De suma importancia es, para el trabajador cerebral, concentrarse en su contribución. Si no lo hace, no logrará contribuir en absoluto.
El trabajador cerebral no produce *cosas,* sino ideas, información, conceptos.
Por otra parte es, habitualmente, un especialista. De hecho, no será eficiente si no aprende a hacer una sola cosa bien, esto es, si no se especializa. No obstante, una especialidad es en sí misma, algo fragmentario y estéril. Su producción ha de integrarse con la de otros especialistas, para que fructifique.
No se trata, pues, de formar generalistas, sino de capacitar al especialista para que él y su producción sean efectivos. Esto significa que el especialista ha de meditar sobre el destinatario de su trabajo y sobre lo que éste necesita saber y conocer para tornar productivo ese fragmento salido de manos del especialista.
Es muy común, actualmente, considerar a nuestra sociedad dividida en *científicos* y *profanos*. Así las cosas, resulta fácil exigir al profano que adquiera una pizca de saber científico: su terminología, sus herramientas, etc. Pero, si alguna vez la sociedad estuvo escindida de tal manera, fue hace cien años. En la actualidad casi todos los empleados de las modernas organizaciones son expertos altamente especializados que poseen sus propias herramientas, sus propios problemas y su jerga particular. Y las ciencias, a su vez, se han subdividido de tal modo, que a un físico se le hace difícil comprender la tarea de otro físico.
El contabilizador de costos es tan científico como el bioquímico, en el sentido de que actúa en un área propia de conocimientos, con sus particulares supuestos, sus propias preocupaciones y su peculiar lenguaje. Lo mismo ocurre con el analista de mercados, el calculista lógico, el funcionario de la oficina estatal de presupuesto y el psiquiatra de hospital. Cada uno de ellos ha de ser comprendido por otros para ser efectivo.
Siempre se ha considerado que el intelectual tiene la responsabilidad de hacerse comprender. Denotan una bárbara arrogancia quienes dan por sentado que el profano puede o debe esforzarse por comprender a aquél y que el especialista debe concretarse a platicar con un puñado de expertos colegas de su mismo nivel. Incluso en la universidad o en el laboratorio de investigaciones, esta actitud —por desgracia muy extendida actualmente— condena al experto a la esterilidad y convierte su saber en pedantería. Si deseamos ser ejecutivos, es decir, si queremos ser considerados responsables de nuestra contribución, tendremos que preocuparnos por que nuestro *producto,* o sea, nuestro saber, sea útil.
Todo ejecutivo eficiente lo sabe, ya que, de manera casi imperceptible, sus altas miras lo van llevando a la búsqueda de lo que los demás necesitan, ven y comprenden. El ejecutivo eficaz pregunta a los otros componentes de la empresa —superiores, subordinados y, sobre todo, a sus colegas de otras áreas—: *¿Qué contribución aguarda usted de mí para hacer, a su vez, la suya? ¿Cuándo, cómo y bajo qué forma la necesita?*
Si el contabilizador de costos mencionado en el Capítulo 2 hubiera formulado estas preguntas, habría descubierto en seguida qué supuestos —para él obvios— eran totalmente desconocidos para quienes debían manejar sus cifras, qué cifras, para él muy importantes, carecían de relevancia para el personal operativo y cuáles, por el contrario, apenas entrevistas y rara vez transmitidas por él eran, precisamente, las que ellos necesitaban cada día.
El bioquímico que formule esta pregunta en una compañía de productos farmacéuticos, pronto descubrirá que los clínicos sólo utilizan los hallazgos del bioquímico cuando les son trasmitidos en su propio lenguaje y no en términos bioquímicos. No obstante, los clínicos son quienes deciden si un nuevo compuesto será probado clínicamente o no y, por lo tanto, si tiene, siquiera, la posibilidad de convertirse en una flamante droga.
El científico estatal que se concentra en su contribución, al poco tiempo advierte que ha de explicar al planificador hacia *dónde* tiende determinado desarrollo científico y debe hacer algo en general vedado a todo científico, o sea, especular respecto del éxito de determinada indagación científica.
La única definición adecuada de un *generalista* es la que sostiene que se trata de un especialista capaz de relacionar su pequeña área particular con el saber universal. Quizá muy pocas personas dominen algunas reducidas áreas de conocimiento. Sin embargo, no son generalistas, sino especialistas de varias áreas. Por otra parte, se puede ser fanático de una o de varias de ellas. No obstante, el hombre que se responsabiliza de su contribución conecta su exigua área con una genuina totalidad. Y, aunque tal vez no sea capaz de integrar varios sectores en uno, pronto comprueba que tiene mucho que aprender, respecto de las necesidades, orientaciones, limitaciones y percepciones ajenas, para tornar accesibles a los demás el fruto de su labor.
Por otra parte, aun cuando esto no le permitiera apreciar la excitante riqueza de lo diverso, lo inmunizará contra la arrogancia del erudito, enfermedad degenerativa que destruye el saber y lo despoja de su belleza y efectividad.
Resumen. El especialista solo es efectivo si traduce su produccion al lenguaje y las necesidades de quienes deben usarla; la responsabilidad de hacerse comprender es del especialista, no del receptor.
Puntos claveSiempre se ha considerado que el intelectual tiene la responsabilidad de hacerse comprender.
El ejecutivo eficaz pregunta a los otros componentes de la empresa: ¿Qué contribución aguarda usted de mí para hacer, a su vez, la suya? ¿Cuándo, cómo y bajo qué forma la necesita?Comprueba que entendiste