo para Adolf Merckle que para Chuck Feeney. ¿Qué significa realmente para nosotros? ¿Usamos el dinero o el dinero nos usa? Como vengo diciendo todo el rato, o aprendemos a dominar el dinero, o el dinero nos dominará.
El objetivo último: dar como se nos ha dado De niño, para mí el dinero era algo inalcanzable. Siempre era motivo de angustia porque nunca había bastante. Recuerdo ir a pedir a los vecinos comida para mis hermanos y para mí.
Pero un día de Acción de Gracias, cuando tenía once años, ocurrió algo que cambió mi vida para siempre. Como de costumbre, no había comida en casa y mis padres se peleaban. De pronto oí que llamaban a la puerta. Abrí un poco y vi a un hombre cargado con bolsas llenas de comida, suficientes para una gran cena de Acción de Gracias. Me parecía mentira.
Mi padre siempre decía que a nadie le importaba nadie. Pero de repente una persona a la que no conocía, y que nada pedía a cambio, nos ayudaba.
Aquello me hizo pensar: «¿Significa esto que los desconocidos se preocupan por nosotros?». Y decidí que si unos desconocidos se preocupaban por mí y por mi familia, ¡también yo me preocuparía por ellos! «¿Qué puedo hacer?»
Aquel día me prometí que llegado el momento, de algún modo, encontraría el medio de dar como a mí me habían dado. Y, así, a los diecisiete años, trabajando de portero de noche, ahorré dinero y el día de Acción de Gracias di de comer a dos familias. Fue una de las experiencias más conmovedoras de mi vida. Ver cómo aquellas caras pasaban de la desesperación a la alegría me llenó de gozo. En verdad puedo decir que fue un regalo para mí tanto como para aquellas dos familias. No se lo dije a nadie, pero al año siguiente di de comer a cuatro familias. Luego a ocho. No lo hacía por chulería, pero, después de ocho, me dije: «¿Por qué no pido ayuda?». Se lo conté a unos amigos y se apuntaron. La cosa creció más y más. Hoy, mi fundación da de comer a dos millones de personas de treinta y seis países todos los años gracias a nuestras International Basket Brigades. ¿Habría sentido la alegría de dar si no hubiera sido por aquel terrible día de Acción de Gracias de mis once años? ¡Quién sabe! Algunos lo llamarán suerte, destino o simplemente providencia. Yo veo la mano de Dios; yo lo llamo gracia.
Esto es lo que sé: aprendí lo que es la alegría de dar y eso nada tiene que ver con el dinero. El dinero es simplemente un medio para satisfacer nuestros deseos y necesidades, y no sólo financieros. La mayor parte de nuestra vida nos guiamos por creencias que hemos desarrollado a lo largo del tiempo; por lo que pensamos que es nuestra vida, por lo que creemos que debemos ser, hacer o dar; en suma, por aquello que nos hace sentirnos felices o realizados.
Cada cual tiene su concepto de la «felicidad». Algunos son felices agradando al prójimo, otros hallan la felicidad en el poder y la dominación, y para otros la felicidad es tener un millón de dólares. Algunos creen que la felicidad y el sentido de la vida están en acercarse a Dios y renunciar a todo lo material.
Otros creen que la felicidad última es la libertad.
Busquemos la emoción que busquemos, persigamos lo que persigamos —montar un negocio, casarnos, formar una familia, viajar por el mundo—, pensemos lo que pensemos de la felicidad, creo que todo son intentos de nuestra mente por satisfacer una o más de las seis necesidades humanas.
Estas seis necesidades básicas son nuestro motor. Determinan la conducta humana y son universales. Son la fuerza que nos mueve a hacer locuras y a hacer grandes cosas. Todos tenemos las mismas seis necesidades, pero la manera como las valoramos y el orden en el que lo hacemos determina la dirección de nuestra vida.
¿Por qué es tan importante entender estas seis necesidades humanas?
Porque si vamos a enriquecernos, tenemos que saber lo que realmente queremos, para qué nos enriquecemos. ¿Buscamos la riqueza para sentirnos seguros? ¿Queremos ser ricos para sentirnos especiales y únicos? ¿O lo queremos para poder ayudar a otros, para poder hacer por ellos cosas que nunca pudimos hacer? ¿O quizá todo a la vez?
Si para nosotros la mayor necesidad de nuestra vida es sentirnos seguros, nos moveremos, actuaremos, nos relacionaremos y gestionaremos nuestros negocios y finanzas de una manera diferente a como lo haríamos si nuestra mayor necesidad fuese el amor. Si profundizamos en lo que realmente perseguimos, veremos que no es dinero. Lo que realmente perseguimos es aquello que creemos que el dinero nos dará. En última instancia, es una serie de sentimientos. Y bajo esos sentimientos hay necesidades.
Necesidad 1: Seguridad y tranquilidad La primera necesidad humana es la de la seguridad. Es la necesidad de sentir que controlamos todo y saber lo que va a pasar a continuación. Es la necesidad de sentirnos tranquilos, de evitar el dolor y el estrés, así como la de experimentar placer. ¿No es así? Nuestra necesidad de seguridad es un mecanismo de supervivencia y condiciona el grado de riesgo que estamos dispuestos a correr en la vida: en nuestro trabajo, en nuestras inversiones, en nuestras relaciones. Cuanta más seguridad necesitemos, menos riesgo querremos correr o seremos capaces de soportar emocionalmente. Por cierto, de esto depende nuestra «tolerancia al riesgo».
Pero ¿y si estuviéramos seguros todo el tiempo? ¿Si supiéramos lo que va a ocurrir, cuándo va a ocurrir y cómo va a ocurrir? ¿Si adivináramos lo que la gente va a decir antes de que lo diga? ¿Cómo nos sentiríamos? Al principio muy bien, pero al final ¿cómo estaríamos? ¡Aburridos como una ostra!
Necesidad 2: Inseguridad y variedad Y, así, Dios, en su infinita sabiduría, nos dio una segunda necesidad, que es la inseguridad. Necesitamos variedad. Necesitamos sorpresas.
Preguntémonos una cosa: ¿nos gustan las sorpresas?
Si respondemos «sí», ¡mentimos! Nos gustan las sorpresas que queremos. ¡Las que no queremos las llamamos problemas! Pero aun así seguimos necesitándolas para echar músculo en la vida. No podemos echar músculo —ni carácter— si no tenemos nada contra lo que luchar.
Necesidad 3: Sentirnos importantes La tercera necesidad humana básica es la de sentirnos importantes, que es la que movía a Adolf Merckle. Todos necesitamos sentir que somos importantes, especiales, únicos o que nos necesitan. ¿Y cómo lo conseguimos? Podemos conseguirlo ganando miles de millones de dólares, acumulando carreras universitarias, másteres o doctorados. Podemos hacernos seguir por mucha gente en Twitter. O podemos salir en un programa de telerrealidad o ser una de las protagonistas de una serie de televisión.
Algunos se sienten importantes haciéndose tatuajes y poniéndose pendientes por todo el cuerpo y aun en partes de las que mejor no hablar. Podemos sentirnos importantes teniendo más o mayores problemas que nadie: «¿Dices que tu marido es un sinvergüenza? ¡Pues si vieras al mío!». Por supuesto, también podemos sentirnos importantes siendo más espirituales que nadie (o fingiendo serlo). Por desgracia, una de las formas más rápidas de sentirnos así —que no cuesta dinero ni requiere estudios— es la violencia. Si alguien nos pone una pistola en la cabeza, en ese momento es la persona más importante de nuestra vida, ¿verdad?
Gastar mucho dinero puede hacer que nos sintamos importantes, y lo mismo gastar muy poco. Todos conocemos a gente que constantemente presume de los chollos que ha conseguido o que se siente especial porque calienta su casa con estiércol de vaca o sol. Hay gente millonaria que se da importancia ocultando su riqueza. Como Sam Walton, el fundador de WalMart y durante un tiempo la persona más rica de Estados Unidos, que se paseaba por Bentonville, Arkansas, en su vieja camioneta, presumiendo de no necesitar un Bentley... aunque, eso sí, tenía su propia flota de avionetas por si acaso.
La necesidad de sentirse importante también da mucho dinero, y con eso ha hecho mi querido amigo Steve Wynn su fortuna. El hombre, que hizo Las Vegas como hoy es, sabe que hay gente que paga millones por cualquier cosa que crean que es «la mejor», cualquier cosa que les haga sentirse especiales, únicos o importantes: cualquier cosa que los haga destacar de la masa. Mi amigo ofrece en sus casinos y hoteles los servicios más exclusivos y lujosos que pueden imaginarse: realmente no tienen comparación en el mundo. Tiene una discoteca llamada XS que es la más marchosa de Las Vegas. Incluso entre semana hay cola en la puerta. Cuando entramos tenemos el privilegio de comprar una botella de champán normal por 700 dólares, o si queremos que todo el mundo vea que somos unos donjuanes, podemos gastarnos 10.000 dólares en un «cóctel Ono» especial de coñac añejo y zumo de naranja que viene acompañado de un collar de oro blanco. Ojo, te lo traen con una bengala para que todo el mundo vea que eres importante (y estás mal de la cabeza).
Necesidad 4: Amor y relaciones La cuarta necesidad es el amor y las relaciones. El amor es el oxígeno de la vida; es lo que todos queremos y más necesitamos. Cuando amamos, nos sentimos vivos, pero si perdemos el amor, el dolor es tan grande que la mayoría nos conformamos con las relaciones, las migajas del amor. Podemos tener esa sensación de amor gracias a la intimidad, la amistad, la oración o caminando por la naturaleza. Si nada funciona, podemos agenciarnos un perro.
Estas cuatro necesidades son las que yo llamo las necesidades de la personalidad. Todos hallamos la manera de satisfacerlas, ya sea trabajando duro, inventándonos un gran problema o creando historias con las que racionalizarlas. Las dos últimas son necesidades del espíritu. Estas dos son más raras y no todo el mundo las satisface. Cuando lo hacemos, nos sentimos plenamente realizados.
Necesidad 5: Crecimiento La quinta necesidad es el crecimiento. Si no crecemos, ¿qué hacemos?
Languidecemos. Si una relación no crece, si un negocio no crece, si nosotros no crecemos, poco importa cuánto dinero tengamos en el banco, cuántos amigos tengamos, cuánta gente nos ame: no nos sentiremos plenamente realizados. Y sólo crecemos, creo, si tenemos algo valioso que dar.
Necesidad 6: Contribución Y eso es porque la sexta necesidad es la contribución. Por cursi que suene, el secreto de vivir es dar. La vida no va de mí; va de nosotros. Pensémoslo:
¿qué es lo primero que hacemos cuando tenemos buenas noticias? Llamamos a un ser querido y las compartimos con él. El hecho de compartir, potencia todo lo que vivimos.
La vida consiste en crear sentido. Y el sentido no viene de lo que tenemos, sino de lo que damos. Lo que tenemos nunca nos hará felices. Pero ser la persona que queremos ser y contribuir sí nos hará felices.
Ahora bien, como este libro va de dinero, pensemos en cómo el dinero puede satisfacer las seis necesidades humanas. ¿Puede el dinero darnos seguridad? Sin duda. ¿Variedad? También. Y, claro, puede hacer que nos sintamos importantes. Pero ¿puede darnos amor y relaciones? En las inmortales palabras de The Beatles, el dinero no puede comprar amor.
¡Aunque sí un perro! Y puede también, por desgracia, darnos una falsa sensación de que nos quieren, porque atrae a las personas, aunque no siempre de la clase más estimulante. ¿Y crecimiento? El dinero puede hacernos crecer en los negocios y en nuestra formación. Y cuanto más dinero tengamos, más podremos contribuir financieramente.
Pero esto es lo que creo: si lo que más valoramos es sentirnos importantes, el dinero siempre nos dejará vacíos si no viene de una contribución que hayamos hecho. Y si queremos que el dinero nos haga importantes, nos saldrá muy caro. Buscamos grandes cifras, pero es poco probable que nos sintamos realizados.
La verdadera importancia en la vida no viene de algo externo sino de algo interno. Viene de un sentimiento de amor por nosotros mismos, que es algo que nunca pueden darnos los demás. Pueden decirnos que somos muy guapos, muy inteligentes, los mejores, o pueden decirnos que somos los peores seres humanos del mundo; pero lo que importa es lo que nosotros pensemos de nosotros mismos, y que en nuestro fuero interno creamos que seguimos creciendo y progresando, haciendo y dando más de lo que nos convenía o incluso pensábamos que era posible.
Nada hay más importante que crecer y dar. Y aunque el dinero es un medio extraordinario para satisfacer muchas de nuestras seis necesidades, no es el único. Cuando persigamos el dinero, no olvidemos por qué lo hacemos.
Queremos satisfacer deseos emocionales y psicológicos. Bajo estos impulsos hay necesidades que debemos satisfacer para que nuestra vida sea extraordinaria.
Imaginemos la historia de los primeros astronautas que llegaron a la Luna, desde el día en que, de niños, soñaban con volar al espacio exterior, hasta el día en que Buzz Aldrin y Neil Armstrong pisaron la Luna y contemplaron aquella maravillosa vista del planeta Tierra que ninguna otra persona ha visto más que en fotos. Eran los primeros seres humanos que lo hacían en toda la historia de la especie, ¡qué cosa tan importante!
¿Qué pasó? Desfiles triunfales, apretones de manos del presidente. Eran héroes. Y luego ¿qué? ¿Qué hace uno después de haber caminado por la Luna y sólo tiene treinta y nueve años? Si estudiáramos la historia de los astronautas, o leyéramos sus biografías, sabríamos que muchos de ellos cayeron en una honda depresión. ¿Por qué? Porque, para ellos, viajar al espacio o a la Luna era vivir una aventura. Y olvidaron que se puede vivir una aventura en una simple sonrisa.
No voy a seguir sermoneando al lector, pero sí quería detenerme un momento para decirle que, si ya es hora de que dominemos nuestro dinero, no esperemos tampoco a dominarnos a nosotros mismos. La mejor manera de crear vínculos, de sentir lo importante que es nuestra vida, de experimentar una sensación de seguridad y al mismo tiempo de variedad, y de estar en condiciones de dar al prójimo, es agradecer más y esperar menos. La persona más rica del mundo es aquella que más agradecida se siente.
Entrevisté a sir John Templeton por primera vez cuando yo tenía treinta y tres años. Recordemos que fue el multimillonario que empezó de la nada y se enriqueció cuando todos los demás tenían miedo, en los peores momentos de la historia: la segunda guerra mundial, Japón después de la guerra, y a finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando parte de Sudamérica sufrió una gran inflación. Cuando otros tenían miedo, él invirtió.
Le pregunté «¿cuál es el secreto de la riqueza?». Y él me contestó: «Tony, tú lo sabes y lo sabes bien. Se lo enseñas a todo el mundo. Es la gratitud.»
Cuando sentimos gratitud no tememos nada; cuando sentimos gratitud, no sentimos rabia. Sir John fue una de las personas más felices y más plenamente realizadas que he conocido. Aunque murió en 2008, su vida ha seguido inspirando a otras personas todos estos años.
Si queremos ser ricos, empecemos siéndolo. ¿Por qué podemos sentirnos hoy agradecidos? ¿A quién podemos hoy estarle agradecidos? ¿Podríamos incluso sentir gratitud por alguno de los problemas y dolores que hemos sufrido en la vida? ¿Por qué no empezamos a pensar que todo lo que ocurre en la vida pasa por una razón y con un sentido, y que nos ayuda? ¿Por qué no creemos en lo más profundo de nuestro corazón que la vida no es algo que nos pasa, sino que pasa por nosotros? Que todos los pasos del camino nos fortalecen para que seamos más, disfrutemos más y demos más. Si empezamos por aquí, el dinero no será nuestra fuente de placer o de dolor.
Ganar dinero no será sino un juego que deberemos dominar, y la riqueza, un gran medio para realizar lo que más importa en la vida.
Pero, ya que el dinero es tan importante en nuestra vida, volvamos a él.
Este capítulo ha sido muy sincero y amable, ¡pero no todas las personas que encontraremos en el camino de las finanzas obrarán inspiradas por el crecimiento personal y la generosidad! Vamos a entrar en un mundo lleno de gente y de entidades que demasiado a menudo querrán aprovecharse de nuestra falta de experiencia. Por eso quiero que estemos preparados para lo que nos espera. Antes de hablar de dónde invertir nuestro dinero y qué buscar, he de poner sobre aviso al lector.
Hay una razón por la que la mayoría de los inversores no hacen dinero por mucho que lo intenten. Quiero que nos armemos con el conocimiento que nos protegerá y a la vez nos permitirá maximizar el rendimiento de nuestras inversiones para que consigamos la libertad financiera antes de lo que pensamos. Pronto tendremos la paz interior que merecemos. Pasemos la página...
SEGUNDA PARTE Iniciémonos en el juego: conozcamos las reglas antes de jugar
Resumen. Robbins explica los conceptos de economía conductual que nos impiden ahorrar: el sesgo del presente, el 'Save More Tomorrow' de Thaler y Benartzi, y cómo usar la psicología a nuestro favor en lugar de luchar contra ella.
Puntos claveAhorrar más mañana: comprometerse hoy con ahorros futuros es más fácil que recortar gastos presentes.Comprueba que entendiste