Libro
Dinero: domina el juego
Capítulo 2.8

Capítulo 2.8

Capítulo 16 de 47

Mito 8: «Las mentiras que nos contamos a nosotros mismos»

Busca la verdad y encontrarás el camino.

FRANK SLAUGHTER Bien, seamos realistas. Acabamos de conocer todos los mitos del marketing y de la inversión que nos han contado durante años, en perjuicio nuestro y en beneficio de las grandes entidades. Y apuesto a que estamos escandalizados, pero también nos sentimos muy capaces. Ahora sabemos lo que debemos evitar y lo que hacer para triunfar.

Pero aún queda un último mito que debemos echar por tierra. Es el que dice que la razón de que no triunfemos, no logremos cosas, no prosperemos, es que algo o alguien que no controlamos nos lo impide. O, si no, la idea de que no estamos hechos para dominar este aspecto de la vida. Pero ésta es la verdad: lo único que a la mayoría de nosotros nos impide progresar en la vida no son las limitaciones que nos imponen otros, sino las que nos imponen nuestras percepciones o creencias. Por muy realizados que nos sintamos como seres humanos, por muy arriba que hayamos llegado personal, profesional, espiritual o emocionalmente, siempre hay otro nivel. Y para llegar ahí, tenemos que ser sinceros con nosotros mismos; sinceros respecto de nuestros miedos inconscientes. ¿A qué me refiero?

Todos tenemos miedo al fracaso en alguna medida; a veces tememos que quizá nos falte algo. Incluso cuando sabemos lo que hacer, nuestro miedo puede impedir que ejecutemos nuestros planes. En consecuencia, en lugar de enfrentarnos a nuestros miedos, ¿qué hacemos? Nos inventamos cuentos. Cuentos para explicar por qué no estamos donde queremos estar. Por qué no somos lo bastante inteligentes, competentes, delgados, ricos, por qué no amamos o no nos aman lo suficiente. Estos cuentos siempre tienen que ver con algo que no controlamos, o con que nos falta algún talento o habilidad innata. Pero el talento y la habilidad son dos elementos clave del éxito que cualquiera puede alcanzar si de verdad se lo propone. Podemos adquirir la habilidad si superamos los límites mentales que nos hacen creer en lo duro, lo difícil o lo «imposible» que es dominar algo.

Hemos tomado la decisión financiera más importante de nuestra vida: determinar cuánto exactamente vamos a ahorrar para crear nuestro fondo de la libertad, que nos permitirá construir una máquina de hacer dinero que funcione mientras dormimos. Y hemos examinado todos los mitos comerciales que pueden engañarnos. ¿Qué queda? La última cosa que se interpone en nuestro camino es muchas veces nuestra propia historia, nuestras propias limitaciones, nuestros propios miedos. El último obstáculo al que nos enfrentamos somos nosotros mismos. Por eso, desde hace treinta y ocho años, mi pasión es ayudar a la gente a superar lo que la limita: ayudarla a ir de donde está ahora a donde quiere estar, y más rápido. Toda mi vida ha estado consagrada a ayudar a las personas a progresar. Y, francamente, mientras a un montón de gente le cuesta mucho dar este paso, yo he descubierto que sólo hay tres cosas que, a la larga, marcan la diferencia entre éxito y fracaso, entre quedarnos donde estamos y seguir avanzando, entre buscar excusas para justificar lo que no tenemos y disfrutar de la vida que merecemos.

Avanzar ¿Y qué es avanzar? Avanzar es descubrir que lo imposible es posible, es dejar de hablar de algo y pasar a la acción para que ese algo se haga realidad, es empezar a moverse para cambiar y mejorar nuestro mundo.

A veces nos hace avanzar la frustración, la rabia o el cansancio.

Traspasamos un umbral, un punto en el que nos decimos: «Se acabó, nunca más». O nos asalta la inspiración: conocemos a alguien que nos inspira y que nos hace ver que la vida es mucho más de lo que nunca imaginamos.

Conocemos a alguien que disfruta plenamente de la vida, de la gente, que está físicamente en forma o es financieramente libre, y decidimos: «Yo soy tan capaz como él. Voy a encontrar mi camino». Lo que antes nos parecía aceptable ya no lo es. Ya no hay vuelta atrás. Asombra ver de lo que somos capaces cuando decidimos trazar una raya en la arena, proponernos un nuevo objetivo y pasar a otro nivel.

Casi todos decimos: «Me llevó diez años cambiar eso». Pero la verdad es que no nos llevó diez años dar un paso hacia delante. La verdadera transformación ocurre en un instante. Puede que tardemos diez años en llegar al punto en el que estamos preparados, o dispuestos, o motivados. Pero todos hacemos progresos en nuestra vida y esos progresos ocurren en un momento.

Luchamos con algo años y años, un trabajo, una profesión, nuestro peso o una relación. Nos sentimos impotentes hasta que un día salta un resorte. De pronto, ocurre.

—¡Te quiero!

—¡Lo dejo!

—¡Adelante!

—¡Empecemos!

No en un día ni en una hora, sino en ese momento, nuestra vida cambia, y lo hace para siempre.

¿Hemos tenido alguna vez una relación que se alargaba mucho, pese a que sabíamos que ni nosotros ni nuestra pareja éramos felices? Estábamos a punto de cortar cuando el miedo a lo desconocido, al cambio, a la soledad, nos lo impedía. El miedo a la pérdida y a la incertidumbre evitaba que actuásemos, y nos conformábamos.

Luchemos contra lo que luchemos, sé que ya hubo un momento en el que dimos un paso adelante. Pensémoslo. ¿En qué ámbito de nuestra vida estuvimos un día luchando, día a día, semana a semana, mes a mes, año a año e incluso durante décadas, hasta que un día llegamos al límite? ¡Nos sentimos inspirados, o hartos, y por fin tomamos la decisión de cambiar ese ámbito de una vez para siempre! Y actuamos inmediatamente para ello. Lo conseguimos. Por fin abandonamos el vicio de fumar. O dejamos un trabajo humillante y emprendimos nuestro propio negocio. O decidimos empezar a hacer ejercicio y cambiar nuestro cuerpo. O cortar una mala relación.

Quiero que demos ese paso adelante. Hubo un tiempo en el que parecía que las cosas no podían cambiar, pero las cambiamos, pudimos cambiarlas.

Tenemos la capacidad de cambiar lo que queramos en nuestra vida. No importa el tiempo que lleve siendo de esa manera, podemos cambiarlo en un momento, un momento de decisión, una decisión que llevemos a cabo. Eso es avanzar y ahora es el momento.

Tres pasos que nos harán avanzar Hay tres pasos que nos harán avanzar: tres fuerzas que, unidas, pueden cambiar cualquier aspecto de nuestra vida. Cada una por separado funciona, pero si las juntamos, podremos cambiar el aspecto de nuestra vida que queramos.

¿Cuáles son los tres grandes retos a los que las personas se enfrentan?

¿Cuáles son los tres ámbitos que constantemente nos causan dolor en la vida?

Nuestras finanzas, nuestras relaciones y nuestros cuerpos. ¿A cuánta gente conocemos que tiene apuros económicos, que no puede ahorrar, que no gana lo suficiente, que gasta demasiado, o que no sabe qué hacer con su trabajo?

¿Y qué decir de las relaciones? Hombres y mujeres somos muy diferentes: si no nos entendemos unos a otros, puede costarnos mucho trabajo mantener relaciones íntimas sanas, entender lo que nuestra pareja necesita y quiere de verdad, comunicarnos con comprensión y amor. Y luego está nuestro cuerpo.

Vivimos en una época en la que la mayoría de la población del mundo occidental padece sobrepeso (que, según los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades, consiste en tener un índice de masa corporal de 25 a 29,9) u obesidad (con un índice de masa corporal de 30 o más).

Nuestra lucha por la salud se ha convertido en un asunto nacional y está extendiéndose por el mundo a medida que los países desarrollados adoptan nuestro estilo de vida y nuestros usos alimentarios.

¿Por qué digo todo esto? ¿Qué tienen que ver los problemas de pareja y la mala alimentación con nuestra capacidad de alcanzar la libertad financiera?

Sea cual sea el ámbito en el que queremos avanzar —nuestro cuerpo, nuestras relaciones o el objeto de este libro, el dinero—, sólo hay tres cosas en las que debemos fijarnos. Y son las tres mismas cosas sea cual sea el paso adelante que nos propongamos dar. Si queremos cambiar nuestra vida, tenemos que cambiar de estrategia, tenemos que cambiar de relato y tenemos que cambiar de estado. Empecemos con la estrategia, porque es por donde casi todo el mundo empieza.

La buena estrategia Si el lector está aquí y ahora conmigo, leyendo este libro, es porque está buscando respuestas, estrategias, para tomar las riendas de su dinero y labrarse un buen porvenir financiero. Yo dedico mi vida a encontrar estrategias que mejoren todos los ámbitos de nuestra vida. Me he pasado los últimos treinta y ocho años buscando sin descanso estrategias y herramientas que nos permitan cambiar inmediatamente la calidad de vida de la gente. Lo he conseguido con más de cincuenta millones de personas de cien países porque mi empeño es encontrar estrategias que nos permitan avanzar rápidamente: en nuestras relaciones, en nuestras finanzas, en nuestra profesión, en nuestro negocio, en nuestra mente, cuerpo y alma.

Siempre he creído que la mejor manera de conseguir algo, la más rápida, es buscar a alguien que ya haya conseguido lo que queremos y seguir sus pasos. Si conocemos a alguien que estaba gordo pero se puso en forma y se ha mantenido saludable una década, ¡imitémoslo! ¿Tenemos una amiga a la que le iba muy mal con su pareja y ahora lleva enamorada y feliz diez años?

Hagamos lo que ella. ¿Conocemos a alguien que empezó sin nada y creó riqueza y la mantuvo? ¡Aprendamos esas estrategias! No es que esas personas tengan suerte. Simplemente hacen las cosas de otra manera en ese ámbito de la vida.

Me he pasado la vida persiguiendo la excelencia humana. Para encontrar una estrategia que funcione, tenemos que fijarnos en los mejores; en aquellos que han obtenido resultados sostenidamente. Y si seguimos sus estrategias, si sembramos las mismas semillas que ellos, cosecharemos los mismos éxitos. Ésta es la esencia de lo que quiero decir cuando digo: «El éxito deja huellas.» Y este libro está lleno de estrategias tomadas de los mejores.

La otra cosa que la buena estrategia puede hacer es ahorrarnos el recurso más valioso: tiempo. Si empezamos con un plan ya probado, con la buena estrategia, podemos convertir literalmente décadas de esfuerzo en días de logros. Podemos evitar la inevitable frustración que conlleva aprender algo por primera vez a base de ensayos y errores, y obtener resultados en cuestión de días y no de años, si aprendemos de aquellos que ya han tenido éxito. ¿Por qué reinventar la rueda?

Está, pues, la cuestión del poder de la estrategia. Y si leemos este libro, conoceremos las mejores estrategias financieras que hoy existen en el mundo.

Puedo prometerlo porque no son mis estrategias, son las de los mejores inversores de la historia. Pero, aunque estoy obsesionado con la idea de estrategia, sé que la estrategia sola no basta.

¿Por qué no? Hay dos cuestiones que desmienten la idea de que la estrategia por sí sola pueda cambiar nuestra vida. Primera, demasiadas veces la gente sigue una mala estrategia, que inevitablemente acaba en decepción.

Estamos tratando de perder peso e ingerimos sólo 500 calorías al día: esto, claro está, es insostenible. O queremos enriquecernos apostando por un valor en alza, y es bastante improbable.

¿Cómo aprende estrategia la mayoría de la gente? ¿A quién recurrimos en busca de consejo y guía? ¡Demasiadas veces preguntamos a personas que no triunfan precisamente en el ámbito que queremos mejorar! ¿Cuántas veces pedimos consejo sobre la pareja a personas que se llevan fatal con la suya?

¿O sobre cómo ponernos en forma a amigos que tampoco son capaces de adelgazar? ¿Cuántas personas ven así confirmado el mensaje de que no pueden cambiar su cuerpo? ¿Y por qué lo ven confirmado? Porque están rodeadas de amigos y parientes que no están en forma. Esto mismo es aplicable a los consejos financieros. Fijarnos en quien no ha creado verdadera riqueza es buscarnos la ruina. Eso no hace sino confirmar la creencia de que nada funciona. Y no es que nada funcione: es que esas estrategias no funcionan.

Por bonita que sea la estrategia, de vez en cuando conviene ver los resultados.

WINSTON CHURCHILL El poder del relato Volvamos al tema de nuestros grandes retos: nuestras relaciones, nuestro cuerpo y nuestras finanzas. En estos tres ámbitos nos quedamos atascados por tres razones. Primero, como hemos visto antes, nos falta una buena estrategia.

Todos conocemos a alguna pareja en la que él no habla y ella no para de hablar. Ninguno de los dos entiende lo que el otro necesita, y aún menos actúa en consecuencia. ¿Y qué decir del amigo que pasa de una dieta relámpago a otra o siempre está buscando una manera mágica de ganar un millón de dólares y cree que, si no la encuentra, nunca podrá ser financieramente libre? Sin una buena estrategia, fracasaremos. Y cuando fracasamos, desarrollamos un mal relato: «Mi esposa nunca estará satisfecha conmigo», «nunca adelgazaré», «los únicos que hacen dinero son los que ya lo tienen». Estos relatos castradores nos impiden encontrar las buenas estrategias o, si las tenemos, ponerlas en práctica.

¿Conocemos a alguien así? Ponemos la solución delante de sus ojos y ellos siguen diciendo «no, no funcionará porque...», y nos dan un millón de razones: se saben todas las excusas. Así pues, si conocen las buenas estrategias, ¿por qué no las siguen? ¿Por qué siguen sin conseguir sus objetivos? ¿Por qué les cuesta tanto tener una relación apasionada o perder peso de una vez? ¿Son el 70 por ciento de los estadounidenses gordos porque la estrategia para adelgazar, ponerse en forma y estar saludable es muy complicada? ¿Está la información oculta y sólo a disposición del uno por ciento, o es carísima? ¡Diablos, no! Hay respuestas por doquier: hay un gimnasio a cinco minutos en coche (¡no quiera Dios que vayamos andando!).

Hay entrenadores en todo el mundo y muchos trabajan en línea, ¡estemos donde estemos! La red está llena de consejos gratuitos, y, claro está, hay miles de libros sobre salud y dietas adelgazantes que podemos descargarnos en cualquier momento en nuestro iPad o teléfono móvil. Las estrategias para estar delgados, fuertes y sanos abundan.

¿Dónde está, pues, el verdadero problema? La respuesta es: hemos de tener en cuenta el factor humano. Yo siempre digo que el 80 por ciento del éxito en la vida es psicología y el 20 por ciento mecánica. ¿Cómo si no explicar que alguien que sabe lo que tiene que hacer, quiere hacerlo y tiene una buena estrategia para ello, siga sin actuar? Para resolver este misterio tenemos que profundizar en la psicología humana: los valores, las creencias y los sentimientos que nos mueven.

Cuando alguien dispone de las buenas estrategias y sigue sin triunfar, es porque carece de la segunda clave del progreso: el poder del relato. Si tenemos la solución y no actuamos, sólo hay una explicación: hemos desarrollado una serie de creencias y las hemos convertido en un relato: en el relato de por qué no funcionará, por qué no puede funcionar, por qué sólo sirve para los demás. Sólo es para los ricos, los delgados, los afortunados, los felices en la pareja. Es fácil inventarse un relato castrador.

¿Por qué, pues, molestarse en actuar siguiendo una estrategia que «sabemos» que fracasará? El problema no es la estrategia, sino nuestro relato.

Un planteamiento tibio que diga «a lo mejor funciona, o a lo mejor no...», ¡no funcionará, desde luego! Esta creencia se convierte en una profecía autocumplida. Con un relato mutilador, el fracaso está garantizado. Lo cual, claro está, no hace sino reforzar nuestra creencia de que nada servirá. Y así el círculo vicioso continúa.

Pero las personas que cambian cosas, que hacen cosas, que logran cosas, que evolucionan, aprenden, se desarrollan, siguen su estrategia con otro relato: un relato de capacitación, un relato que dice «puedo y lo haré», en lugar de «no puedo y no lo haré». Deja de ser un relato castrador y se convierte en un relato de capacitación: «No seré de los muchos que no pueden, seré de los pocos que sí pueden.»

Yo llegué a pesar casi veinte kilos de más y mi relato decía: «Tengo huesos grandes». Es verdad. Pero también estaba gordo. Los relatos pueden ser ciertos, pero si no nos ayudan, si nos impiden tener la vida que deseamos y merecemos, tenemos que cambiarlos. Todos hemos tenido malos relatos en la vida.

No gano lo suficiente.

No puedo ahorrar.

Nunca podré leer. Tengo dislexia.

Mi amigo Richard Branson, presidente del imperio Virgin, padece dislexia, pero eso no ha sido ninguna limitación en su vida. ¿Por qué? Porque su creencia o relato sobre la dislexia era capacitadora, no limitadora. Su relato no era «nunca podré leer», sino «tengo dislexia y por eso tengo que esforzarme más, y lo haré». Podemos usar nuestro relato, o nuestro relato puede usarnos a nosotros. Todos encontramos un relato capacitador si lo buscamos. Lo malo de nuestra vida es tan fácil de encontrar como lo bueno, cuando cambiamos nuestro relato. Si no encontramos una buena pareja es porque no hay buenos chicos, o porque son homosexuales y nosotros no lo somos, o porque sí lo somos y ellos no. Siempre hay un relato, ¿no? Los relatos controlan nuestras emociones y las emociones motivan nuestra conducta y acciones.

Permítaseme hacer una pregunta: ¿nos preocupa el dinero? ¿Nos quita el sueño, nos estresa pensar en la próxima paga, la cuota del coche, la matrícula de nuestros hijos, si tendremos dinero suficiente para jubilarnos? ¿Hasta qué punto nos preocupa nuestra situación financiera? ¿Nos hemos preguntado alguna vez si no podría matarnos todo ese estrés?

Kelly McGonigal, una psicóloga de la salud de la Universidad de Stanford, estuvo advirtiendo sobre los peligros del estrés toda una década hasta que se dio cuenta de que quizá eran sus consejos, más que el estrés mismo, lo que mataba antes a la gente. «Estoy convirtiendo un estímulo [el estrés] que podría vigorizar a las personas en una causa de enfermedad.» Dio un paso adelante en su pensamiento y, tras intensas investigaciones, cambió completamente su punto de vista.

Resulta que el estrés puede ser nuestro aliado. Del mismo modo como tensamos un músculo para reforzarlo (levantando pesas o corriendo), la tensión emocional también puede hacernos física y psicológicamente más fuertes. McGonigal destaca estudios que demuestran que cuando cambiamos nuestra manera de pensar sobre el estrés, también podemos cambiar la manera como nuestro cuerpo reacciona físicamente a él. Según un estudio realizado a lo largo de ocho años, los adultos que sufrían «mucho estrés» y creían que el estrés era perjudicial para su salud vieron cómo su riesgo de morir aumentaba un 43 por ciento. (Esto sí que me estresa a mí.) Por el contrario, las personas que padecían el mismo grado de estrés pero no creían que éste fuera perjudicial, ¡tenían mucha menos probabilidad de morir! McGonigal dice que los síntomas físicos de estrés (palpitaciones, respiración agitada, sudoración) no son siempre señales físicas de ansiedad o de que no tenemos bien la tensión. Al contrario, podemos interpretarlas como indicaciones de que nuestro cuerpo está lleno de energía y preparado para afrontar el siguiente desafío. La cuestión es que la ciencia ha demostrado ya que lo que pensamos del estrés cuenta: el relato que asociamos con el estrés. Decirnos que es bueno para nosotros en lugar de nocivo puede marcar la diferencia entre padecer un infarto por esta causa a los cincuenta años o vivir bien hasta los noventa.

El éxito es mi única opción, no el fracaso.

Lose Yourself, EMINEM Conque ¿qué relato nos hemos contado sobre el dinero? ¿Qué nos impide alcanzar nuestros objetivos financieros? ¿Estamos diciéndonos que es demasiado pronto para empezar a ahorrar? ¿O demasiado tarde para empezar a rehacer nuestras inversiones? ¿O que no ganamos lo suficiente para ahorrar? ¿O que el sistema está diseñado para ir contra nosotros y no merece la pena intentarlo? Quizá nuestro relato sea: «El gobierno nos ha cargado de deudas, el sistema financiero se viene abajo» o «no se me dan bien los números». ¡Gran noticia: no tienen por qué dársenos bien! Sólo necesitamos un teléfono y una calculadora, o descargarnos nuestra aplicación, y responder a seis preguntas sencillas sobre nuestra situación actual, sobre adónde queremos ir y sobre qué estamos dispuestos a hacer para trazar un plan que entendamos y que nos permita ser financieramente libres.

Quizá nuestro relato sea «se necesita dinero para ganar dinero». Una de las primeras personas a las que les di a leer una primera versión de este libro estaba convencida de que no sería financieramente libre hasta que no encontrara la manera de hacer mucho dinero. «La gente que empieza con mucho dinero puede ganar millones, no yo.» Cuando leyó el capítulo en el que hablo de cómo construir la máquina de ganar dinero como hizo Theodore Johnson —que nunca ganó más de 14.000 dólares al año pero los convirtió en 70 millones al final de su vida—, vio que aquel relato no tenía sentido.

Theodore no era una persona afortunada. Usó un sistema sencillo, el mismo que pronto vamos a aprender.

Éste es su nuevo relato, que podría ser el nuestro: «Si uso este simple sistema del interés compuesto, puedo hacer mucho dinero, puedo ir adonde quiera, vivir como quiera, ser económicamente libre. No hay más límites que los que me impongo yo mismo».

Uno de mis avances en materia financiera se produjo con un importante cambio de relato. Como me crié en la pobreza, siempre asocié la falta de dinero con el dolor de toda mi familia. Pronto me juré que no tendría un hijo hasta que alcanzara un verdadero éxito financiero. Me juré que algún día sería tan rico que mi familia no tendría que experimentar nunca más la humillación, la frustración y el dolor que yo sentí de niño por no poder pagar las facturas ni tener comida que poner en la mesa.

Y cumplí mi promesa. A los dieciocho años ganaba nada menos que 10.000 dólares al mes, lo que entonces era un dineral. Y sigue siéndolo.

Estaba tan emocionado que les dije a mis amigos del barrio, los chicos con los que me había criado en la pobreza: «¡Vamos a pasarlo en grande!

¡Vámonos a Egipto a montar en camellos y pasearnos entre las pirámides!».

Era un sueño que tenía de niño. Y ahora podía compartir aquel sueño con mis amigos. Pero la respuesta no fue la que esperaba: «Vete tú que puedes, señor ricacho». El desdén que me mostraron aquellos a los que yo consideraba amigos me dolió profundamente. Yo no estaba presumiendo de mi dinero.

Simplemente quería compartir mi abundancia con mis amigos y que viviéramos una aventura real. Pero tuve que reconsiderarlo. Creé un nuevo relato: una creencia que decía que podemos triunfar pero sólo hasta cierto punto, o la gente nos juzgará. Si destacamos y triunfamos demasiado, la gente nos aborrecerá.

Así, pues, me pasé años dedicado a mi vida y a mis negocios, pero sin que mis ingresos aumentaran notablemente. Hasta que un día llegué a un punto de inflexión, a una etapa de mi vida en la que pensé: «Esto es absurdo.

Si pudiera ampliar mi inteligencia, ¿lo haría?». Mi respuesta fue: «¡Por supuesto!». Si pudiera sentir y dar más amor, ¿lo haría? ¡Por supuesto! Si pudiera aumentar mi capacidad de dar, ¿lo haría? ¡Por supuesto! Si pudiera ganar más y aumentar mi riqueza, ¿lo haría? Y la respuesta fue: «¡Por supuesto!» Pero por primera vez vacilé. ¿Por qué, si en todos los demás ámbitos de mi vida, me parecía natural desarrollarme y ser más, en el tema del dinero era de pronto diferente? ¿Por qué? No tenía sentido.

Pero yo sabía la verdad. Sentía un miedo profundo y subconsciente a que la gente me juzgara si me desarrollaba también en este terreno. Quería gustar a todo el mundo, deseaba tanto que me amaran que, inconscientemente, no sólo consideraba malo el éxito económico, sino que también saboteaba mi propio éxito. Como mucha gente, me decía que el dinero no es espiritual. ¡Qué absurdo!, ¿no? Todos los que se han hecho realmente ricos saben la verdad: la única manera de ser ricos y de seguir siéndolo es hacer más que nadie por los demás en algo que valoren realmente. Si somos una bendición en la vida de los demás, también nosotros seremos bendecidos. El dinero sólo es una de esas bendiciones, pero es una bendición. Es simplemente otra forma de libertad y abundancia.

El dinero no es más que un reflejo de nuestra creatividad, de nuestra capacidad de luchar por algo y de nuestra habilidad de crear valor y recibirlo. Si hallamos la manera de crear valor —es decir, crear valor para mucha gente—, tendremos la ocasión de gozar de una gran abundancia económica.

Llegué a un punto en el que me cansé de vivir de aquella manera y vi lo absurdo que era querer acomodarme a ella. Es verdad: si triunfamos económicamente, puede que nos miren como al «uno por ciento». En mi vida, de niño, formar parte del uno por ciento era una aspiración. Yo era del 99 por ciento y no quería conformarme con eso, para mi familia y para mi vida. Pero serlo simplemente por sentirme aceptado no tenía sentido. Decidí que ya bastaba de echar la culpa a los demás de mi falta de progreso económico.

Deseché el relato que me había creado para justificar mis limitaciones financieras. Amaría al prójimo, pero no me pasaría la vida tratando de gustarle, sobre todo sabiendo que para gustarle tendría que empequeñecerme.

No creo que el creador nos haya hecho para eso. Era hora de intentar ganar más del mismo modo que me esforzaba por dar más, contribuir más, amar más y desarrollar mis capacidades intelectuales, emocionales y espirituales.

Con este repentino cambio de perspectiva —cuando tuve claro que no solo podía sino que debía desarrollarme en aquel ámbito—, empezaron a aparecer ante mí una serie de estrategias; seguramente habían estado allí siempre, pero, a causa de mi mentalidad, no las había visto. Todo nuestro mundo cambia cuando nuestro relato cambia.

Cambiemos nuestro relato, cambiemos nuestra vida. Divorciémonos del relato que nos limita y casémonos con el relato de la verdad, y todo cambiará. Puedo asegurarlo: cuando desechamos los relatos limitadores, actuamos con decisión y hallamos las estrategias que funcionan, obtenemos resultados verdaderamente milagrosos.

Permítaseme poner un ejemplo. Una querida amiga mía, Julie, una excelente guionista que cobra mucho por su trabajo, no acababa de avanzar económicamente. Cuando ella y su marido tenían cincuenta años, pagaban una hipoteca por una bonita casa, pero sólo tenían 100.000 dólares en un plan de pensiones: mucho, mucho menos de lo que necesitarían para jubilarse. Y ese dinero estaba invertido en un fondo de inversión «socialmente responsable» que les cobraba elevadas comisiones y se quedaba con la mayor parte de lo que les rendía.

El marido de Julie, Colin, deseaba invertir más seriamente, pero ella no quería hablar del tema. Decía que odiaba Wall Street y todo lo que representaba. De hecho, sólo pensar en el dinero la ponía nerviosa. Para ella, el dinero era malo.

Pero de pronto cambió de idea. Julie asistió a mi seminario Unleash the Power Within, en el que usamos el poder de la estrategia, el relato y el cambio de estado de nuestra mente, cuerpo y sentimientos para hacer progresos en todos los ámbitos de la vida. El seminario es intensivo: uso música, movimiento, humor y muchas otras herramientas para poner al público en un estado límite... en el que se produce el cambio, el salto hacia delante.

La idea de Julie aquel fin de semana era dar un giro a su vida financiera.

¿Cómo lo hizo? Para empezar, reconoció que algo tenía que cambiar, si ella y su marido no querían vivir unos «años dorados» bien dolorosos. Por fin cayó en la cuenta de que sus ideas negativas acerca del dinero estaba amargándole el matrimonio y el futuro, y se preguntó: «¿De dónde viene este relato?». Y entonces hizo algo muy importante: profundizó en la cuestión y se preguntó:

«¿De verdad creo eso? No nacemos creyendo que el dinero es bueno o malo.

¿De dónde me vino, pues, esa creencia?».

No tuvo que ir muy lejos para hallar la respuesta. Los padres de Julie se criaron durante la Gran Depresión. Su madre no pudo ir a la universidad, aunque sus notas eran excelentes. Tuvo que ponerse a trabajar de dependienta en una tienda, cobraba nueve dólares a la semana pero no se atrevía a quejarse del bajo sueldo o las largas horas que se pasaba de pie. Julie se crió oyendo las mismas historias una y otra vez: que los ricos explotan a los pobres, que los bancos y los corredores de bolsa de Wall Street destruyen la economía, que no puede confiarse en el mercado bursátil. Y Julie hizo una asociación en su mente: «Si me hago una inversora rica, seré una mala persona y mi madre no me querrá».

Julie se dio cuenta de que el relato que había estado contándose a sí misma sobre la maldad del dinero no era suyo, después de todo; era de su madre. «El dinero es la raíz de todos los males», era el mantra de su madre, no suyo. Darse cuenta de esto la liberó. La verdad la hizo libre y aquellas palabras perdieron el poder que tenían sobre ella. (De hecho, cuando consultó la frase bíblica, descubrió que no es «el dinero la raíz de todos los males», sino «el amor por el dinero» por encima de todo —del amor, de los seres queridos, de la generosidad— lo que nos lleva al desastre.) Fue una transformación asombrosa. Cuando Julie superó su relato limitador, pudo sentarse con su marido por primera vez para hablar de finanzas. Él estaba encantado de poder tomar juntos las riendas de su vida financiera. Imaginemos lo duro que debe de ser crear riqueza cuando en nuestro fuero interno pensamos que el dinero es malo. Cancelaron sus fondos de inversión caros y traspasaron su plan de pensiones a una cartera de fondos indexados de Vanguard. Trazaron entonces un plan financiero a largo plazo, como el que veremos en estas páginas, y por fin emprendieron el camino de la libertad financiera.

Julie y Colin cambiaron su relato. ¿Y qué pasó? Que aprendieron a jugar y a ganar, que aprendieron a generar unos ingresos vitalicios... como aprenderemos nosotros en el capítulo 5.2., Julie y Colin aprendieron cómo embolsarse entre 150.000 y 250.000 dólares extras a lo largo de su vida de inversores, simplemente abandonando esos fondos de inversión caros. ¡Qué buenos parecen ahora esos años dorados!

Recordemos: sabemos la respuesta y el secreto es sencillo: cambiemos nuestro relato, cambiemos nuestra vida. Divorciémonos de nuestro relato limitador y casémonos con la verdad. Podemos lograr lo que queramos.

Nuestro estado Cuesta cambiar de relato cuando nos sentimos mal. Si nos sentimos fatal, no nos decimos: «¡Qué bella es la vida!» ¿A que, cuando estamos muy enfadados con una persona, recordamos de pronto todas las cosas malas que esa persona nos ha hecho, las veces que nos ha irritado o molestado? Cuando estamos enfadados, la parte de nuestro cerebro que alimenta esa rabia se activa y enseguida creamos el relato que justifica ese estado.

Por el contrario, si alguna vez nos hemos enamorado perdidamente, ¿cómo nos parecía el mundo? Era como mirarlo a través de unas lentes color de rosa: todo era maravilloso, ¿a que sí? Los dependientes desabridos no nos molestaban; los niños que berreaban nos parecían preciosos. Así es como un estado positivo puede cambiar nuestra manera de ver las cosas: nuestro relato.

Nuestro estado mental y emocional tiñe nuestra percepción y experiencia de todas las cosas de la vida. Cuando trabajo con alguien, desde deportistas de élite a altos ejecutivos, lo primero que hacemos es cambiar su estado. Hay una parte de nosotros que, cuando está activada, puede con todo; pero, cuando se desactiva, parece que se acaba el mundo. Sabemos de lo que hablo, ¿verdad? Sabemos que cuando estamos en racha todo fluye perfectamente sin necesidad siquiera de pensar en ello, ¿verdad? Jugamos al tenis y hacemos saques directos. Asistimos a una reunión y decimos exactamente lo que hay que decir. Salimos de una negociación y hemos conseguido lo que queríamos. Por el contrario, también hemos experimentado lo contrario: no podemos recordar nuestras señas, o el nombre de nuestro anfitrión, o no somos capaces de articular palabra. A esto lo llamo el «estado estúpido». Pero unos minutos después volvemos: recordamos la respuesta porque hemos entrado en otro estado.

La finalidad de este libro no es enseñarnos a cambiar nuestro estado de ánimo (ése es el tema de muchos otros libros, audios, programas y actos en directo míos). Pero debemos saber, por decirlo pronto, que podemos cambiar de una manera inmediata y radical nuestro estado de ánimo (y no sólo esperar sentirnos bien) sabiendo que, si cambiamos nuestro cuerpo, también podemos cambiar nuestra mente.

Yo enseño muchas maneras de producir cambios en nuestro estado, pero una de las más sencillas es cambiar lo que yo llamo nuestra fisiología.

Podemos modificar nuestra manera de pensar cambiando nuestra manera de movernos y respirar. El sentimiento lo crea el movimiento. La acción cura todos los miedos. Pensémoslo: el miedo es físico. Lo sentimos en la boca, en el cuerpo, en el estómago. Lo mismo pasa con el valor, y podemos pasar de uno a otro en cuestión de milésimas de segundo si aprendemos a hacer cambios radicales en la manera de movernos, respirar, hablar y usar nuestro cuerpo. Llevo aplicando estos métodos casi cuarenta años con algunos de los más grandes deportistas, financieros y políticos del mundo. El año pasado, la Universidad de Harvard hizo un estudio científico que demostró la validez de este planteamiento.

La psicóloga social y profesora de Harvard Amy Cuddy, en su famosa TED Talk de 2012, pidió al público que adoptara cierta postura. El experimento demostró que adoptar una «postura de poder» (como la de la Wonder Woman, con las manos en jarras y los pies bien plantados en el suelo, o la del colega de oficina, reclinado en su asiento, con las manos en la nuca y los codos extendidos... ya sabemos cuál digo) aumenta los niveles de testosterona (la hormona de la dominación) en un 20 por ciento, a la vez que reduce los de cortisol (la principal hormona del estrés). El efecto de este cambio bioquímico transforma inmediatamente nuestra disposición a enfrentarnos a los miedos y a asumir riesgos. Y todo eso sólo en dos minutos de cambio en nuestro cuerpo. En el estudio de Cuddy, el 86 por ciento de los que adoptaron posturas de poder dijeron sentirse más dispuestos a correr riesgos. Pero cuando al segundo grupo de voluntarios se le pidió que adoptara, de pie o sentados, posturas más pasivas, con las piernas y los brazos cruzados, sus niveles de testosterona descendieron un 10 por ciento y los de la hormona del estrés ascendieron un 15 por ciento. Muchos menos de ellos, sólo un 60 por cierto, actuaron con determinación. Recordemos, no eran solamente cambios psicológicos, sino cambios bioquímicos, cambios hormonales. Lo que yo llevaba treinta y ocho años enseñando y todos mis estudiantes sabían que era cierto por experiencia lo corroboraba ahora la ciencia. ¿Qué significa eso? Significa, fundamentalmente, que fluctuamos. Si caminamos con determinación, nos sentimos capaces de asumir los riesgos que sean necesarios y dar forma a nuestro mundo. Adoptar dos minutos una postura puede provocar cambios que disponen nuestro cerebro bien a ser afirmativo y confiado, bien a sucumbir al estrés. ¡Nuestro cuerpo es capaz de modificar nuestra mente!

Hubo un tiempo en mi vida en el que estuve gordo y deprimido, y vivía en un estudio en Venice, California, donde me pasaba horas mirando los muebles vacíos y escuchando discos de Neil Diamond. Siniestro, ¿eh? Un día un amigo al que llevaba sin ver mucho tiempo vino a visitarme. Me miró y me dijo: «Tío, ¿qué te ha pasado?». Aquello me sacó de mi letargo. En aquel mismo momento decidí cambiar de vida.

Conque me puse las zapatillas de correr y cogí mi walkman Sony. (Sí, soy tan viejo que tenía uno.) En aquellos días había que ser fiel a la música que uno tenía: disponíamos de un disco, no de diez mil canciones entre las que elegir. Escogí al legendario grupo de rock Heart, puse la canción Barracuda y dejé que la música me enardeciera. Eché a correr resuelto a hacerlo tan rápido como nunca antes lo había hecho, y a no parar hasta que echara los bofes. Decir que estaba dispuesto a ir más allá de mis límites es quedarme corto.

Debí de dar risa, con mis casi veinte kilos de más y mi barriga cervecera bamboleándose mientras corría como un condenado. Cuando me quedé sin aliento, me dejé caer en la playa y saqué un diario que me había llevado. Y en aquel estado de absoluta convicción, determinación, excitación y agotamiento, me puse a anotar todas las cosas que no seguiría tolerando en mi vida. El cuerpo que tenía, mi pereza, mi relación íntima superficial y mis desastrosas finanzas. También confeccioné otra lista con aquellas cosas que estaba decidido a crear: y en aquel momento de moral alta, supe que lo conseguiría.

Con un estado lo bastante fuerte, desarrollaremos un relato fuerte. Mi relato fue: «Esto se acaba ahora mismo; mi nueva vida empieza hoy». Y lo decía con todo mi ser. Descubrí que cuando cambiamos nuestro estado y nuestro relato, hallamos o creamos una buena estrategia para alcanzar lo que nos hemos propuesto. Así es como avanzamos de verdad: con un nuevo estado, un nuevo relato y una estrategia efectiva.

Perdí trece kilos en los siguientes treinta días y unos diecisiete en total en poco más de mes y medio. Estaba empeñado. Aquel día me hice una nueva idea de quién era yo y de quién quería ser. No he faltado a ella en los más de treinta años que han pasado desde entonces (y no he vuelto a pesar lo que pesaba).

Pasé de ganar menos de 38.000 dólares anuales a ganar más de un millón poco más de un año después. Era un cambio que no habría podido ni imaginarme entonces. Y lo que es más importante aún, recuperé mi equilibrio emocional y psicológico, que son las dos fuerzas que cambian la vida de las personas. Determinación, fe y valor empezaron a ser las fuerzas que guiaron mis actos y me hicieron avanzar.

Podemos estar rodeados de grandes estrategias y no verlas hasta que estemos en un estado fuerte, determinado y capaz. Un estado que automáticamente alimentará la creencia y el relato de que podemos conseguir lo que nos propongamos. Combinando estado y relato, no sólo encontraremos las estrategias que funcionen, sino que las pondremos en práctica y obtendremos las recompensas que deseamos y merecemos. ¿Nos damos cuenta plenamente de lo que digo? Si hay un ámbito de nuestra vida que no es como quisiéramos que fuera, es hora de cambiarlo.

Recordemos que tenemos lo que toleramos. Conque dejemos de tolerar las excusas que nos damos, creencias del pasado que nos limitan, o estados tibios o temerosos. Usemos nuestro cuerpo como si fuera una herramienta para alcanzar un estado de pura voluntad, determinación y compromiso con uno mismo. Enfrentémonos a los retos que nos esperan con la firme creencia de que los problemas no son más que pequeños obstáculos en el camino de nuestros sueños. Y con esa convicción, cuando pasemos a la acción — siguiendo una estrategia efectiva y probada—, reescribiremos nuestra historia.

Es hora de dejar de ser uno de los muchos y ser uno de los pocos. Uno de los pocos que dan un paso al frente y se hacen dueños y señores de todos los ámbitos de su vida, empezando por el financiero. La mayoría de las personas empiezan con muchas aspiraciones pero luego se conforman con una vida que está muy por debajo de lo que son capaces. Dejan que la frustración los destruya. La frustración es inevitable cuando intentamos cosas grandes. Pero dejemos que nos lleve a encontrar nuevas respuestas; disciplinemos nuestra frustración. Aprendamos de cada fracaso, actuemos de acuerdo con lo aprendido y el éxito será inevitable.

La próxima vez, pues, que nos busquemos una razón para justificar que no podemos hacer algo, sabiendo en nuestro fuero interno que el espíritu no tiene límites, no nos la creamos. Cambiemos nuestro estado. Cambiemos de enfoque. Volvamos a la verdad. Replanteémonoslo y persigamos lo que queramos.

Muy bien, respiremos hondo. O gritemos fuerte. Levantémonos, despabilémonos, movámonos. Ahora que hemos desechado estos ocho mitos —estas limitaciones del pasado—, es hora de dar el paso número tres en nuestro camino de siete simples pasos para alcanzar la libertad financiera.

Vamos a empezar a jugar para ganar escogiendo una cifra concreta, una que refleje nuestros sueños financieros cumplidos. Y entonces crearemos un plan, mejoraremos ese plan y encontraremos los medios de agilizarlo para hacer realidad esos sueños antes de lo que nunca hubiéramos imaginado.

TERCERA PARTE ¿Cuánto cuestan nuestros sueños? Juguemos a ganar

Repaso del capítulo

Resumen. El mito más difícil de desmontar son las propias creencias limitantes: que somos demasiado pobres, que es demasiado tarde, que es demasiado complicado. Robbins demuestra que todas son falsas con ejemplos concretos.

Puntos clave
El mayor riesgo financiero no es perder dinero invirtiendo, sino no invertir nunca por miedo a perderlo.
Comprueba que entendiste
¿Cuáles son las tres mentiras principales que nos contamos sobre el dinero?
Que no tenemos suficiente para invertir, que es demasiado tarde para empezar y que las finanzas son demasiado complicadas.
¿Cómo desmonta Robbins la creencia de que 'es demasiado tarde'?
Con ejemplos matemáticos que demuestran que incluso a los 45 o 50 años, 20 años de ahorro sistemático puede generar una jubilación cómoda.
¿Qué dice Robbins sobre la 'complejidad' de las finanzas?
Que la industria la exagera intencionalmente para que los inversores dependan de asesores; la inversión básica efectiva es simple.
Aplícalo: Escribe la mentira financiera que más te repites y encuentra un dato concreto que la contradiga.
Dinero: domina el juego
Tony Robbins
47 capítulos
01DINERO 02Prólogo 03Introducción 04Capítulo 1.1 05Capítulo 1.2 06Capítulo 1.3 07Capítulo 1.4 08Capítulo 2.0 09Capítulo 2.1 10Capítulo 2.2 11Capítulo 2.3 12Capítulo 2.4 13Capítulo 2.5 14Capítulo 2.6 15Capítulo 2.7 16Capítulo 2.8 17Capítulo 3.1 18Capítulo 3.2 19Capítulo 3.3 20Capítulo 3.4 21Capítulo 3.5 22Capítulo 3.6 23Capítulo 4.1 24Capítulo 4.2 25Capítulo 4.3 26Capítulo 4.4 27Capitulo 5.1 28Capítulo 5.2 29Capítulo 5.3 30Capítulo 5.4 31Capítulo 6.0 32Capítulo 6.1 33Capítulo 6.2 34Capítulo 6.3 35Capítulo 6.4 36Capítulo 6.5 37Capítulo 6.6 38Capítulo 6.7 39Capítulo 6.8 40Capítulo 6.9 41Capítulo 6.10 42Capítulo 6.11 43Capítulo 6.12 44Capítulo 7.1 45Capítulo 7.2 46Capítulo 7.3 47Agradecimientos Quiz del libro
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