Y ahora, ¿a quién preferiríais, seguidores de Red Sox?, ¿A Roger Clemens, que mantuvo la compostura y se comportó como un profesional el sábado por la noche ganando el partido para su equipo a pesar de su furia evidente?, ¿o a Martínez, el nene que, tras arruinar la ventaja, golpea a un hombre, diez puntos en la cabeza tuvieron que ponerle, y amenaza al receptor de los Yankees, Jorge Posada, con «ser el siguiente»? [...] A los seguidores de los Red Sox no les gusta oír esto, pero el sábado Martínez fue una vergüenza y una deshonra para el béisbol. Se sale con la suya porque es Pedro, y la directiva de los Sox se lo permite. ¿Podría Martínez levantarse por una vez y admitir que se equivoca?32 Al igual que Billy Beane, Pedro Martínez no sabía cómo tolerar la frustración, no sabía cómo profundizar y transformar un - contratiempo importante en una victoria importante. Y, como Beane, tampoco podía admitir sus faltas y aprender de ellas. Como tuvo un berrinche en lugar de hacer su trabajo, los Yankees se hicieron con el partido y llegaron a ganar la eliminatoria por una victoria.
Los periodistas deportivos del avión estaban de acuerdo en que el carácter lo es todo, pero confesaban que no comprendían de dónde venía. Aunque creo que ahora conocemos la idea de que el carácter crece desde la mentalidad.
Sabemos que existe una mentalidad en la que la gente se ve enredada en la idea de su propio talento y de lo especial que es.
Cuando las cosas van mal, pierde su concentración y su habilidad, poniendo todo lo que quiere –y en este caso, todo lo que el equipo y los seguidores deseaban desesperadamente– en peligro. Sabemos también que existe una mentalidad que ayuda a afrontar los contratiempos, señala buenas estrategias y ayuda a actuar en consecuencia.
Espera, la historia no ha acabado. Un año después, los Sox y los Yankees volvieron a enfrentarse. Quien ganase cuatro de los siete partidos sería campeón de la American League y haría el viaje a las World Series. Los Yankees ganaron los tres primeros partidos, y el destino humillante de los de Boston parecía sellado de nuevo.
Pero ese año los Sox habían puesto bajo aviso a sus prima donnas. Habían vendido una, habían intentado lo mismo con otra (nadie lo quería) y habían enviado el mensaje: «Esto es un equipo, no un montón de estrellas».
Cuatro partidos más tarde, los Boston Red Sox eran los campeones de la American League, y luego de la World Series. Fue la primera vez desde 1904 que los Sox había vencido a los Yankees en un campeonato mostrando dos cosas: la primera, que la maldición había terminado, y la segunda, que el carácter se puede aprender.
Más sobre el carácter Vamos a volver al principio, con Pete Sampras y la mentalidad de crecimiento.33 En 2002 Sampras estaba en Wimbledon, en busca de su victoria tenística número trece en el Grand Slam. Si ganaba, rompería el récord de Roy Emerson de doce victorias en torneos importantes. Aunque Sampras se las arregló para llegar a la final, no había venido jugando tan bien en el torneo y no era optimista sobre sus oportunidades contra el joven y fuerte Patrick Rafter.
Sampras había perdido el primer set y estaba a punto de perder el segundo. Perdía por 4 a 1 en el desempate. Hasta él mismo dijo: «Me sentía realmente como si me estuviese apagando». ¿Qué hubiera hecho McEnroe? ¿Qué hubiera hecho Pedro Martínez?
¿Qué hizo Sampras?
Como escribió William Rhoden: «Él [...] buscó entre sus recuerdos una referencia que le sirviera de impulso». Sampras señala:
«Cuando estás sentado en los cambios de campo, piensas en partidos pasados en los que habías perdido el primer set [...] y volviste y ganaste los tres siguientes. Hay tiempo de reflexionar sobre las experiencias pasadas para ser capaz de salir adelante».
De repente, Sampras logró cinco tantos seguidos, y luego dos más. Había ganado el segundo set y estaba vivo.
En palabras de Rhoden: «Anoche Sampras exhibió todas las cualidades del héroe: la pérdida en el primer set, la vulnerabilidad cercana a la derrota, y luego un regreso y un triunfo final». Jackie Joyner-Kersee habló consigo misma en medio de un ataque de asma durante su último campeonato mundial. Estaba en la carrera de 800 metros, la última prueba del heptatlón, cuando sintió que el ataque iba a producirse: «Tú solo sigue moviendo los brazos –se instruyó a sí misma–. No es tan malo, así que sigue corriendo. Puedes conseguirlo, no vas a tener un ataque muy grande, tienes aire suficiente. Tienes que ganar esto... solo corre tanto como puedas en los últimos 200 metros, Jackie».34 Se dio instrucciones a sí misma todo el camino hasta la victoria. «Debo decir que este es mi mayor triunfo, considerando la competición y los altibajos por los que estaba pasando [...] Si de verdad lo quería, tenía que darlo todo», explicó.
En sus últimos juegos olímpicos ocurrió lo temido. Una lesión grave del tendón de la corva la forzó a abandonar el heptatlón.
Estaba desolada, ya no era una contendiente en la competición de su especialidad, pero, ¿lo sería en el salto de longitud unos cuantos días después? Sus cinco primeros saltos dijeron que no, ni siquiera estaban cerca del nivel de las medallas; sin embargo, con el sexto consiguió la medalla de bronce, más valorada que las de oro que tenía. Como ella misma cuenta: «La fuerza para dar ese último salto llegó desde los muchos sufrimientos de todos estos años [...] Reuní todos mis dolores y los convertí en un rendimiento poderoso».35 También Joyner-Kersee mostró todas las cualidades del héroe: la pérdida, la vulnerabilidad cerca de la derrota y después un regreso y un triunfo final.