Por qué los ricos serían los primeros en subirse a los botes salvavidas del Titanic, por qué la envidia a veces es mala pero no siempre, por qué mentimos por dinero (siempre que sea por una cantidad sustanciosa) y por qué hay gente que no puede evitar tirar el dinero.
Siempre hay que sospechar de la gente torpe. Tal vez esto parezca un poco duro. La verdad es que yo misma soy bastante torpe. Pero el motivo por el que lo digo es que hay numerosos experimentos psicológicos que se basan en que alguien haga como que se le ha caído la cartera, un lápiz o unos papeles. Cuando vivía en Brighton, era muy fácil darse cuenta de cuándo habían comenzado los cursos de verano de la universidad porque, fuera donde fuera, a la gente no dejaban de caérseles las cosas.
Como estaba estudiando psicología, yo sabía por qué sucedía eso. Veía que muy cerca había otras personas tomando notas disimuladamente. Estaban ahí para observar las circunstancias en las que la gente se ofrecía a recoger las cosas que a los demás se les habían caído.
¿Qué clase de persona, pues, suele ser la que ayuda en estas situaciones? Aquellos de vosotros que penséis que el dinero es la causa de todos los males, tal vez os sintáis un tanto justificados, ya que algunos estudios han revelado que cuanto más interés sienta una persona por el dinero, menos propensa se muestra a acudir en ayuda de los torpes investigadores.
¿EGOÍSMO O AUTOSUFICIENCIA?
En 2006, un grupo de estudiantes participó en un estudio realizado en la Universidad de Minnesota en Minneapolis y organizado por la eminente psicóloga Kathleen Vohs. Como sucede tantas veces con los participantes en los experimentos psicológicos, estos estudiantes formaban un grupo oficialmente raro. O, mejor dicho, RARO. Es decir, procedían de países Ricos, Alfabetizados, Respetables y Occidentales.
En primer lugar, a los estudiantes se les proporcionaban unas listas de palabras de las que tenían que seleccionar cuatro para construir una frase. A algunos se les daba una lista con palabras neutras. Así, la combinación «frío escritorio fuera mucho hace», que recuerda un poco a la manera de hablar de Yoda, se convertía en «fuera hace mucho frío». A otros se les daba una lista con palabras relacionadas con el dinero. Así, «salario escritorio alto muy un» se convertía en «un salario muy alto».
La idea, por supuesto, era sacar a la luz lo que los estudiantes pensaban, aunque fuera inconscientemente, sobre el dinero.
A continuación, uno de los estudiantes, elegido por los investigadores, tenía que pedir que lo ayudaran fingiendo que no entendía bien cómo hacer la tarea. ¿Quiénes acudirían en su ayuda? ¿El contenido de las frases que los demás hubieran hallado supondría tal vez alguna diferencia?
¿Su disponibilidad a ayudar no dependería de alguna cualidad más profunda? Por lo visto, no: resulta que los estudiantes que habían estado trabajando con palabras relacionadas con el dinero solo dedicaron la mitad del tiempo que los otros a ayudar a sus colegas confusos. Al margen de cuales fueran sus rasgos de personalidad, el hecho de que estuvieran pensando en salarios muy altos y cuestiones similares, al parecer, hizo que se comportaran de una manera más egoísta[246].
En otra parte del estudio, los estudiantes jugaron al Monopoly. El juego se organizó de tal modo que al final a algunos de los estudiantes les quedó una gran cantidad de dinero, que podían emplear para la próxima partida, mientras que a otros no les quedó casi nada. Entonces tuvo lugar uno de esos actos ensayados de torpeza. A alguien se le cayeron unos lápices al suelo. Y sí, nuevamente se vio que los estudiantes que tenían mucho dinero del Monopoly —un
dinero que ni siquiera era real, por supuesto— fueron los menos dispuestos a echar una mano.
Este estudio es un ejemplo de lo que en el campo de la psicología se conoce como «primado». Este concepto se refiere a que cuando estamos expuestos a una imagen o a unas palabras que nos hacen centrarnos inconscientemente en un tema, esa imagen o esas palabras pueden ejercer una influencia significativa sobre nosotros. Probablemente el experimento más conocido en relación con el primado es el que reveló que cuando a las personas se le proponía la tarea de resolver anagramas relacionados con la vejez, después caminaban más lentamente hacia el ascensor. En otras palabras, el concepto de vejez se instalaba de tal forma en su mente que comenzaban a caminar como si fueran ancianos[247].
Los estudios de esta clase son realmente fascinantes, y los he comentado muchas veces en mi programa de radio porque también son muy populares. Parece que nos encanta la idea de estar sujetos a influencias inconscientes, sobre todo si eso nos hace ser un poco más maliciosos de lo que seríamos en condiciones normales. Parece que muchos sentimos una especie de escalofrío ante la idea de que no controlamos completamente nuestra conducta. Quizá eso explique la popularidad de los hipnotizadores que, delante del público, son capaces de hacer que los voluntarios se pongan a ladrar como un perro o a graznar como un pato.
Sin embargo, el concepto de primado ha provocado cierta polémica en el campo de la psicología, ya que los intentos por repetir algunos de los estudios más renombrados no siempre han funcionado. Por ejemplo, cuando otros psicólogos trataron de repetir el estudio de Vohs sobre el dinero empleando exactamente el mismo método, obtuvieron un resultado distinto[248]. Lo mismo ocurrió cuando unos investigadores intentaron repetir un estudio en el que los participantes contemplaban una pantalla diversas imágenes de billetes de 100 dólares mientras tenían que contestar preguntas sobre lo que opinaban del libre mercado.
En el estudio original, aquellos a los que se les enseñaba el valioso billete tenían una tendencia mayor a expresar un punto de vista capitalista que los demás participantes, pero en
la repetición del experimento esto no sucedió así. Pero para ser justos, también hay que decir que Vohs ha respondido a sus críticos en un nuevo artículo planteando la cuestión de si las muestras de población empleadas son realmente comparables[249]. El intento de repetición se llevó a cabo con estudiantes de la Universidad de Chicago, que es famosa por su orientación económica, de modo que Vohs se pregunta si allí no habría muchos más estudiantes claramente partidarios del libre mercado desde el principio, con lo cual el primado con dinero no supuso una gran diferencia. El debate sobre el primado, sin duda, continuará a lo largo de mucho tiempo.
Tengo que añadir que aunque en el campo de la psicología ha habido algunos casos aislados de resultados fraudulentos en los últimos años, aquí no se está hablando de trampas ni de engaños. Nadie sugiere que los psicólogos que realizaron los experimentos originales hayan hecho nada deshonesto ni poco ético. Lo único que se dice es que los resultados obtenidos un día concreto con un grupo de participantes concreto no pudieron repetirse en otras circunstancias, lo cual quizá permita cuestionar los descubrimientos originales.
Pero estas voces de alerta no significan que sea absurda la idea de que la mera mención o visión del dinero pueda influir en nuestros puntos de vista y, desde luego, en nuestra conducta. Aunque algunos estudios han rebatido los descubrimientos originales, otros los han respaldado. El método de Vohs para evaluar el primado con dinero se ha empleado en más de 165 estudios llevados a cabo en 18 países. En uno de ellos, se hizo pensar a una serie de participantes en el dinero por medio de la tarea de crear frases con palabras relacionadas, y después se les plantearon algunas preguntas hipotéticas. Por ejemplo: imagínate que trabajas de auxiliar administrativo y estás usando la fotocopiadora y de repente te acuerdas de que se te ha acabado el papel de la impresora de tu casa. ¿Serías capaz de llevarte una resma sin que nadie se enterara?
En este estudio, aquellos que habían sido primados con frases relacionadas con el dinero se mostraban más dispuestos a cometer este pequeño robo en la oficina y a realizar otros actos poco éticos que quienes no lo habían sido[250]. Pero
recordemos que solo estaban contestando cómo se comportarían en una situación hipotética. ¿Harían lo mismo en la vida real? Los experimentadores idearon una manera de descubrirlo.
Invitaron a los participantes a jugar un juego de ordenador en el que podían ganar dinero de verdad, y en el que, con cierta práctica, uno se daba cuenta de que se podía hacer trampa fácilmente para ganar más dinero. Una vez más, aquellos que habían sido primados con dinero se mostraron más propensos a caer en la tentación. La hipótesis de los investigadores era que el primado con dinero inducía a la gente una mentalidad más comercial, en la que las decisiones se toman en función de lo que resulta más conveniente económicamente y no de lo que es correcto desde un punto de vista moral. Esto podría ser una explicación, aunque no hay duda de que muchas personas que se dedican a los negocios estarían en desacuerdo con la implicación de que hacer trampas en un juego de ordenador sea similar a tener una mentalidad comercial.
No es que el primado con dinero siempre lleve a la gente a comportarse mal. Kathleen Vohs descubrió que aunque el primado con dinero parece volver más egoísta a la gente, también la vuelve más autosuficiente (un atributo más respetable) y que esto también puede explicar por qué se muestra menos dispuesta a echar una mano a los demás. Por ejemplo, cuando los participantes en un estudio tuvieron que resolver unos puzles bastante complicados, los primados con dinero no se rindieron ni pidieron ayuda tan rápidamente como los que habían sido primados de otro modo. Se esforzaron por su cuenta durante 16 minutos de media, frente a los 11 del otro grupo. Asimismo, en un experimento de Vohs que comenzaba mostrando a unos estudiantes un salvapantallas con un pez nadando o uno con dinero flotando en el agua, aquellos que habían visto el dinero eran tres veces más propensos que los otros a optar por hacer frente solos, en lugar de con un compañero, a la siguiente tarea.
¿Dónde nos conduce todo esto? Quizá se pueda concluir que la gente, al pensar en el dinero, se vuelve más decidida.
Al fin y al cabo, para poder ganarlo, en general tenemos que pensar en nosotros mismos. Esto no significa que una vez
hemos adquirido dinero no podamos mostrarnos generosos (como explicaré en el capítulo 12). Dicho esto, hay que añadir que también hay ciertas pruebas de que cuanto más dinero tiene uno, más tacaño se vuelve.
LOS RICOS Y LOS NIÑOS PRIMERO (O POR QUÉ SER RICO TE HABRÍA SALVADO SI HUBIERAS IDO EN EL TITANIC)
Probablemente todos podamos pensar en alguna situación en la que un amigo adinerado se ha hecho el remolón a la hora de pagar una ronda en el bar. Una familiar mía me contó una anécdota sobre un amigo suyo con mucho dinero que organizó una fiesta para celebrar que cumplía 40 años en una gran casa, junto a un río, en la que vivía con su pareja, y después cobraron a los invitados la comida y la bebida, y a un precio bastante alto. Muchas veces, ante situaciones como esta, la gente dice que es precisamente esa tacañería lo que hace que alguien se haga rico.
Por otra parte, para cada llamativo ejemplo de un millonario avaro hay otro de un rico filántropo excepcionalmente generoso. Sin embargo, persiste la idea de que tener dinero suele volver a la gente mezquina y egoísta.
¿Hay alguna prueba en la que apoyarla?
Pensemos en esta frase: «La gente como yo merece tener un golpe de suerte de vez en cuando». Tal vez estés de acuerdo y pienses que está muy bien que la fortuna te sonría ocasionalmente. Tal vez estarías aun más de acuerdo si pensaras que, hasta ahora, no has tenido demasiada suerte en la vida. Pero ¿qué pensarías si fueras una persona feliz, sana y pudiente?
Este libro trata de la riqueza económica y no de otros aspectos de la fortuna, y cuando esta pregunta se emplea como parte de una escala para medir la sensación de la gente de tener derecho a algo, no son los que poseen menos dinero —los que podrían considerarse menos afortunados— los que más suscriben esta frase, sino los más ricos[251].
He aquí otra frase (esta me gusta de verdad): «Si yo fuera en el Titanic, merecería subirme al primer bote salvavidas».
Por supuesto, no podemos saber cómo nos comportaríamos en
una catástrofe como esa. Quizá, llevados por el pánico, nos pondríamos a empujar a los demás para poder salvarnos. Pero lo que sí sabemos es que no hay nadie al que formulándole así esta pregunta afirme que, por algún motivo, tiene más derecho que los demás a salvarse del naufragio. Y sin embargo, un estudio demostró que la gente con dinero tiende más a pensar exactamente esto que la gente sin dinero. ¿No es sorprendente?
El test del Titanic formó parte de uno de los más de 50 estudios que ha realizado el psicólogo estadounidense Paul Piff. Hay que decir que en la mayor parte de ellos los ricos no salen muy bien parados. Para contestar la que quizá sea la pregunta fundamental —¿los ricos son más tacaños?—, Piff reunió un grupo en el cual había gente con niveles de ingresos muy variados: algunos ganaban 200.000 dólares al año, otros menos y otros muchísimo menos. A todos los participantes les dieron una suma de 10 dólares. Podían quedarse con todo, regalarlo todo o quedarse con una parte y regalar otra. Piff descubrió que la gente con menos dinero era más generosa. De media, los que ganaban menos de 25.000 dólares al año regalaron un 44 por ciento más que los que ganaban entre 150.000 y 200.000.
En otro estudio, Piff pidió a los participantes que escogieran entre círculos de distintos tamaños, buscando los que mejor los representaran a ellos y a otras personas. El resultado fue que cuanto más dinero tuviera la gente, más propensa se mostraba a elegir un círculo grande. Los más acaudalados también tenían una tendencia mayor a afirmar que eran buenos haciendo cualquier actividad y que nunca se equivocaban y a mirarse al espejo para ver qué aspecto tenían antes de que les sacaran una foto[252].
Tacaños, egoístas, engreídos y fatuos. Los ricos están quedando muy bien, desde luego.
Pero hay que recordar que estas personas ya eran adineradas antes de participar en los test de Piff. Tal vez no fuera el dinero lo que dictaba su conducta, sino su conducta lo que les había ayudado a ganar tanto dinero. Es decir, quizá no habría que pensar que sus elevados ingresos los había vuelto tan asquerosos, sino que eran asquerosos desde el principio y por eso habían podido llegar a ser asquerosamente
ricos.
Si esto fuera cierto, habría que empezar a considerar que el dinero no es el causante de todos los males. El causante sería... bueno, el propio mal. Una forma de comprobarlo es darle dinero a personas que normalmente tienen muy poco y ver si empiezan a comportarse como ricos. Para averiguar si sucedía esto, Paul Piff recurrió de nuevo a una partida de Monopoly.
Un elemento fundamental de este estudio es que los participantes, en esta ocasión, no tenían distintos niveles de ingresos en la vida real, sino que, por azar —tirando una moneda al aire—, se hacía que uno de los jugadores de cada partida se considerara rico y el otro pobre. ¿Cómo? Para empezar, el ganador jugaba con el coche de carreras y el perdedor tenía que apañarse con la bota vieja. Pero además, el ganador comenzaba la partida con el doble de dinero, lanzaba dos dados en vez de uno y, por si eso fuera poco, recibía 400 dólares cada vez que pasaba por la casilla de salida, en lugar de los 200 que recibía su rival.
Como es lógico, los jugadores que disfrutaban de tantas ventajas solían empezar ganando, pero no era eso lo que interesaba a Piff, que se quedaba observando cómo se desarrollaba la partida a través de un vidrio de visión unilateral. Lo que quería ver era cómo se comportaban esos «ricos».
Se comportaron de una forma sumamente desagradable. Por ejemplo, por lo general, hablaban en voz más alta, soltando grititos triunfales mientras desplazaban su coche de carreras por el tablero en busca de más riquezas. E incluso cogían más pretzels de los que les correspondía de un cuenco que les habían dejado para los dos jugadores.
Después de la partida, se les preguntó a los ganadores por qué pensaban que habían vencido. Parece increíble, pero todos hablaron del esfuerzo que habían hecho y de las sabias decisiones que habían tomado, y ni uno solo mencionó el hecho de que había tenido ventaja desde el principio[253].
Esto me hace pensar en lo que se descubrió en ese estudio clásico llevado a cabo en 1978 con gente a la que le había tocado la lotería que mencioné en el capítulo 9. A pesar del uso de la palabra «lotería» en el nombre de aquella competición, que cualquiera diría que demuestra su
vinculación con el azar, casi dos tercios de los participantes pensaron que de algún modo se merecían haber ganado[254].
Se trata, una vez más, de un descubrimiento asombroso, y Piff llegó a la conclusión de que si bien a las personas competitivas, que suelen tener impulsos egoístas, se les da muy bien ganar dinero, también es verdad que tener dinero, aunque sea temporalmente y aunque sea solo en un juego, modifica la conducta de la gente, haciendo que se centre más en sí misma y que se vuelva más arrogante. O, dicho de otro modo, cada cosa es causa y efecto de la otra.
PRECAUCIÓN ANTE UNA ENCUESTA HOLANDESA
Un día soleado, en la bahía de San Francisco, unos individuos acechaban detrás de unos arbustos, junto a un paso de cebra.
Si hubieras estado ahí, como lector de este libro, te habrías dado cuenta inmediatamente de que aquella gente no estaba a punto de perpetrar un crimen, sino que se trataba de investigadores llevando a cabo un experimento psicológico.
En esta ocasión, estaban observando el comportamiento de los conductores en el cruce. Y el que dirigía el experimento era, una vez más, Paul Piff.
En California, como en muchos otros lugares, los coches tienen que detenerse si un peatón parece estar a punto de cruzar por el paso de cebra. Es uno de esos protocolos de la conducción que obedecen en parte a motivos de seguridad y en parte a las normas, pero que tal vez sea, sobre todo, cuestión de educación. A estas alturas, no creo que haga falta que os diga lo que observaron los investigadores del equipo de Piff. Sí, por supuesto, toda la gente que tenía coches baratos se detenía para permitir que cruzaran los peatones, mientras que, de los que iban en coches caros, solo paraba la mitad[255].
Debo advertir, como hace el propio Piff, que el número total de coches observado en este estudio fue muy pequeño.
En cualquier caso, las pruebas que respaldan la idea de que tener mucho dinero hace que la gente se vuelva tacaña y egoísta no proceden de estudios aislados, sino que son muy numerosas. Y sin embargo, también hay algunas pruebas que
parecen indicar que ser rico puede volver a las personas generosas y altruistas. Quizá lo más justo sea decir que ninguno de estos estudios muestra ni afirma que todos los ricos sean mezquinos, sino que, por lo general, cuanto más dinero tiene la gente, más mezquina es.
Por supuesto, lo mejor es que un estudio emplee la mayor muestra de gente que sea posible y que no utilice proxies si puede evitarlo. Al fin y al cabo, tomando como ejemplo el experimento mencionado, podría haber ocurrido que uno de los que iban en un coche caro que no se detuvo en el paso de peatones no fuera un adinerado hombre de negocios, sino un ladrón de coches desesperado.
Como indicó Stefan Trautmann, de la Universidad de Heidelberg, sobre el estudio de Piff (empleando el lenguaje de las publicaciones académicas): «los individuos de un estatus social bajo pueden excederse en el consumo de bienes sumamente prominentes», lo cual podría traducirse como que los pobres a veces tienen coches que no se pueden permitir[256].
Con la intención de evitar esta clase de problemas en sus propias investigaciones, Trautmann empleó una encuesta muy acreditada llevada a cabo en los Países Bajos. Consiste en pasar un cuestionario cuatro veces al año a una muestra representativa de 9.000 personas, cuyo estatus socioeconómico se evalúa por medio de preguntas detalladas sobre su riqueza, su nivel de ingresos, su tipo de empleo y su estabilidad laboral.
Trautmann descubrió que la gente con un mayor estatus socioeconómico era más independiente y se involucraba menos con los demás. También descubrió que los más pudientes solían ser más tolerantes con la evasión de impuestos, aunque al mismo tiempo los más desfavorecidos se mostraban más dispuestos a perdonar el fraude a la hora de cobrar subsidios públicos, lo cual tal vez indique que tener más dinero no vuelve a la gente más inmoral, sino que los conceptos de moralidad de cada uno son un producto, al menos hasta cierto punto, de sus circunstancias económicas.
Dicho todo esto, sin embargo, hay que añadir que los datos de la encuesta solo permitieron a Trautmann sacar conclusiones sobre las opiniones de la gente, pero no sobre su conducta.
Por lo tanto, realizó una muestra representativa de la gente
de la encuesta para que jugara a diversos juegos en los que hace falta cooperar y, al observar la conducta de este grupo más pequeño, Trautmann descubrió que los jugadores ricos no eran más propensos a traicionar a sus oponentes que los jugadores pobres. Esto, desde luego, no es una prueba definitiva de que la gente con dinero sea igual de generosa y servicial (o de mezquina y egoísta) que el resto, sino que en aquel estudio concreto no pudieron detectarse diferencias significativas.
Como siempre, hay que extremar las precauciones al interpretar estos trabajos. En el campo de la psicología, como en todas las facetas de la vida, no hay nada simple. Si uno realiza un estudio de una manera, obtiene unos resultados determinados, y si lo realiza de otra, los resultados son muy distintos.
DICTADORES Y ULTIMÁTUMS
Cojamos a 633 millonarios y démosles la oportunidad de ser dictadores y de dar ultimátums. ¿Nos ayudaría esto a contestar la pregunta de si los ricos son más mezquinos que el resto de nosotros?
Bueno, pues sí y no. Lo siento, pero la verdad es que no puedo mostrarme más categórica, ya que los descubrimientos de este estudio —realizado también en los Países Bajos— fueron un tanto contradictorios. Los investigadores lograron que un gran banco privado holandés les permitiera invitar a sus clientes más acaudalados a participar en una serie de juegos. Como ya he dicho, aceptaron 633 millonarios, una cifra bastante impresionante.
Les dieron una suma de dinero de verdad, para que jugaran con él o se lo guardaran. No era mucho, desde su punto de vista, pero tampoco era una cantidad insignificante: 100 euros. Un grupo jugó al juego del dictador, llamado así porque uno de los jugadores se encarga de todo y no se puede opinar nada al respecto. Otro grupo jugó al juego del ultimátum, en el que un jugador hace una oferta y el otro jugador tiene la posibilidad de aceptarla o no. En este estudio, se les dijo a los millonarios que estos otros jugadores ganaban menos de 12.500 euros al año, de modo que había una gran
brecha en cuanto al nivel de ingresos de unos y otros, pero quizá, por ser tan ricos, a los millonarios eso no les importaría. ¿Se comportarían de un modo mezquino y egoísta? Pues no, o al menos no en el primer juego. Por lo general, los millonarios resultaron ser unos dictadores bastante benévolos, y regalaron, de media, 71 euros. Y casi la mitad regaló todo el dinero que tenía. Se mostraron tres veces más generosos de lo que suele ser la gente en este juego[257].
Pero ¿qué pasó con los millonarios que jugaron al juego del ultimátum? Recordemos que hay una diferencia fundamental entre ambos juegos, ya que en este último el receptor potencial tiene la posibilidad de elegir: puede rechazar la oferta, aunque solo hay una. Esto puede parecer irracional, pero décadas de investigaciones han demostrado que si el receptor piensa que la oferta es demasiado pequeña, la rechaza. De hecho, la mitad de la gente lo hace si no le ofrecen por lo menos el 20 por ciento de la cantidad total.
Como sospechan esto —pues, al fin y al cabo, los donantes y los receptores suelen tener ideas similares sobre lo que sería justo en estas circunstancias—, los donantes que juegan al juego del ultimátum tienden a hacer ofertas relativamente generosas. Pero los millonarios holandeses, por lo visto, no se preocuparon mucho por esta cuestión. Tal vez haciendo gala de la falta de piedad económica que los ayuda a ganar (o a conservar) su dinero, en cuanto comenzaron a pensar en que tenían que hacer un trato y no una donación, se volvieron menos generosos. De hecho, en esta ocasión la cantidad media que ofrecieron fue de 64 euros, y los que se mostraron dispuestos a entregar los 100 euros al otro, de quien sabían que tenía mucho menos dinero que ellos, fueron menos de uno de cada tres.
Por cierto, aunque volveremos a hablar de las obras de caridad con más detalle en el próximo capítulo, vale la pena señalar aquí que este estudio holandés puede proporcionar una buena lección a quienes se dedican a recaudar fondos para esta clase de obras: cuando se trata de conseguir que los ricos entreguen dinero, es mejor pedirles directamente que hagan una donación que darles a entender que pueden sacar algún provecho, que se les está proponiendo una especie de inversión. Cuando se hace esto último, uno corre el riesgo de
que el millonario en cuestión haga su donación con la cabeza —fría y orientada a los negocios— y no con el corazón —que siempre es más empático—, de modo que el dinero recaudado sea menor.
¿Qué podemos hacer, pues, con todos estos estudios, que a veces nos fascinan pero que son un tanto irritantes y totalmente contradictorios? Pensemos que en el juego del ultimátum, los millonarios, pese a todo, se mostraron más generosos de lo que suele mostrarse el resto de la gente. Lo que sí podemos decir es que tener dinero nos hace sentir más independientes (y ya vimos lo importante que era esto para Mike Redd). A partir de ahí, hay algunos ricos que deciden ser generosos con su dinero. Al fin y al cabo, pueden permitírselo y, como nos pasa a los demás, tienen una sensación agradable cuando regalan el dinero. Pero como ya hemos visto, y por mucho que nos tomemos con cautela el resultado de algunos estudios, hay casos en los que la gente con más dinero actúa con menos generosidad que el resto de nosotros.
VOLAR EN PRIMERA CLASE
Viajo al extranjero por cuestiones de trabajo varias veces al año, y siempre lo hago en clase turista. En los vuelos de bajo coste, nunca he pagado por embarcar más rápido ni por reservar un asiento determinado. Nunca he soñado con que un día me subiría a un avión y me sentaría en primera clase.
Pero recientemente esto ha ocurrido. Una empresa californiana que se dedica a las nuevas tecnologías me propuso que diera una charla a sus empleados y me ofreció un viaje en primera clase de Londres a San Francisco.
Cuando me acerqué al mostrador para facturar el equipaje (frente al cual no había cola, por supuesto), la azafata pareció mirarme con recelo. Quizá se hiciera demasiado evidente mi sensación de estar fuera de lugar allí, o quizá mi maleta tuviera pinta de ser muy barata. En cualquier caso, cuando vio mi tarjeta de embarque empezó a comportarse —al igual que el resto de los empleados de la compañía aérea— de un modo absolutamente atento y servicial. Era como si,
atravesando un portal, hubiera entrado en otro mundo, en un mundo mágico.
La primera parada fue en el Concorde Lounge, una sala del aeropuerto de Heathrow con unos sillones supercómodos en tonos grises y burdeos. Eran las ocho de la mañana, pero el ambiente que había allí era el de un bar de un hotel de lujo a altas horas de la noche. Mientras esperaba que me sirvieran mis huevos Benedict, estuve hojeando unas revistas y observando a la gente. Parecía haber un par de intrusos como yo —gente que no era rica, a la que le habían pagado el billete o que había ahorrado millas aéreas y que estaba viviendo la experiencia de ir en primera por primera vez—, pero para los demás esa era su forma habitual de viajar, eso era lo normal.
Ya en el avión no pude evitar obsesionarme con los que viajaban en primera clase conmigo. ¿Habrían nacido con dinero o se habrían hecho ricos ellos solos? ¿Alguno sería muy importante o famoso? ¿Quizá alguno habría ganado su dinero ilegalmente o, al menos, de un modo poco ético? Sentí ganas de preparar un breve cuestionario y pasárselo a todos.
Los estudios han demostrado que sentimos cosas muy intensas en relación con quién merece el dinero y quién no, y con el hecho de que este haya sido obtenido de un modo correcto. A decir verdad, cualquier rico puede ser objeto de nuestra desaprobación. En un estudio, los investigadores examinaron los movimientos de los músculos faciales de los participantes mientras se les mostraba una serie de fotografías. Cuando aparecía una señora mayor en la foto y se les decía que un taxi había pasado sobre un charco y la había dejado empapada, sus expresiones faciales se volvían tristes.
Cuando era un hombre de negocios con un traje elegante y pinta de tener mucho dinero el que había quedado empapado, la gente no admitía sentir ningún placer, pero los movimientos de sus músculos faciales indicaban lo contrario:
no podía evitar esbozar una leve sonrisa[258]. La posesión de cualquier tipo de riqueza puede provocar esta Schadenfreude (junto a la admiración de la que ya he hablado), y si el dinero es heredado o ha sido obtenido sin hacer ningún esfuerzo, produce sensaciones aun más negativas.
En su artículo sobre los significados sagrados y profanos del
dinero, el experto en marketing Russell Belk señala que en todo el mundo hay relatos fantásticos que advierten del terrible destino que espera a cualquiera que se encuentre con un tesoro perdido[259]. Parece que en lo más profundo de la cultura humana está la idea de que nada bueno puede suceder a quienes tienen más fortuna de la que merecen. Como ya vimos en el capítulo 9, se suele tener este sentimiento incluso hacia la «gente como nosotros», la gente corriente que un día cualquiera gana la lotería. Que la suerte les sonría si son buenas personas y se gastan el dinero con sensatez, pensamos.
Pero ay de ellos si se comportan como canallas y se dedican a gastar sin ton ni son.
En el avión, la persona que estaba detrás de mí parecía una supermodelo. Tenía unas piernas muy, muy largas, y estaba elegantísima incluso con el pijama negro que las azafatas nos habían dado al despegar y que todo el mundo se había puesto, cosa que me parecía de lo más extraña, ya que hacía que pareciera que llevábamos puestos los uniformes de una prisión. Cuando estábamos llegando a San Francisco, esta mujer fue al baño (quizá os encante enteraros de que era tan estrecho y desagradable como el de la clase turista, pero tenía una flor artificial en un jarroncito) y salió completamente maquillada, con un aspecto espectacular, lista para encontrarse con los paparazzi o quien fuera que la estuviera esperando.
Los que no somos ricos, solemos consolarnos con la idea de que los que sí lo son deben de tener problemas para dormir por la noche. Pero aquel vuelo en primera clase me dio una pista para entender por qué a la mayor parte de los ricos raramente le pasa esto. Cuando salí del avión (la azafata me agradeció profusamente que hubiera volado con ellos) y recogí mi maleta (son las primeras que aparecen en la cinta transportadora, de modo que no hay que estar ahí esperando), me di cuenta de que a todos nos hace sentir importantes que nos traten así, aunque en realidad no lo seamos. La sensación de tener derecho a las mejores cosas sin duda aumenta debido a estas experiencias, acabando con la culpa que uno pudiera sentir por tener tanto cuando otros tienen tan poco. Sí, soy especial y me merezco vivir así, debe pensar entonces el privilegiado.
Todo lo cual, por supuesto, nos irrita y nos genera la reacción más común que tenemos hacia los ricos: la envidia.
Por eso sonreímos cuando nos cuentan que se ha empapado el hombre del traje elegante. Ese sentimiento puede llegar a ser tan fuerte que en algunas ocasiones nos lleva a hacer cosas extraordinarias.
UNA ENVIDIA ABRASADORA (A VECES MALA YA VECES BUENA)
Tal vez uno de los estudios más conocidos sobre la envidia es el que realizaron Daniel Zizzo y Andrew Oswald en la Universidad de Warwick[260]. Todos los voluntarios que participaron el experimento tenían las mismas posibilidades de ganar una pequeña suma de dinero. Después se les comunicó que todos habían recibido una cantidad extra.
Pero mientras que en algunos casos esto supuso que la gente acabara con 11 libras, en otros la suma total fue solo de 6.
Esto produjo un comprensible resentimiento entre los que habían perdido. El dinero extra se dio de un modo completamente arbitrario: los que se llevaron más no se lo habían merecido en absoluto. No era justo, y punto.
En la vida real, por supuesto, cuando pasan cosas así, a menudo no podemos hacer nada. Pero en este experimento los perdedores tenían la oportunidad de defenderse. Se les ofreció un trato. Si así lo deseaban, podían gastarse una parte de lo que habían ganado en quitar el dinero a los que habían tenido más suerte.
En el lenguaje de la economía, esto se llama «quemar el dinero», aunque en el campus de Warwick no hubiera una hoguera como la de KLF. De hecho, no se encendió ningún fuego ni se destruyó ni un solo billete. Lo único que sucedió fue que una parte del dinero que había en el pequeño sistema económico creado para el experimento fue sacado de la circulación, de forma que nadie pudo disfrutarlo: quedó fuera del alcance de todos los participantes.
Con la intención de comparar, a los ganadores también se les dio la oportunidad de «quemar» una parte del dinero de sus rivales. Lo hicieron indiscriminadamente, mientras que los perdedores escogieron de un modo deliberado a los que
habían ganado. Eran los perdedores quienes tenían más que «ganar» con este trato. Es decir, aunque desde el punto de vista económico supondría una pérdida para ellos y se quedarían con menos dinero, tendrían la satisfacción de ver sufrir a los ganadores.
Dos tercios de los participantes aceptaron esta oportunidad y, de media, en el momento de irse a casa, cada uno había visto cómo se esfumaba la mitad de sus ganancias.
Creo que estaremos de acuerdo en que aunque actuar de este modo tal vez nos proporcione cierta perversa sensación de placer, no resulta demasiado admirable. Si lo único que podemos hacer cuando vemos a alguien que tiene más dinero que nosotros es intentar destruir ese dinero, la sociedad en la que vivamos no va a ser muy productiva. Estamos ante un caso clásico de superioridad del dinero con respecto a la mente.
Pero la envidia no siempre funciona así. Cuando voy a la casa de unos amigos muy pudientes, los envidio bastante, lo admito. Tienen un pequeño cine en el sótano, por Dios. ¿A quién no le gustaría tener algo así? Pero, desde luego, eso no me hace querer incendiarles la casa. De hecho, admiro la iniciativa que los llevó a ganar tanto dinero. Y en cierto modo, de una forma muy sutil, quizá estas visitas me estimulen a trabajar más con la esperanza de conseguir algo de lo que ellos han conseguido.
Esta especie de admiración hacia los ricos puede convertir la envidia en una emoción más positiva. Rik Pieters, cuyas investigaciones sobre el materialismo y la soledad en los Países Bajos ya comentamos en el capítulo 9, la ha llamado «envidia benigna». No es una envidia mala. Es buena, ya que ayuda a estimular las aspiraciones de la gente y la lleva a hacer un esfuerzo para alcanzar el éxito y tener tanto dinero como aquellos a quienes envidia[261].
Pieters distingue esta clase de envidia de la que llama «envidia maligna». Este término parece describir bien la envidia destructiva que mostraron los participantes en el experimento de Warwick, pero en realidad Pieters lo emplea para referirse a la envidia en el sentido en que suele entenderse. En otras palabras, se trata de «una sensación de anhelo amargo o de deseo insatisfecho provocada por una
persona que tiene más suerte o se encuentra en una situación mejor» (definición del Shorter Oxford English Dictionary)(5).
Como veremos a continuación, esta clase de envidia, por lo general, no hace que una persona quiera destruir lo que tiene otra persona. Al menos, no literalmente. Lo que hace, más bien, es provocar una actitud de desprecio que quizá sea auténtico o quizá sea fingido.
En su estudio sobre la envidia, Pieters invitó a unos estudiantes a que miraran una fotografía en color de un iPhone y que leyeran una descripción de sus características.
Después les pidió que se imaginaran que estaban trabajando con alguien que tenía un teléfono como ese. A la mitad de los estudiantes, a continuación, les animó a que se imaginaran que sentían una mezcla de celos y admiración por el propietario de aquel teléfono tan sofisticado, mientras que a la otra mitad les pidió que se imaginaran sintiendo celos y envidia[262].
A continuación, los dos grupos de estudiantes tuvieron que evaluar cuánto les gustaba el iPhone, qué esfuerzo estaban dispuestos a hacer para conseguir uno y cuánto aceptarían pagar por él. Lo fundamental del resultado es lo siguiente: los que formaban parte del grupo de la envidia benigna (aquellos que se habían imaginado que admiraban al colega del iPhone)
estaban dispuestos a pagar lo que Pieters llama una «prima por envidia». Y se trata de una prima bastante sustanciosa. De hecho, los estudiantes de este grupo afirmaron que pagarían casi un 50 por ciento más que los que estaban en el grupo de la envidia maligna. Este experimento parece mostrar que, incluso en una situación hipotética, si alguien que admiramos tiene algo que nosotros no tenemos, mostramos una propensión mayor a quererlo y a esforzarnos por conseguirlo.
(El precio que los estudiantes dijeron que estaban dispuestos a pagar por el teléfono en este experimento sirve para hacerse una idea de la cantidad de esfuerzo que haríamos por conseguir lo que tiene una persona que envidiamos). Por lo tanto, en un caso como este, lo que el Shorter Oxford English Dictionary define como «sensación de deseo insatisfecho provocada por una persona que tiene más suerte» funciona como un estímulo para hacer que nos esforcemos.
Pero hay que advertir una cosa: esta clase de envidia
positiva, por lo visto, solo funciona en las situaciones en las que lo que otros tienen y nosotros deseamos nos parece alcanzable. Pieters pone como ejemplo a un vecino que tuviera una segadora de césped mejor que la nuestra. La vemos, envidiamos al vecino por tenerla, la deseamos, y como no es más que una segadora de césped (y, en principio, nuestro vecino no puede tener muchísimo más dinero que nosotros), decidimos hacernos con una. Tiene sentido, por lo tanto, compararse con cualquier hijo de vecino, como dice la expresión. Compararse con los hijos de los multimillonarios, por el contrario, es una tontería.
La estrategia que solemos emplear ante la gente muy rica, y más todavía en el caso de alguien como Donald Trump, es convertir la envidia en desprecio: los desdeñamos por tener tanto dinero y tan mal gusto al mismo tiempo. Sin duda, este es el motivo por el que a las revistas del corazón les va tan bien. Disfrutamos cuando estamos «invitados al encantador hogar» de algún miembro poco conocido de la familia real o de algún futbolista de primera división porque estamos seguros de que veremos unos espantosos grifos dorados o sillones de cuero blanco. Así, tenemos la oportunidad de despedazar —metafóricamente— la mansión, lo cual nos hace sentirnos más satisfechos con nuestro modesto apartamento.
Otro experimento de Pieters sacó a la luz esta clase de reacciones. En esta ocasión, los participantes podían pujar por un iPhone o por una Blackberry. Los que tenían que imaginarse que sentían una envidia maligna de nuevo se mostraron menos dispuestos a pagar tanto por el iPhone como los que sentían una envidia benigna. Prefirieron pujar (y pagar más) por la Blackberry. Da la impresión de que lo que querían era diferenciarse del colega que tenía un iPhone (cuyo éxito envidiaban más que admiraban) eligiendo un teléfono completamente distinto y convenciéndose de que el suyo era mejor.
La envidia es una emoción bastante compleja y, a juzgar por esta investigación, resulta compleja de estudiar. Pero para nuestros propósitos, lo más importante que podemos concluir de todo esto es que si bien la envidia es con frecuencia un sentimiento negativo, en algunas circunstancias puede ejercer un efecto positivo sobre nosotros, al menos en la medida en
que nos sirve de estímulo.
LAVARSE LAS MANOS ANTE LAS MENTIRIJILLAS
Como sucede con la envidia, la mentira no merece nuestra aprobación, aunque, por supuesto, hay algunas excepciones.
Al ver el sombrero que se ha puesto una amiga tuya para la boda de su hija, tal vez pienses que es una monstruosidad. Sin embargo, cuando ella se te acerca y te cuenta que le costó 100 libras, le dices que te parece una preciosidad. Estás mintiendo, claro, pero se trata de una mentira piadosa cuyo único objeto es evitar herir a tu amiga. Y luego están las mentiras que se cuentan por el bien común, como decirles a los malos que el hombre al que persiguen huyó por donde no van a encontrarlo.
Hay otra circunstancia en la que nos mostramos tolerantes con las mentiras que resulta mucho más sorprendente.
Resulta que pensamos que mentir no está mal cuando hay dinero de por medio (y cuanto más, mejor). Este es un descubrimiento que puede parecer increíble, desde luego. A continuación hablaremos de una de las formas más extrañas que tiene el dinero de afectar a la mente.
Hay diversos estudios psicológicos que han demostrado que cuando entramos en contacto con algo o alguien que consideramos inmoral, luego pasamos más tiempo del habitual lavándonos las manos. Podríamos llamarlo el «síndrome de Lady Macbeth», pues es casi como si estuviéramos tratando de purificarnos tras establecer una relación con el pecado.
Por muy raro que parezca, este descubrimiento es tan sólido que algunos psicólogos consideran que es una forma de medir la desaprobación moral que siente una persona hacia algo mucho más eficaz que preguntarle directamente lo que piensa. Y, por supuesto, se elude la cuestión de si la gente no estará contando a los investigadores lo que cree que estos quieren oír, lo cual es un problema eterno para los psicólogos que intentan investigar nuestras opiniones y creencias.
Hay un grupo de psicólogos que trabajan en China y a cuyos estudios me quiero referir a continuación. Pero para
explicar lo que han hecho, primero tenemos que detenernos en un experimento que es un clásico en el campo de la psicología. Fue ideado por Leon Festinger en los años cincuenta y consistió en pedir a unos participantes que realizaran una tarea aburrida y después dijeran a los participantes del siguiente grupo que había sido muy interesante. En otras palabras, se les pidió que mintieran, y por hacerlo recibirían un dólar o 20 dólares.
Lo que demostró este estudio es que la gente, en situaciones como esa, sufre lo que se conoce como disonancia cognitiva:
nos sentimos incómodos cuando tenemos al mismo tiempo dos opiniones incompatibles sobre algo. En este caso, los participantes sabían que la tarea era aburrida y, al mismo tiempo, que les habían contado lo contrario a los demás.
Tan fuerte era el malestar que sentían debido a ello, tantas ganas tenían de resolver la disonancia, que cuando unos días después les pidieron que valoraran el estudio de Festinger, se habían convencido a sí mismos de que en el fondo no había estado tan mal. Bueno, los que habían cobrado un dólar dijeron eso[263]. Los que habían recibido 20, reaccionaron de otro modo. En su caso, el hecho de cobrar una suma mayor los llevó a pensar que solo habían mentido por dinero, con lo cual se demostraba que no sentían ningún malestar por considerar que la tarea era aburrida y contar a otra gente que era interesante. Por eso, cuando llegó el momento de evaluar el estudio, seguían pensando que la tarea que habían tenido que hacer era aburrida.
Y ahora, si todo esto ha quedado claro, veamos lo que hicieron los investigadores chinos.
En su versión adaptada del experimento de Festinger, no se ofrecía dinero por mentir a los participantes, sino a un cómplice de los investigadores. La cantidad de dinero que se le pagaba por mentir a veces era pequeña y a veces grande. Y todos los participantes eran testigos de la mentira, pero algunos habían visto que se le había pagado poco y otros, mucho.
Llegados a este punto, los participantes pensaban que la primera parte del experimento había concluido y, cuando salían del laboratorio, el cómplice les estrechaba la mano.
Después, se les decía que se lavaran las manos muy bien
porque en la siguiente fase del experimento tendrían que manipular algunos equipos de precisión.
Quizá todo esto parezca innecesariamente complicado, pero era muy metódico.
Lo que querían averiguar los experimentadores, claro está, porque pensaban que sería una buena forma de calibrar la desaprobación moral que sentía la gente hacia la mentira, era cuánto tiempo dedicarían los distintos participantes a lavarse las manos.
Los resultados fueron muy llamativos.
La gente que había visto al cómplice recibir una pequeña cantidad de dinero por mentir —un yen, el equivalente a 12 peniques— fue la que más tiempo estuvo lavándose las manos. Los investigadores llegaron a la conclusión de que esto significaba que a la gente no le gustaba nada que alguien contara una mentira por una suma de dinero tan ridícula. En cambio, los que habían visto que el cómplice recibía mucho más dinero a cambio de mentir, se lavaron las manos durante un periodo de tiempo menor (siete segundos frente a los nueve del grupo anterior). Por lo visto, desaprobaban aquella conducta un poco menos (y, por lo tanto, sentían que el apretón de manos los había ensuciado menos) porque la suma que había cobrado por ella era grande[264].
Después de esto, estoy dispuesta a perdonar a cualquiera que piense que lo único que demuestran todos estos experimentos en realidad es que a los psicólogos se les ocurren unas cosas rarísimas. En cualquier caso, los investigadores chinos afirmaron que los resultados de este estudio muestran que tendemos a excusar un mal comportamiento si se realiza por dinero, pero solo si es por una cantidad de dinero suficiente. Veamos un segundo experimento, realizado por el mismo grupo de psicólogos chinos, a ver si os resulta más convincente.
En esta ocasión, se enseñaba a los participantes una serie de fotografías de un hombre que, para coger un dinero que hay en el suelo de la calle, empuja a otro hombre. A veces la suma que había en la acera era pequeña, y otras veces era grande. Y sí, una vez más, la gente consideró que era más aceptable darle un empujón a alguien por una gran cantidad de dinero que por una pequeña. De hecho, el punto de inflexión, por decirlo así, en el que empujar a otra persona
comenzaba a resultar aceptable, estaba alrededor de los 300 yenes, unas 30 libras.
¿Cómo llegaron los investigadores a esta conclusión? Esta vez se limitaron a preguntar a los participantes.
Tal vez alguien todavía no esté convencido. Este es uno de esos descubrimientos que entra en conflicto con nuestras ideas sobre lo que piensa la mayoría de la gente. Veamos, entonces, este otro ejemplo tomado de la vida real. Con frecuencia oímos en las noticias historias sobre «mulas», personas que asumen riesgos muy graves para pasar heroína o cocaína por los controles de seguridad de los aeropuertos llevando la droga en el interior de su cuerpo. Los que salen ganando si las mulas logran su objetivo, por supuesto, son los grandes traficantes y los cárteles, pero los que se arriesgan son las pobres mulas. ¿Por cuál de estas dos mulas sientes más respeto? ¿Por la mula A, que ha cobrado 50 dólares, o por la mula B, que ha cobrado 5.000? Apuesto a que por la B.
No es que piense que la admires, sino que si alguien va a asumir un riesgo tan grande, que por lo menos sea a cambio de algo que valga la pena. Hacerlo por 50 dólares nos parece simplemente una estupidez. Del mismo modo, solemos sentir una admiración secreta cuando oímos hablar de unos atracadores que se han llevado una millonada de un banco, pero solo desdén cuando los ladrones, a punta de pistola, apenas logran huir con unos cientos de libras.
MENTIR PARA HACER OBRAS DE CARIDAD (Y POR QUÉ LOS PSICÓLOGOS APARENTEMENTE SON MÁS SIMPÁTICOS QUE LOS ECONOMISTAS)
Tal vez los descubrimientos relatados en la última sección te hayan dejado con una cierta sensación de indisposición moral. Si es así, es probable que el estudio al que me voy a referir a continuación te haga sentir mejor. Vale, sugiere que no nos parece mal mentir, pero solo si el dinero obtenido se destina a otras personas y no se lo embolsan los estafadores.
Este estudio se llevó a cabo en la Universidad de Bath[265]. Consistió en pedir a los estudiantes que tiraran un dado con un vaso de plástico. Después tenían que mirar por
un agujerito que había en la base del vaso y decir al investigador qué número había salido. Si el número era un uno, la organización benéfica Cancer Research UK recibiría una donación de 10 peniques, si era un dos, una de 20 peniques, y así sucesivamente.
Con la presentación que he hecho de este experimento, no creo que los resultados extrañen a nadie. Casi un cuarto de los participantes afirmó haber sacado un seis, lo cual es mucho más de lo previsible estadísticamente. Esto significa que es casi seguro que uno de cada 10 estudiantes mintió para que la organización benéfica consiguiera la mayor cantidad de dinero posible.
Por supuesto, uno también puede preguntarse por qué mintieron tan pocos. En tales circunstancias, ¿por qué no todo el mundo dijo que había sacado un seis para conseguir más dinero para una organización que lucha contra el cáncer?
Bueno, probablemente el motivo por el que no sucedió esto fuera que los estudiantes tenían que tirar el dado más de una vez. Es fácil entender que no dijeran que les había salido un seis en cada tirada. Eso habría sido demasiado descarado incluso teniendo en cuenta que se trataba de una buena causa. Los participantes querían que sus mentiras fueran creíbles, y por eso decían que sacaban seis más veces de las que eran ciertas, pero también en algunos casos reconocían haber obtenido un tres o un cuatro, para no despertar sospechas.
En este experimento había dos grupos de participantes. Uno estaba formado por estudiantes de economía y el otro por estudiantes de psicología. Si no lo he mencionado antes es porque estos grupos no divergieron demasiado en su conducta cuando tuvieron la posibilidad de mentir por una buena causa. Pero en un segundo experimento en que se podía mentir para obtener un beneficio personal, las cosas fueron distintas. Y no quiero ser petulante, pero debo decir que los psicólogos salieron mucho mejor parados que los economistas.
En este experimento se proporcionaba tres números a los estudiantes y se les decía que imaginaran que eran los números que acababan de sacar a los dados. Después se les pedía que leyeran la secuencia ante un investigador,
informándoles de que el primer número que leyeran se convertiría en una suma de dinero que podrían quedarse.
Por ejemplo, si a uno le decían que sus números eran 1, 2 y 3 y repetía la secuencia honestamente, recibía una libra. Pero no había nada que impidiera que la gente mintiera. Claro, si alguien decía que le habían tocado tres seises, sería demasiado, pero si a uno le daban 3, 2 y 5, no había ningún motivo para no decir que la secuencia era 5, 2 y 3 y llevarse cinco libras en vez de tres.
Quizá se tratara de una mentira pequeña, pero en cualquier caso era una mentira. Y ¿qué fue lo que ocurrió? Bueno, ya he estropeado la sorpresa. Al concluir el experimento, se pidió a los estudiantes que confesaran y entonces se descubrió que los economistas eran más propensos a mentir para conseguir dinero que los psicólogos.
Este experimento encaja con otros que revelan que los economistas se muestran bastante más implacables que el resto de la gente en lo que a ganar dinero se refiere. Por ejemplo, se ha demostrado que los estudiantes de económicas destinan menos dinero a las obras de caridad. Un estudio descubrió que la cantidad de estudiantes de económicas que admitía no donar nada en absoluto era el doble que la de estudiantes de otras disciplinas como arquitectura y, sí, psicología. Incluso cuando se tenía en cuenta el nivel de ingresos y el género, los estudiantes de economía resultaron estar menos dispuestos a cooperar en test como el «dilema del prisionero». Este es un test clásico, ideado en la década de los cincuenta, que sirve para evaluar hasta qué punto somos capaces de cooperar. Las premisas son las siguientes: a ti y a un amigo tuyo os han arrestado porque sois sospechosos de haber robado un banco. Estáis en celdas separadas y podéis elegir entre confesar, delatando al otro, o afirmar que sois inocentes. Si los dos negáis haber cometido el robo, os pasaréis un año en la cárcel; si los dos confesáis, os pasaréis ocho años; y si uno de los dos acusa al otro, saldrá en libertad y el otro cumplirá 20 años de condena.
Desde un punto de vista individual, la opción más racional probablemente sea confesar, evitando de ese modo la peor posibilidad, la de pasarte 20 años entre rejas. Sin embargo, si los dos pudierais estar seguros de que el otro va a cooperar,
os convendría declararos inocentes y cumplir un año de condena, un resultado que es el mejor desde el punto de vista de ambos. Todo depende de si puedes confiar en tu amigo o no. Hoy en día, suele jugarse con un ordenador y lo de la cárcel a veces ni siquiera se menciona. El experimento, por lo general, se plantea como si uno cooperaría con el otro o lo traicionaría para ganar puntos o dinero. Los estudiantes de economía no son muy propensos a cooperar; en un estudio realizado en 1981 sobre cuánto importaba la justicia, un tercio de los estudiantes de esta carrera se negó a contestar la pregunta o dio respuestas tan sesgadas que resultaron incodificables[266].
Tal vez esto no sea tan sorprendente, ya que, al fin y al cabo, a los estudiantes de economía se les enseña a considerar el mundo como un lugar en el que unos actores económicos racionales tratan de maximizar su beneficio y, al hacerlo, fomentan la prosperidad común. Sin embargo, no está claro que su formación, durante la que entran en contacto con modelos económicos que insisten en que lo conveniente es actuar en interés propio, explique el egoísmo que muestran los estudiantes de esta disciplina cuando se los pone en situaciones en las que hay dinero de por medio. Quizá sea al contrario, y la gente que siente un gran interés por el dinero desde el principio sea la que se ponga a estudiar economía.
Un estudio trató de resolver este dilema comparando a diversos estudiantes al principio y al final de la carrera, y descubrió que los que se dedicaban a otras disciplinas se iban volviendo ligeramente más generosos a medida que se acercaban al término de sus estudios, mientras que la generosidad de los estudiantes de economía se mantenía todo el tiempo al mismo nivel[267].
¿Son, pues, los economistas interesados y avaros? La respuesta, desde luego, es no. Es más, muchos de los trabajos más interesantes que se realizan actualmente en el campo de la economía están influidos por la psicología y afirman que la idea de unos actores económicos racionales e implacables cuya conducta solo se rige por el propio interés guarda muy poca relación con la realidad. De hecho, se reconoce que la gente, además de cooperar y actuar con generosidad en algunos casos, puede tomar decisiones económicas muy
equivocadas. Y, por supuesto, soy consciente de que algunos de mis estudios favoritos de los que aparecen en este libro fueron llevados a cabo por economistas.
En su libro sobre la personalidad y el dinero, publicado en 1978, los psicólogos Herb Goldberg y Robert Lewis ofrecen una lista, que ocupa toda una página, de señales que, según ellos, demuestran que una persona tiene una visión irracional del dinero[268]. Algunas de estas señales son: sentirse incómodo si uno llega a fin de mes y todavía le queda dinero por gastar; saber que se han aprovechado de uno cada vez que ha hecho una compra importante; y creer firmemente que el dinero puede solucionarle todos sus problemas. Lo que me llamó la atención, al leer la lista, es que muchas de esas señales me parecieron perfectamente aplicables a mí. Es reconfortante saber que algunos trabajos más recientes, realizados en el campo de la economía de la conducta, sugieren que todos tenemos lo que podríamos llamar una «visión económica irracional» en algún momento.
Pero hay ciertas personas que toman algunas decisiones particularmente curiosas, y es de ellas de quienes hablaremos a continuación.
EL JUEGO
El elemento principal del juego no es el dinero. Eso es lo que dicen casi todos los jugadores, y es exactamente lo que me dijo Paul Buck, un exjugador patológico. Entre 2003 y 2011 perdió 1,3 millones de libras de 93 cuentas distintas por culpa del juego. Para pagar sus deudas, encontró una forma de sacar dinero del trabajo. Me dijo que hubiera jugado por pasteles de nata, si hubiera encontrado un camión lleno de ellos, o por uñas, si supiera dónde conseguirlas. Pero de lo que disponía para jugar era de dinero, y pronto el juego se apoderó de su vida.
Para algunos, como Paul, el dinero es más que algo de lo que preocuparse. Se dediquen al juego, a ahorrar o a gastárselo, el dinero se ha convertido en mucho más que un símbolo o un medio para conseguir determinado fin. Se ha convertido en un trastorno. No es sorprendente que se haya
descubierto que los compradores compulsivos tienen la autoestima muy baja, entran en conflicto cuando gastan mucho y consideran que el dinero es algo imbuido de estatus y poder. Las investigaciones llevadas a cabo con los que asisten a los grupos para compradores compulsivos en las ciudades estadounidenses de Phoenix, Tucson, Denver, Colorado y Detroit descubrieron que obtenían puntuaciones más bajas que otros en relación con el deseo de dinero para sentirse seguros, pero más altos en la escala que medía su interés por el estatus y el poder que el dinero les puede reportar. También se mostraban más propensos a considerar que el dinero es una solución para los problemas y una buena forma de compararse con los demás. Como era previsible, también tendían más que la mayoría de la gente a sentir que no tenían suficiente dinero[269]. Hay muy pocos trastornos relacionados con el dinero para los que existan unos criterios diagnósticos formales, pero la adicción al juego es el que ha recibido más atención por parte de los investigadores.
Paul no tuvo ningún interés por el mundo de las apuestas hasta los 18 años. Estudiaba en la Universidad de Leeds cuando utilizó por primera vez los servicios de un corredor de apuestas. Ganó bastante muy pronto, cuando apostó por un caballo que se cotizaba a 33-1. Veinte años después, todavía recuerda la excitación que sintió con aquella victoria. Pero insiste en que lo esencial no era el dinero.
¿Qué era, entonces? ¿La emoción de jugar? En el siglo XVII, el filósofo Blaise Pascal afirmó que la posibilidad de obtener un beneficio era el principal atractivo del juego. «Hacedle entonces que juegue por nada —escribió—, no se animará y se aburrirá[270].» Casi trescientos cincuenta años más tarde, varios psicólogos han puesto a prueba esta idea por medio de distintos experimentos, y parece que a Pascal no le faltaba razón. Si medimos las pulsaciones de las personas durante cualquier juego, comprobaremos que a quienes han apostado algo el corazón les late más deprisa que a quienes no se juegan nada[271].
Pero ¿qué pasaría si diéramos a la gente la posibilidad de elegir entre una apuesta y una ganancia segura? ¿Qué elegiría? En el estado de Virginia, unos investigadores pusieron a la gente a jugar a un juego en el que tenían que
elegir entre una ganancia garantizada de dos dólares o el 50 por ciento de posibilidades de ganar dos dólares. El resultado parece evidente: si uno quiere el dinero, escoge la primera opción. O, si lo que a uno le interesa es el suspense, puede pagar por no saber si ha ganado o no y llevarse una sorpresa a su debido tiempo. De antemano, la gente dice que iría a por lo seguro, pero cuando se pone a jugar de verdad, al cabo de unas 40 partidas seguidas, la cosa cambia. Con bastante frecuencia, los no jugadores se decantan por la opción más emocionante, probablemente para animar un poco el experimento. Pero ¿qué hacen los jugadores? ¿Lo que les interesa es la emoción del juego? Cualquiera diría que eso es lo que realmente los motiva, pero no: optan por la ganancia segura[272]. Este experimento parece indicar que, al final, lo que estimula a los jugadores son los beneficios económicos. O tal vez sea que aprenden muy pronto que la banca siempre acaba ganando y —cuando sus deudas comienzan a aumentar — no pueden evitar sentir un gran interés por el dinero que se presenta como algo seguro.
A medida que se desarrolla la ludopatía, la emoción por ganar va desapareciendo. Ya no resulta divertido, sino que uno se siente extrañamente seguro al hacerlo. Cuando Paul estaba en la universidad, no disponía ni del tiempo ni del dinero como para jugar mucho, pero tras encontrar un trabajo en una tienda, al concluir sus estudios, empezó a hacerlo todos los días.
Dice que si jugaba no era para poder comprarse un coche de lujo o una isla, sino que se sentía seguro cuando jugaba.
Era como si estuviera metido en una burbuja privada. Cuando su trabajo lo hacía sentir fuera de su zona de confort, el juego lo llevaba a un lugar en el que podía estar tranquilo.
En 2001, cuando comenzó a trabajar de asesor financiero, su salario se triplicó y pasó rápidamente de ser un jugador problemático a ser un jugador compulsivo, y después un jugador patológico. En su puesto trabajaba a diario con acciones y participaciones; se podría decir que ahí también «apostaba» por unas u otras compañías. En su opinión, su actividad profesional contribuía a que fuera de la oficina jugara cada vez más. Al principio, lo principal era el subidón de adrenalina que le daba vencer a la banca, pero pronto ya
se estaba gastando entre 300 y 900 libras cada día.
Cuando su mujer y sus tres hijos se metían en la cama, él seguía apostando por internet. «El juego se convirtió en el centro de mi mundo. Ocupaba mi cerebro por completo. Uno siempre está pensando en la siguiente apuesta», me dijo.
En Reino Unido, casi el 1 por ciento de la población tiene una relación patológica con el juego. Los investigadores han tratado de averiguar si hay ciertos tipos de personalidad más propensos a desarrollar esta clase de problemas. Se ha demostrado que los ludópatas son más impulsivos y están más obsesionados con el dinero, pero tal vez, cuando han perdido cientos de miles de libras, no puedan evitar obsesionarse con el dinero; sienten una necesidad constante de recuperar ese dinero[273]. Este es un muy buen ejemplo de cómo el dinero puede al mismo tiempo funcionar como una droga y percibirse como una vía para solucionar un problema. Los ludópatas siempre están pensando en la siguiente apuesta.
Incluso pasar junto a una casa de apuestas produce una respuesta en su cerebro, igual que las cosas asociadas con las drogas —las balanzas, las jeringuillas o los espejos— la produce en el de los drogadictos. Sin embargo, el dinero también es una herramienta que puede aliviar sus problemas, como ya he dicho. Necesitan estar obsesionados con el dinero para encontrar lo bastante y poder seguir adelante.
Lo que tendríamos que saber es qué fue primero, el juego o la impulsividad. La mayoría de los estudios se limitan a sacar una instantánea, pero de vez en cuando aparece un estudio longitudinal, que sigue a la gente a través del tiempo. Uno de ellos se lleva a cabo en Nueva Zelanda, y consiste en seguir a algo más de mil personas desde que nacieron, en 1972 y 1973, en Dunedin, en la isla del sur. Cada cierto tiempo, se las reúne de nuevo en Dunedin —llevándolas en avión, si es necesario— para que participen en entrevistas, exámenes físicos, análisis de sangre y estudios[274]. Algunas personas han abandonado el proyecto, por supuesto, pero cuando se realizó el estudio relativo al juego, todavía participaba el 91 por ciento de los integrantes del grupo original, que ya eran adultos.
Se trata de una tasa de participación excepcionalmente alta, lo cual nos proporciona una muestra extraordinariamente representativa. Además, en el momento
en que se realizó el estudio sobre el juego, los participantes ya se habían reunido con los investigadores ocho veces, y siempre durante cierto tiempo, de modo que es probable que les costara menos decir la verdad que a quienes participan en otros estudios.
A los 18 años, les hicieron un test de personalidad. Tres años más tarde, en 1993, los entrevistaron en profundidad sobre su relación con el juego. El primer casino de Nueva Zelanda no abrió hasta un año más tarde, pero en el país había más de ocho mil máquinas tragaperras, además de numerosas carreras de caballos y de perros, de manera que, en realidad, en aquel momento había más oportunidades para el juego allí que en Estados Unidos.
Quienes jugaban mucho a los 21 años eran los que habían obtenido puntuaciones más altas impulsividad y predisposición a correr riesgos a los 18. Solían estar más preocupados, sentían más rabia y agresividad y tendían a verse como víctimas con mayor frecuencia. Esto parece indicar los elementos de la personalidad que anteceden a los problemas con el juego. También está la posibilidad de que ya todos tuvieran problemas con el juego a los 18 años y de que dichos elementos de la personalidad fueran una consecuencia de la adicción al juego, pero esto parece bastante poco verosímil si tenemos en cuenta que hay abundantes estudios que muestran que la impulsividad es un factor de riesgo.
Otros investigadores se han dedicado a hacer experimentos acerca de la impulsividad. ¿La gente prefiere recibir 15 libras de inmediato o 35 libras al cabo de 13 días? Los más propensos al juego suelen preferir cobrar el dinero de inmediato[275]. También se ha descubierto que cuando la gente está de un humor especialmente malo o especialmente bueno, tiene a comportarse de manera impulsiva.
Cuando uno hace una apuesta, suben sus niveles de cortisol y sus pulsaciones aumentan mientras espera a conocer el resultado[276]. Si uno no es un jugador habitual, la excitación que genera cada apuesta supone un refuerzo para su conducta, con lo cual vuelve a apostar.
Pero cuando la afición al juego comienza a suponer un problema, todo cambia.
En el caso de Paul, cuanto más jugaba, más desaparecía la
excitación. «Entre 2009 y 2011, no disfruté en absoluto.
Algunas veces me despertaba a las dos de la mañana, me iba al piso de abajo y apostaba 10, 20 o 30 mil libras a un equipo de fútbol brasileño o a un caballo que corría una carrera en Australia de los que nunca había oído hablar. Y después me levantaba a las cinco para ver si había ganado, pero en realidad no me importaba mucho.»
Ganar no servía para nada. Nunca pensó destinar sus ganancias a pagar las deudas que había ido contrayendo. Lo que hacía con el dinero era esconderlo dentro de la rueda de repuesto del coche. Cuando ganaba, no se sentía bien; lo único en lo que pensaba era en cuándo volvería a jugar.
«Me acuerdo de una vez que gané en una carrera de caballos. Fue un sábado por la mañana. Aposté 3.000 libras y gané 15.000, pero estuve todo el día pensando en que tenía ese dinero en el banco. En cuanto mi mujer se fue a la cama, encendí el ordenador y me puse a jugar a la ruleta. Una hora y cinco minutos más tarde, esa ganancia se había transformado en una pérdida de 39.000 libras.» Fue entonces cuando se sintió mejor. «Había una sensación de alivio cuando me quedaba sin nada con lo que seguir jugando.»
Algunos programas de rehabilitación para ludópatas enseñan estrategias económicas como parte del tratamiento, pero un estudio realizado en Australia reveló que el conocimiento de economía de los adictos al juego no es ni superior ni inferior al de los demás. De hecho, como cualquier jugador, Paul sabía perfectamente que al final siempre gana la banca. Pero hay una diferencia fundamental entre la forma de pensar de los ludópatas y la del resto de la gente. Por mucho que tengan sentido común para manejar el dinero, suelen tomar decisiones ilógicas. Paul admite que eso es lo que hacía él.
Algunas de las investigaciones más interesantes sobre el tema respaldan esta idea. Si a alguien le salieran, en una máquina tragaperras, dos naranjas y una fresa, lo más probable es que considerara que ha perdido, ya que para ganar hace falta sacar tres frutas iguales y solo han salido dos.
Pero los adictos al juego sienten que han estado a punto de ganar, porque no hay tanta diferencia entre dos naranjas y tres. Del mismo modo, si el caballo por el que han apostado
queda segundo o tercero, lo interpretarán como una señal de que están muy cerca del triunfo en vez de pensar que han perdido su dinero.
Incluso las ratas hacen algo parecido cuando se las pone ante lo que los investigadores llaman «tragaperras para roedores». Si se les administra una droga llamada quinpirol, que las hace obsesionarse con las recompensas, empiezan a comportarse, cuando pierden, como si hubieran estado a punto de ganar[277].
Hay una clase de distorsión que afecta a la forma que tenemos de considerar las posibilidades de ganar que, en el campo de la estadística, se conoce como «la falacia del jugador». Pero no hace falta ser uno para caer en ella.
Jugando a la ruleta, por ejemplo, si el último número en salir ha sido negro, el 75 por ciento de la gente apuesta al rojo, pensando que es más probable que salga. Pero lo que sale en una jugada no afecta de ningún modo a lo que sale en la siguiente, por lo que es igual de probable que salga un rojo o que vuelva a salir un negro. Sin embargo, esto nos resulta difícil de creer, y a los adictos al juego, más aun. Y cualquier cosa en la que uno pueda elegir sirve para que se sientan más confiados, así que si un jugador elige el número de un billete de lotería, tiene más confianza en que ese será el billete ganador que si el número ha sido elegido al azar[278].
Algunos de los estudios más fascinantes realizados en este campo son los que analizan el funcionamiento del cerebro de los jugadores. Hay un test neurológico que se llama «el juego de azar de Iowa» en el que se da a la gente cuatro barajas de cartas y se le pide que cojan cartas de cualquier baraja.
Algunas cartas dan dinero y otras lo quitan. Las barajas AyB están preparadas para que las ganancias sean grandes, pero las pérdidas sean mayores, de modo que con el tiempo uno acaba perdiendo dinero. Las barajas C y D, por el contrario, están preparadas para que las ganancias sean pequeñas y las pérdidas sean todavía menores, con lo cual al final es más probable salir ganando. Los participantes van aprendiendo gradualmente qué barajas son las más favorables y, al cabo de 100 intentos, la mayor parte de la gente opta por las barajas C y D. Pero los pacientes que tienen dañada una parte del cerebro que se llama córtex prefrontal ventromedial, aun
cuando ya han sufrido pérdidas cuantiosas, se siguen decantando por las barajas A y B[279].
Los adictos al juego hacen lo mismo. Varios psicólogos me han contado lo extraordinario que es ver a la gente actuar así y perder cada vez más dinero cuando es evidente que deberían elegir las otras barajas. Pero no pueden hacerlo. Los escáneres cerebrales muestran que tienen algo en común con las personas que sufren daños en el córtex prefrontal ventromedial: esta parte del cerebro, en su caso, tiene menos actividad que en el del resto de la gente. Ya sabemos que a la gente cuyo córtex prefrontal ventromedial no funciona adecuadamente le resulta más difícil prever las consecuencias de sus actos o diferir las gratificaciones. Sin embargo, antes de sacar conclusiones a partir de estos estudios, debemos tener en cuenta que algunos de ellos se han llevado a cabo con muy pocos participantes (solo siete, en uno de los casos).
¿Es posible, de todos modos, que el sistema de recompensa cerebral de los ludópatas sea hipoactivo? ¿Quizá estén tratando de compensar este hecho o, dicho de otro modo, necesiten correr riesgos muy grandes incluso para conseguir sentir emociones muy pequeñas?
Cuanto más impulsiva sea la gente, más susceptible es de cometer errores de razonamiento, lo cual puede explicar la relación entre la impulsividad y los problemas con el juego.
Los estudios realizados en la única clínica del Servicio Nacional de Salud británico dedicada específicamente a adictos al juego han descubierto que los ludópatas son más propensos que el resto de la gente a los rituales y las supersticiones, como llevar amuletos de la suerte o a justificar las pérdidas achacándolas a la mala suerte[280].
Para Paul, el juego era una forma de escapismo. Sabía que era una actividad que le hacía daño, pero no era capaz de parar.
En 2011, Paul leyó un artículo sobre la forma de pensar y de actuar de los jugadores patológicos y se dio cuenta de que él era uno de ellos. Se pasó los siguientes seis días tratando de encontrar en internet alguna manera de comprobar si realmente tenía problemas con el juego. En todos los test que hizo, quedó cerca de lo más alto de la escala. Estaba claro que tenía un problema muy serio, tanto que pensó que solo tenía
una opción, que era acabar con su vida. Trató de suicidarse y estuvo más de cuatro horas inconsciente, pero sobrevivió y entonces decidió buscar una solución. Acabó en la Clínica Nacional para Jugadores Patológicos, situada en una pequeña calle del Soho londinense, un lugar muy discreto.
La clínica trata a más de mil personas al año. La psiquiatra Henrietta Bowden-Jones dice que sus pacientes han llegado a apostar la casa en la que viven con su familia, por lo general sin que su pareja sepa nada del problema hasta que ya es demasiado tarde. En muchos casos, el juego es cosa de familia; los padres de algunos de estos adictos los mandaban a tratar con corredores de apuestas cuando eran niños o los hacían esperar en la calle durante horas mientras su padre estaba con un corredor. Pero no todos tienen experiencias infantiles relacionadas con el juego. Algunos sufrieron abusos, o acoso escolar, o crecieron junto a un hermano muy enfermo. Para ellos, jugar quizá sea una especie de huida.
Durante ocho sesiones semanales de terapia conductual cognitiva en grupo, los pacientes piensan sobre las causas de sus distintos casos, evalúan las consecuencias y aprenden estrategias prácticas para dejar de jugar y sustituir su adicción al juego por algo menos nocivo. Cada uno escribe una lista de las cosas buenas que cree que le reportará dejar el juego y se la guarda en el bolsillo para, cuando tenga la tentación de jugar, sacarla y recordar por qué no debería hacerlo.
A Paul le enseñaron a evitar todo lo que tiene algo que ver con el juego. No podía llevar dinero, tenía que mantenerse alejado de los ordenadores y nunca debía ver grandes eventos deportivos. No fue nada fácil. Ganó peso, le salió un sarpullido en la cara y empezó a sufrir temblores con frecuencia.
La conducta de la gente puede cambiar con una rapidez asombrosa. La doctora Bowden-Jones dice que la clave está en combinar la eliminación de todas las tentaciones de jugar y el descubrimiento de las actividades sustitutivas más adecuadas. Durante un largo periodo, los ludópatas se han estado gastando todo el dinero que tenían en el juego, de modo que destinar una pequeña suma a una buena comida o a ir a un concierto puede funcionar como un auténtico
incentivo.
Cuatro meses después de empezar el tratamiento, Paul empezó a sentir que tenía cierto control sobre su vida. Tres años más tarde, no ha vuelto a apostar ni un penique. Me contó que incluso su deseo de apostar ha desaparecido. En la actualidad dirige una consultora especializada en intervenir en entornos laborales para prevenir la adicción al juego. Dice que a veces la gente le pregunta si podría hacer alguna apuesta ocasionalmente sin que el juego se vuelva a convertir en un problema. Yo le pregunté lo mismo. «Nunca lo sabré — me dijo—, porque no pienso probarlo.»
Resumen. El dinero y la riqueza pueden impulsar comportamientos más egoístas, aunque la evidencia es contradictoria y contextual. El primado con dinero aumenta la autosuficiencia y reduce la empatía, la riqueza correlaciona con mayor sentido de 'merecimiento', y la envidia puede ser benigna (motivadora) o maligna (destructiva). La adicción al juego muestra cómo el dinero puede convertirse en un trastorno que destruye la vida.
Puntos clave«Los jugadores del Monopoly con ventaja artificial hablaban más alto, cogían más aperitivos del cuenco común y atribuían su victoria a sus propias habilidades, sin mencionar que habían empezado con el doble de dinero.»
«La envidia benigna hace que estés dispuesto a pagar un cincuenta por ciento más por el producto que tiene alguien a quien admiras.»
«Entre 2009 y 2011, Paul no disfrutó en absoluto del juego. Había una sensación de alivio cuando se quedaba sin nada con lo que seguir jugando.»
«Pensar en dinero vuelve a la gente más autosuficiente, lo que puede explicar por qué también la hace menos dispuesta a pedir o dar ayuda.»Comprueba que entendiste