Libro
La Psicología del Dinero
6. ¿El dinero es lo que nos motiva?

6. ¿El dinero es lo que nos motiva?

Capítulo 8 de 19

Cómo el dinero nos hace correr para coger el tren, por qué pagar a los niños para que se esfuercen más en los exámenes no siempre da resultado, por qué solo merece la pena introducir incentivos económicos si uno puede pagarlos a largo plazo y por qué las pagas bajas pueden ayudar a la gente a dejar las drogas y el tabaco.

Si quieres que tus empleados trabajen más, págales más. Si quieres que un dependiente venda más coches, aumenta su comisión. Si quieres que un niño se aprenda las tablas de multiplicar, prométele que le darás dinero por cada una que memorice. Puedes llamarlo soborno, puedes considerarlo un chantaje, puedes decir que es un incentivo, pero parece que funciona. O eso es lo que solemos asumir.

El Gobierno británico emplea remuneraciones en función del rendimiento para inducir a las agencias a ayudar a los parados de larga duración a encontrar trabajo. Y las corporaciones multinacionales afirman que no tienen más remedio que pagar unas primas elevadísimas a sus altos directivos por miedo a que se vayan a otra empresa. Todo esto implica claramente que, si se quiere que los ejecutivos se esfuercen trabajando para los accionistas, el dinero es el principal factor motivador (aunque, curiosamente, los altos directivos parecen necesitar esta motivación más que los empleados de la limpieza, y no necesitaron incentivos tan elevados hasta hace unos 30 años)[128].

En este capítulo examinaré las situaciones en las que el dinero realmente puede servir para motivarnos. Nos encontraremos también con situaciones en las que es evidente que el dinero no sirve para estos fines, en las que hay que

buscar otras fuentes de motivación y conviene dejar las recompensas para otro momento.

COLGAR DE BARRAS Y CORRER DETRÁS DE TRENES

En los años cincuenta, el neurólogo Robert S. Schwab trabajaba en la Facultad de Medicina de Harvard. Se dedicaba a investigar enfermedades como el Parkinson y la miastenia gravis, y fue el primer científico en probar diversas medicaciones que más adelante pasaron a emplearse en los tratamientos estándar. Aportó mucho al desarrollo de las técnicas que se emplean para determinar si un paciente ha sufrido muerte cerebral. También le gustaba mucho navegar.

Al atardecer, salía con su barca al gran río Charles, de Boston, y hacía que un colega del hospital le indicara el camino de vuelta encendiendo luces desde una ventana justo cuando él pasaba por delante.

A la hora de elegir métodos experimentales, siempre hizo gala de este mismo ingenio. Por ejemplo, su interés por la manera en que se fatigan los músculos lo condujo a preguntarse si el cansancio no podría superarse por medio de una motivación adecuada.

En 1953 decidió poner a prueba la capacidad de la gente para aguantar colgada de una barra. ¿Cuánto tiempo podría una persona, sujetándose con las manos, aguantar el dolor en los músculos flexores de la muñeca antes de soltarse? Los hombres duraban una media de 50 segundos[129]. El doctor Schwab trató de alentarlos con palabras de ánimo e incluso por medio de la hipnosis, y consiguió que el tiempo medio aumentara hasta los 75 segundos. Pero después les ofreció dinero. Les enseñó un billete de cinco dólares (el equivalente a unos 35 dólares actuales) y les dijo que sería suyo si lograban mejorar los dos intentos anteriores. Súbitamente, los participantes en el experimento encontraron las fuerzas suficientes para aguantar ahí colgados durante casi dos minutos.

En este caso, parece bastante evidente que un incentivo financiero claro y directo funciona como motivación para hacer un esfuerzo mayor. A veces, en la vida real, el dinero produce este mismo efecto. Pensemos, por ejemplo, en la

recogida de la fruta. A los empleados, que suelen ser trabajadores eventuales, no se les paga por hora, sino por cada cesto de frambuesas que recogen, lo cual tiene sentido.

Así se incentiva a los trabajadores para que se concentren en la tediosa tarea que tienen entre manos, y se recompensa a los que trabajen más y mejor. Por supuesto, hay un cierto placer innato en recoger frutas —a muchos nos encanta salir a dar un paseo y coger moras en otoño—, pero esta actividad ociosa y relajada no se parece mucho a la dura realidad de la industria agraria moderna. En términos generales, tanto a los que se dedican a cultivar frutas como a los recolectores más laboriosos les conviene el trabajo a destajo. Solo a los trabajadores perezosos no les conviene.

Cuando se trata de tareas muy específicas y esencialmente interesantes, el dinero parece funcionar bastante bien como fuente de motivación. Pero tal vez el descubrimiento más impactante de entre las docenas de estudios que se han hecho sobre la influencia de los incentivos económicos es que pagar a los trabajadores en función de los resultados de su trabajo —un sistema tan valorado por determinados políticos y empresas— no funciona más allá de cierto punto[130]. Las pruebas son de lo más elocuentes: fuera de las actividades más sencillas, suele ocurrir que si a una persona se le promete dinero por trabajar más o por hacerlo mejor, tiende a dejar de hacer esfuerzos por los que no se le paga.

Para su siguiente experimento, el doctor Schwab se instaló en la Estación del Norte, de Boston, a observar el comportamiento de la gente en el momento de dirigirse al trabajo. No le interesaban los hombres de negocios puntuales que esperaban en el andén con el maletín entre los pies, el impermeable y el sombrero de fieltro, a que llegara el tren. Lo que quería era analizar la conducta de los que llegaban tarde, los que habían salido de la oficina sin tiempo suficiente para estar seguros de que llegarían a coger el tren que querían.

Aunque estos hombres no se habían preocupado por llegar a tiempo, Schwab se dio cuenta de que corrían por el andén tratando de subirse a un tren que se estaba marchando en lugar de esperar al siguiente. Pero ¿hasta dónde estarían dispuestos a correr? ¿Cómo era de fuerte su motivación para coger el tren?

El doctor Schwab se situó en el andén en persona, para poder calcular la distancia contando el número de postes que pasaban en su carrera quienes llegaban a último momento y con prisas. A comienzos de la tarde, los hombres se limitaban a esprintar unos 20 metros antes de rendirse, pero a medida que avanzaba la tarde —y crecía el deseo de volver a casa—, los corredores llegaron casi a duplicar la distancia que recorrían para coger el tren. Y cuando llegó el último tren, la determinación que mostraron por subirse a él se disparó considerablemente.

«Nadie se preocupaba por mantener la dignidad —escribió Schwab—. La gente gritaba y agitaba los brazos mientras esprintaba hasta 70 metros por el andén, con la esperanza de que alguien la viera y detuviera el tren[131].» Curiosamente, dichas enérgicas muestras de desesperación daban resultado muy a menudo. El conductor solía reducir la velocidad para permitir que la gente subiera (no creo que eso sucediera en Boston hoy en día). Pero ¿qué es lo que demostró este descubrimiento?

La conclusión inicial de Schwab parece bastante razonable.

A última hora de la tarde, la gente se mostraba más desesperada por coger el tren que a primera hora porque perder ese tren suponía una pérdida de dinero. Al perder los trenes anteriores, lo único que se sufría era un retraso, pero los que perdían este tren, lo notaban en el bolsillo. Las opciones que les quedaban era pagar 10 dólares por un trayecto en taxi hasta su casa o más dinero aun por quedarse a pasar la noche en Boston.

Sin embargo, Schwab se dio cuenta de que el dinero no era el único factor motivador del caso. En sus propias palabras, los hombres también tenían en cuenta la «incomodidad de tener que explicarle esto [pasar una noche en la ciudad] a sus esposas» (podemos suponer que también prefirieran dormir en su propia cama o evitar las colas nocturnas para coger un taxi). Sin duda, el dinero extra que tendrían que pagar para volver a casa era uno de los elementos que los hacía correr por el andén, pero la forma en que el dinero influía en la conducta en este ejemplo era, casi con certeza, mucho más compleja e interesante que el sencillo deseo de evitar una penalización económica.

Es probable que algunos de estos hombres que se desplazaban a la ciudad a trabajar de vez en cuando decidiera quedarse hasta tarde en Boston, aunque implicara perder el último tren y tener que pagar un taxi o quedarse en un hotel.

Y en estos casos, el hecho de incurrir en un coste extra seguramente no los perturbaba en absoluto. Como era una cosa premeditada, incluían esos 10 dólares —o lo que fuera— en el plan y no le daban más vueltas.

Sin embargo, cuando no esperaban incurrir en ese coste, llegaban a extremos realmente desesperados para evitarlo. Lo que los hacía correr a toda velocidad por el andén, por lo tanto, no era solo la idea de la penalización económica, sino una sensación de frustración e injusticia: «¡He pagado mi billete y me voy a subir a este tren cueste lo que cueste, maldita sea!».

En ambos casos, la pérdida económica es la misma, pero en el primero de ellos tiene un impacto psicológico mucho mayor que en el segundo. De un modo visceral, la gente tiene la sensación de que los 10 dólares del taxi son mucho más dinero si no se pagan por decisión propia.

PAGAR POR LOS RESULTADOS

Por lo tanto, si los hombres de negocios corrían tras el último tren en el estudio del doctor Schwab, no era solo por dinero.

Pero el dinero, sin duda, entraba en sus esquemas mentales al hacerlo. Del mismo modo, el concepto del dinero como un elemento esencial a la hora de motivar a la gente sigue presente en la sociedad y el Gobierno.

En fechas más recientes, en Estados Unidos se ha llevado a cabo una serie de polémicos experimentos empleando el dinero para combatir el bajo rendimiento escolar. En este caso, la suma puesta sobre la mesa era grande. Muy grande.

El proyecto, organizado por el economista y profesor de la Universidad de Harvard, Roland Fryer, pagó un total de 9,4 millones de dólares a 36.000 niños. Y eran los niños los que recibían el dinero, no sus padres, lo cual hizo que algunos de estos presionaran para modificar el plan. Al mismo tiempo, los detractores del proyecto, y no había pocos, afirmaban que

ofrecer recompensas económicas era una forma de devaluar el aprendizaje, que ya no se veía como un fin en sí mismo. De hecho, la idea provocó un gran escándalo y, cuando Fryer apareció explicándolo en la CNN, llegó a recibir amenazas de muerte[132]. Todo lo cual demuestra que el dinero, sobre todo si es mucho, genera reacciones emocionales muy apasionadas.

Pero ¿cuáles fueron los resultados?

Los primeros experimentos se pusieron en marcha en Nueva York, Dallas y Chicago durante el otoño de 2007. Después siguieron otros en Washington y Houston. En cada ciudad se ofrecían incentivos ligeramente distintos. En el estudio llevado a cabo en Nueva York, cuatro niños de cuarto de primaria (de 9 y 10 años) podían ganar 25 dólares si sacaban buenas notas en unos exámenes, y algunos de séptimo (de 12 y 13 años) podían ganar 50 dólares por cada sobresaliente que sacaran. Esto les permitía ganar un máximo de 500 dólares durante el año escolar. La mitad de ese dinero se ingresaría en una cuenta bancaria y sería intocable hasta que acabaran el instituto, pero la otra mitad estaría a su disposición para que se lo gastaran de inmediato, si así lo deseaban. El estudio de Chicago era similar. En Washington, en cambio, los alumnos no recibían dinero por sacar buenas notas, sino por su buena conducta, por su asistencia a clase y por entregar los deberes a tiempo.

Según la sabiduría popular, más allá de los aspectos éticos de este experimento, unos incentivos tan cuantiosos tendrían que dar resultados. Y lo cierto es que los dieron, aunque no fueron uniformes en las cinco ciudades. De hecho, fueron bastante irregulares[133].

En Nueva York y Chicago, el sistema de pagar por los resultados no tuvo una influencia demasiado grande sobre las notas en términos generales, aunque, al menos en Chicago, la asistencia a clase mejoró. En Washington, los resultados de los exámenes de comprensión lectora mejoraron en el caso de algunos alumnos, pero las notas de las demás asignaturas, no.

En Houston, las calificaciones de matemáticas mejoraron en las áreas particulares en que los alumnos habían cobrado por estudiar, pero en general las notas de esta asignatura solo mejoraron ligeramente.

En Dallas, por el contrario, las cosas sí que cambiaron, debido a que hubo una diferencia crucial en la forma en que se planteó el experimento: allí no se ofreció dinero a los niños por sacar buenas notas, sino por leer libros, es decir, por realizar una tarea muy concreta. Se trataba de niños mucho más jóvenes, de solo siete y ocho años, y cobraban dos dólares por cada libro que leían. Podían elegir los libros de una selección que se les proporcionaba y leerlos a su ritmo.

Después tenían que pasar un test de comprensión para demostrar que los habían leído y, aunque no había una recompensa directa por comprender mejor lo que se leía, lo cierto es que los niños mejoraron considerablemente en este sentido, lo cual no resulta nada sorprendente si uno se para a pensarlo. Al fin y al cabo, la capacidad de lectura aumenta por medio de la lectura.

Llegados a este punto, debo comentar un par de cosas. En primer lugar, que, como veremos en el capítulo 7, sobornar a los niños para que lean tal vez los prive de lo que se conoce como motivación intrínseca: quizá les quite el amor por la lectura, de modo que al dejar de pagarles por leer, no vuelvan a coger un libro. Los investigadores querían observar lo que sucedía a continuación. Durante el año que siguió al experimento, los alumnos siguieron rindiendo bien en los exámenes de comprensión lectora, pero su mejora fue solo de la mitad desde que dejaron de cobrar por leer. El efecto del pago, por lo visto, va desapareciendo gradualmente.

Sin embargo, el segundo aspecto del experimento realizado en Dallas es el que resulta más importante para que podamos entender cómo funciona esta clase de incentivos económicos.

En Dallas, se pagaba a los niños con tal de que se esforzaran por completar una tarea que eran capaces de hacer. En otras ciudades, en cambio, el pago no se hacía por un esfuerzo, sino por lograr resultados; no por leer libros de texto, sino por sacar buenas notas. Por supuesto, al estar más concentrados en las clases, hacer los deberes y fijarse en las correcciones que les sugerían, algunos niños mejoraban sus posibilidades de rendir bien en los exámenes. Pero otros, por mucho esfuerzo que hicieran, no lograban sacar los sobresalientes exigidos para recibir el dinero. En Nueva York, después de cada examen, se preguntó a los alumnos qué pensaban que

podían hacer para sacar mejores notas la vez siguiente y ellos no supieron qué contestar.

Los alumnos de Nueva York, Washington y Chicago estaban deseosos de hacerse con el dinero, desde luego, pero los de Dallas y Houston lo tuvieron más fácil, ya que la tarea que se les había encomendado era concreta y clara y dependía enteramente de su voluntad.

A pesar de que este estudio tuvo cierto éxito, sus enseñanzas no se han aplicado en Estados Unidos ni en ningún otro sistema educativo avanzado. Parece que introducir incentivos económicos en los colegios todavía nos produce reparos morales, una reacción que data de hace casi doscientos años. Ya en la década de 1820, la Asociación por una Educación Progresista, de Nueva York, intentó pagar a los escolares que obtuvieran buenos resultados académicos, pero esta estrategia pedagógica se abandonó al cabo de una década por temor a que no fuera la mejor manera de estimular a los niños, que podrían acabar desarrollando un «espíritu mercenario»[134].

En México se implantó el plan Progresa, consistente en pagar a algunas familias una gran suma de dinero, que en algunas ocasiones era de la mitad de su salario, para garantizar que sus niños mayores asistieran diariamente al colegio. Con respecto a la asistencia, el plan funcionó bien, sobre todo en el problemático grupo de edad de los adolescentes de entre 14 y 17 años, en el que la asistencia aumentó del 64 al 76 por ciento[135]. El plan tuvo incluso un efecto colateral en sus hermanos menores, a pesar de que los pagos nada tenían que ver con ellos[136]. Sin embargo, el aumento de la asistencia al colegio solo produjo una mejora del rendimiento de entre el 4 y el 10 por ciento, dependiendo de con qué grupos de edad se comparara[137]. Es una mejora interesante, desde luego, pero como hemos visto que sucedió en Chicago durante el experimento realizado por la Universidad de Harvard, hacer que los niños vayan al colegio no implica necesariamente que aprendan.

En cambio, un plan puesto en marcha en 2005 en Bogotá, tuvo un éxito espectacular[138].

Los alumnos que consiguieran terminar el instituto recibirían una gratificación de 300 dólares, suficiente para pagar las tasas universitarias.

Antes de que se introdujera esta gratificación, solo el 22 por ciento de los adolescentes completaba la enseñanza secundaria, pero desde su implantación esa cifra aumentó hasta un impresionante 72 por ciento. ¿Cómo puede explicarse esto?

Podría ser que antes hubiera un montón de alumnos muy capaces que no terminaban el instituto debido a que tenían problemas económicos y que, al contar con la gratificación de 300 dólares, la situación cambiara; ahora les parecía razonable, desde el punto de vista económico, seguir estudiando y sacar partido a sus capacidades.

Un elemento clave, en cualquier caso, fue la cuantía del incentivo. Teniendo en cuenta los salarios que se pagaban en 2005 en Colombia, 300 dólares era mucho dinero. Conseguir esa gratificación podía suponer un verdadero cambio en la vida de la gente y permitirle estudiar, cosa que antes, en numerosos casos, resultaba muy complicado.

Tras comparar los diversos planes similares puestos en marcha en distintas partes del mundo, el profesor Robert Slavin, de la Universidad de York, concluye que en los países ricos, como Israel, solo tienen éxito si se dirigen a las clases más desfavorecidas, mientras que en los países pobres estos planes funcionan mejor cuando las condiciones de su implantación están bien definidas y se lleva a cabo un esfuerzo colectivo y simultáneo para mejorar la enseñanza en los colegios. Lo que también está claro es que las gratificaciones dan mejor resultado que las sanciones económicas, y que los pagos son más eficaces cuando se aplican a asignaturas concretas, como las matemáticas[139].

Incluso en esos casos, y ya que suponen una estrategia bastante cara para potenciar el rendimiento de los alumnos, probablemente sea mejor invertir el dinero en mejorar el sistema educativo en su conjunto.

DINERO A CAMBIO DE SANGRE

Hay algunas circunstancias en las que la mera mención de los incentivos económicos hace que la gente se sienta incómoda.

Gracias a las mejoras logradas en el campo de la cirugía, cada

vez se realizan más transfusiones sanguíneas, y la demanda global de sangre es mayor que nunca. Al mismo tiempo, los criterios para aceptar donaciones se han vuelto más rigurosos por motivos de seguridad, de manera que resulta cada vez más difícil encontrar donantes[140]. ¿Cómo pueden hacer los servicios de salud para conseguir la sangre que necesitan?

Una respuesta evidente es pagar a los donantes para que aporten sangre con regularidad, y eso es lo que se hace en algunos países.

Pero esto presenta algunos inconvenientes. La Organización Mundial de la Salud advierte contra esta práctica. Su argumentación se basa en dos puntos. En primer lugar, señala que pagar una tarifa hace que la donación de sangre deje de ser un acto de filantropía para convertirse en la venta de un servicio, y que en estas circunstancias la cantidad de gente que quiere donar sangre disminuye. La identidad de la gente está determinada por su manera de ganar dinero. Si uno trabaja de profesor o de ingeniero, probablemente se sienta bien al recibir un pago por su actividad, pero no por donar sangre. El pago transforma un gesto honorable en algo mezquino y mercenario.

Pensemos en ello. Si la elegante tarjeta azul oscuro que reciben los donantes de sangre británicos se te cayera de la cartera o del bolso delante de tus amigos, probablemente te sentirías muy orgulloso. Pero imaginemos que lo que se te cae es un recibo donde pone que el Servicio de Transfusiones Sanguíneas te ha pagado 20 libras.

Además, la gente más pobre puede sentir que no tiene más remedio que hacerlo, cuando en realidad no quiere[141].

La segunda razón que da la OMS para oponerse a esta práctica, y es una razón crucial, es que los pagos pueden suponer un riesgo para la salud, ya que hacen que la gente que está más desesperada por conseguir dinero se vea tentada a donar. La cuestión es que es más probable que las personas que integran este grupo tengan conductas de riesgo, como compartir jeringuillas. Por supuesto, no todos los que donaran sangre a cambio de dinero serían usuarios de drogas intravenosas, ni siquiera la mayoría, pero las consecuencias de emplear sangre infectada para hacer transfusiones son tan graves que los servicios de salud tienen que extremar la

prudencia.

Estas razones parecen convincentes, pero ¿hay alguna prueba convincente de que los pagos disuadirían a los donantes deseados y atraerían a los menos deseables? Parece que, según algunas investigaciones, los donantes potenciales —y en particular, las mujeres— afirman que los incentivos económicos les quitarían las ganas de donar. Desde luego, siempre hay que tener en cuenta la posibilidad de que la gente diga lo que piensa que la hace quedar bien[142]. Tal vez en una situación real, sin nadie que mirara ni sacara conclusiones morales, muchos actuarían de un modo distinto.

Como muchos países han prohibido estos pagos, carecemos de información sobre el efecto que tendría realmente el dinero sobre la conducta de la gente. Lo mejor que tenemos son los experimentos que se han llevado a cabo empleando otros incentivos.

Por ejemplo, una investigación realizada en Argentina reveló que la promesa de una camiseta y de un vale para un supermercado por el equivalente a 1,35 libras no hacía que aumentara el número de donantes, pero unos vales por 4 y 6,70 libras, sí[143]; con estos incentivos, más gente se presentaba voluntaria y la sangre que donaba era sana. En Estados Unidos y en Suiza, otros experimentos también demostraron que cuanto más valioso fuera el incentivo, más donaciones había[144]. Y estos estudios eludían los peligros potenciales gratificando a la gente solo por presentarse en una clínica y rellenar un formulario en vez de por donar sangre, lo cual hacía que se evitara que quienes formaban parte de un grupo de riesgo mintieran para hacerse con el pago.

Estos estudios, aunque son bastante limitados, sugieren que las preocupaciones de la OMS por los efectos negativos que tendría pagar a los donantes de sangre están fuera de lugar.

Pero para saberlo de verdad, habría que compararlos con otros estudios en los que se emplea dinero contante y sonante. Suele citarse un estudio sueco a este respecto, aunque en realidad en él se prometía a unos estudiantes billetes de lotería y no dinero en efectivo[145].

En términos generales, las investigaciones realizadas hasta la fecha sobre este tema parecen indicar que un sistema de

recompensas económicas podría ser de utilidad cuando hay una escasez de sangre preocupante. Los países en que predominan las rentas medias o bajas almacenan una cantidad de sangre menor y confían más en las donaciones de última hora, pero todavía nos faltan datos para saber qué eficacia tienen los pagos en estos países.

Sin embargo, a pesar de las circunstancias especiales en que los incentivos pueden funcionar, la idea de pagar a cambio de las donaciones de sangre parece producir en la mayor parte de la gente una sensación de malestar. De todas las situaciones en las que tendríamos que actuar con altruismo y no por dinero, esta parece ser una de las más evidentes. Al fin y al cabo, nos están pidiendo que ayudemos a salvar vidas humanas. ¿Quién puede ponerle un precio a eso?

Tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, en Estados Unidos hubo una enorme cantidad de gente que fue a donar sangre. Muchos no lo habían hecho antes, pero querían sentir que ayudaban de alguna manera.

Fue un gesto encomiable, pero por desgracia la mayoría de esos donantes no han vuelto a repetirlo nunca. Y los estudios muestran que esto es lo que suele suceder cuando hay una emergencia: las donaciones de sangre se disparan, pero el 60 por ciento de los donantes no repite.

Seguramente esto no resultará sorprendente para nadie que esté interesado por la psicología. La gente suele involucrarse en las tragedias nacionales e internacionales, y quiere «aportar su granito de arena». Pero cuando el ciclo de noticias cambia, muy pocos conservan la sensación de formar parte de un esfuerzo colectivo. Por eso los que se dedican a recaudar fondos para obras de caridad suelen ofrecer primas a quienes aceptan domiciliar sus donaciones y que se las cobren mensualmente. Las ayudas excepcionales están muy bien, pero los pagos dejan de llegar demasiado rápido. En cambio, las «donaciones regulares» proporcionan a las organizaciones benéficas unos ingresos constantes que les permiten llevar a cabo proyectos sostenibles a largo plazo.

Para intentar convertir a los donantes del 11S en donantes habituales, el banco de sangre de San Francisco puso en marcha dos estrategias ligeramente distintas. Dividió a la gente que había donado sangre por primera vez tras los

atentados de Nueva York en dos grupos al azar. A los que formaban parte del primero, los llamaron por teléfono diciéndoles: «Hola, llamo de los Bancos de Sangre de la zona del Pacífico. Quiero agradecerle su donación tras la tragedia del 11 de septiembre y comunicarle que en este momento tenemos un paciente que se está sometiendo a un trasplante de hígado y que necesita 20 unidades de su grupo sanguíneo.

¿Podemos concertar una cita para que nos eche una mano de nuevo?». A los del otro grupo, les contaron la misma historia, pero con una diferencia: si decidían volver a donar, recibirían una camiseta gratis.

Los investigadores quedaron sorprendidos al constatar que la oferta de la camiseta no suponía ninguna diferencia:

apenas el 20 por ciento de cada grupo accedió a volver a donar sangre[146].

Y a me sorprende que se sorprendieran. Si te cuentan que alguien a quien le están trasplantando el hígado necesita donantes de tu grupo sanguíneo, ¿cómo va a marcar una diferencia el incentivo de una camiseta? En tales circunstancias, incluso puede parecer de mal gusto.

Desde luego, una elevada suma de dinero también lo sería, desde un punto de vista ético, pero por lo menos dicha suma podría cambiarle la vida a alguien. La camiseta, por el contrario, desvaloriza el acto de donar sangre sin tener prácticamente ningún valor como incentivo. Como ya hemos visto gracias a otros estudios, si se quería hacer algo con camisetas, lo mejor habría sido regalarle una a la gente pero después de que donara, a modo de agradecimiento.

En 2008 Jeremy Thomas, un chico de 16 años de Coral Springs (Florida), fue declarado culpable de fumar en un centro comercial cuando era menor de edad. El juez le dio a elegir entre tres posibles condenas: pagar una multa de 53 dólares, realizar servicios comunitarios durante siete horas y media o donar medio litro de sangre[147]. No he podido encontrar información sobre la decisión que tomó, pero donar sangre habría sido la opción menos onerosa por lo que respecta al tiempo y al gasto que supone. Sin embargo, en otras situaciones en las que a los delincuentes se les ofrece esta posibilidad —como conductores que han matado a alguien en un accidente de coche, por ejemplo—, no todos

optan por ella[148]. Hay quien prefiere pagar la multa. Por lo que yo sé, no hay ningún estudio que investigue por qué la gente actúa de este modo, pero podemos suponer que a los delincuentes quizá les parezca moralmente incómodo donar sangre en semejantes circunstancias. Desde luego, en el caso de los conductores imprudentes, esta clase de penas se asemeja demasiado al concepto de «ojo por ojo», a pagar por medio de un sacrificio de sangre. Y también es probable que se sientan coaccionados. Al menos a Jeremy Thomas y a los demás no les dijeron que tenían que donar sangre, pero en cualquier caso no se trataba en absoluto de una opción libre.

Jeremy incluso podía calcular con precisión cuánto valía su donación: exactamente 53 dólares. Y desde el punto de vista de la sociedad en general, el hecho de que a alguien se le impusiera donar sangre como un posible castigo no resulta de gran ayuda para animar a la gente a hacer donaciones voluntarias. En Florida podría parecer que se estaba fijando el precio de medio litro de sangre, o que donar sangre es tan desagradable que se considera un castigo.

Todo esto demuestra que es muy importante pensar a fondo las consecuencias involuntarias y a largo plazo de este tipo de iniciativas. El Gobierno portugués, en el ejemplo que veremos a continuación, no lo hizo. Es un caso reciente y muy conocido. En 2004 se creó un plan para que a la gente que donara sangre dos veces por año quedara exenta de pagar las tasas de la Seguridad Social, lo cual hizo que aumentaran las donaciones mientras duró la iniciativa. Pero cuando esta concluyó —sí, era previsible—, las donaciones disminuyeron considerablemente. Los donantes —sobre todo los que habían comenzado a donar al introducirse la exención de las tasas— se habían acostumbrado al incentivo, y dejaron de donar cuando se retiró[149]. Quizá habría sido mejor no recurrir a él, pero lo que es seguro es que introducirlo y después retirarlo fue un error.

Este es un ejemplo más de aversión a la pérdida. En esa clase de situaciones, la sentimos con mucha fuerza. Aunque tal vez no nos guste hacer algo a cambio de nada (sobre todo si pensamos que deberíamos cobrar por ello), lo que realmente odiamos es dejar de recibir un beneficio económico al que nos hemos acostumbrado.

Con respecto a los servicios de transfusiones de sangre, la lección está clara. Por supuesto, conviene poner en marcha un programa piloto para ver si las donaciones aumentan cuando se paga por ellas (resulta sorprendente que ningún Gobierno lo haya hecho todavía). Pero es necesario mantenerlo durante un cierto número de años —para comprobar si los incentivos económicos provocan un aumento sostenido de las donaciones y realmente se superan las tasas de donaciones voluntarias— y, sobre todo, no se debe introducir un plan de pagos a nivel nacional a no ser que se tenga la certeza de poder mantenerlo a largo plazo. Probablemente, esto sea una forma muy cara de demostrar algo que debería ser evidente para todo el mundo: que sí, el dinero sirve como factor motivador, pero solo mientras se pague.

¿LO DEJARÍAS POR DINERO?

Se han hecho numerosos intentos, en distintos lugares del mundo, de pagar a la gente para que se vuelva más saludable.

Una de las primeras iniciativas a este respecto fue el plan Progresa, que ya mencioné antes en relación con la educación y que se puso en marcha en México en 1997 y después pasó a llamarse Oportunidades y ahora se llama Prospera. Los padres con escasos recursos económicos recibían dinero o vales si llevaban a sus hijos al colegio todos los días, pero había otra condición. Los niños tenían que ponerse todas las vacunas reglamentarias. El plan, gracias a los incentivos, funcionó, por lo cual esta clase de alicientes volvió a emplearse — nuevamente con cierto éxito— en otros países con altos índices de pobreza.

Por supuesto, esto despertó el interés en los países más ricos. Se han llevado a cabo diversas iniciativas para animar a la gente a hacer ejercicio o a comer comida más sana, pero los planes más interesantes, desde el punto de vista psicológico, son los que intentan persuadir a la gente a abandonar sus hábitos más peligrosos, como el consumo de tabaco o de drogas.

A diferencia de lo que sucede en los países pobres, las sumas que se ofrecen no le cambian la vida a nadie. Sin

embargo, la oferta económica basta para que la gente acepte propuestas que, si no hubiera dinero de por medio, rechazaría, y por lo tanto sirve para mantener un enfoque positivo y funciona como una recompensa tangible mientras la gente avanza hacia sus objetivos personales. Aunque solo parece ser un pequeño elemento dentro del plan general, el factor económico resulta fundamental, lo cual demuestra una vez más que el dinero ejerce sobre nosotros un poder psicológico muy especial.

Dejar de fumar es muy difícil. Diversos estudios han mostrado que de cada 100 personas que lo intentan, incluso con la ayuda de métodos de probada eficacia, como el asesoramiento por parte de expertos o los parches de nicotina, solo seis lo consiguen[150].

Y sin embargo, Marie pudo demostrarme, en una pequeña cabina situada en una farmacia, que no había tocado un cigarrillo desde hacía meses. Marie estaba embarazada de su tercer hijo, pero era el primer embarazo durante el cual no se había fumado 20 cigarrillos por día, a pesar de que fumar supone, como todo el mundo sabe, un alto riesgo para el feto.

El motivo por el que en esta ocasión estaba intentando —y consiguiendo— dejarlo era que, a cambio, le daban dinero.

A lo largo del embarazo, tenía que soplar por un tubo desechable de plástico conectado a un detector de monóxido de carbono que había en esa cabina, en la farmacia. Si el test daba negativo, le daban cupones por valor de 150 libras para que los empleara en la tienda que eligiese[151]. Me dijo que se los gastaría en ropa para el bebé. Su determinación era muy impresionante, pero había en ella algo sumamente curioso: en los anteriores embarazos, podría haber disfrutado de un incentivo económico 10 veces mayor si simplemente no hubiera comprado un paquete de cigarrillos al día a lo largo de nueve meses (ahorrando unas 2.473 libras). ¿Por qué, entonces, el incentivo relativamente pequeño que le ofrecía aquel plan de promoción de la salud le parecía tan distinto del dinero que podría haberse ahorrado por su cuenta?

Desde luego, el dinero no era el único factor que intervenía.

El contacto regular con el personal sanitario que la animaba también era de gran ayuda. Y además, todo su entorno sabía que Marie había decidido participar en este plan, y se ha

demostrado una y otra vez que si uno le asegura a sus amigos y familiares que va a hacer algo, es mucho más probable que lo haga. Sus hijos estaban particularmente interesados por que su madre dejara de fumar de una vez, pero les había dicho que les compraría un regalo a cada uno con el dinero que ahorrara.

Y sin embargo, aun había más. El factor clave era la forma en que Marie concebía aquellos cupones. No eran solo un medio para conseguir ropa de bebé; era una recompensa tangible por su éxito, una confirmación externa de que había hecho un gran esfuerzo. Por eso tenía más fuerza que el dinero que se iba a ahorrar por no comprar cigarrillos (aunque, por supuesto, esto también era algo a tener en cuenta).

En otro estudio se preguntaba a mujeres como Marie si el dinero que obtenían con este tipo de planes era decisivo para dejar de fumar durante el embarazo y la mayoría contestaba que no, aunque si no hay dinero de por medio, no lo hacen.

Por lo tanto, quizá sea justo decir que no era la perspectiva de tener una mayor capacidad adquisitiva lo que las motivaba.

El dinero era un objetivo al que aspirar[152].

Y parece que el dinero es particularmente eficaz, en este sentido.

Cuando unos investigadores de la Universidad de Newcastle realizaron un metaanálisis combinando los resultados de los mejores estudios que encontraron sobre el empleo de incentivos económicos —no solo para animar a la gente a dejar de fumar, sino también a vacunarse o a someterse a un chequeo para detectar un posible cáncer o a empezar a hacer ejercicio— descubrieron que con tan solo tres libras se podía hacer que la gente se mostrara un 50 por ciento más predispuesta a modificar su conducta[153].

Por lo que respecta al consumo de tabaco durante el embarazo, un análisis del centro Cochrane, que selecciona los mejores estudios de todo el mundo y contrasta las pruebas que aporta cada uno, descubrió que los incentivos financieros suponían la forma de intervención más eficaz: el 24 por ciento de las mujeres que los recibieron lograron dejar de fumar, mientras que solo el 6 por ciento de las que emplearon otros métodos lo consiguieron[154]. Bien es cierto que

algunos de estos estudios solo siguieron a las mujeres durante siete días, cuando es evidente que resulta mucho más fácil dejar de fumar una semana que hacerlo durante todo el embarazo, pero también hubo otros que las siguieron hasta el momento del parto. Con cierta frecuencia, por lo tanto, una cantidad de dinero relativamente pequeña fue eficaz para proteger la salud de los bebés.

Más allá del embarazo, en cambio, los resultados no son tan positivos. Un estudio reciente supervisaba a las mujeres que habían formado parte de planes similares al que siguió Marie.

El objetivo era comprobar si seis meses después del parto las mujeres continuaban sin fumar.

Los resultados fueron muy decepcionantes: de las que habían dejado el tabaco durante el embarazo, más del 80 por ciento había vuelto a fumar cuando había nacido el bebé y habían dejado de recibir incentivos económicos. En cualquier caso, casi una de cada cinco (el 17 por ciento) había logrado librarse de la nicotina. Por el contrario, de un grupo de mujeres que habían participado en un plan para dejar de fumar durante el embarazo pero no habían recibido incentivos económicos, menos del 1 por ciento seguía sin tocar los cigarrillos para cuando sus bebés tenían seis meses[155].

Por lo tanto, solo podemos dedicarle dos hurras y medio a la capacidad del dinero para ayudar a las madres a dejar de fumar, pero por lo menos estas experiencias sirvieron para proteger a muchos bebés antes de que nacieran. Veamos ahora otros casos en los que se empleó el dinero para ayudar a la gente a abandonar sus adicciones.

DESENGANCHARSE DE LA COCAÍNA

Tom trabaja en publicidad, en un ambiente donde la cocaína circula con fluidez en las fiestas. Tom la probó y le gustó mucho, tanto que en poco tiempo ya se estaba gastando 1.000 libras por semana en esta droga y, a pesar de que su trabajo está muy bien pagado, empezó a acumular unas deudas que sabía que no podría devolver jamás. En muchas ocasiones buscó ayuda profesional y dejó la cocaína brevemente, pero al

final siempre acababa volviendo.

Entonces se le presentó la oportunidad de participar en un plan distinto para ayudarlo a librarse de su adicción. En este caso, además de los consejos prácticos y psicológicos que recibía, se le pidió que acudiera a una clínica tres veces por semana para someterse a un análisis de orina. Y cada vez que el análisis demostrara que no había consumido nada, le daban dos libras, pero las guardaba la clínica. Al cabo de seis meses, si todo iba bien, podría recoger sus ganancias y gastarse el dinero como le pareciera, con la condición de que tenía que comprar algo que lo ayudara a progresar en la vida.

Tom decidió ahorrar para los libros de texto que necesitaba para un curso a distancia al que quería apuntarse. Otros de los que participaron en este plan eligieron una bicicleta para mantenerse en forma, una cómoda para guardar la ropa o un nuevo cerrojo para poner en la puerta de casa y evitar que otros drogadictos entraran en el piso.

No sé si la bici, la cómoda y el cerrojo funcionaron como elementos motivadores, pero en el caso de Tom, el análisis final, al cabo de los seis meses, demostró que estaba limpio.

Nunca antes había estado tanto tiempo sin consumir cocaína y, cuando lo conocí, me dijo que el dinero había sido la clave de su éxito.

A primera vista, se trata de una afirmación que provoca escepticismo. Recordemos que la cantidad máxima de dinero que podía ganar era solo de seis libras por semana, es decir, de 24 libras al mes. En seis meses, la suma podía ascender a 144 libras, una cifra no demasiado impresionante. Lo que habría ahorrado por no comprar cocaína, en cambio, eran decenas de miles de libras. Desde un punto de vista racional, este ahorro debería haber supuesto un incentivo mucho mayor para desengancharse que el dinero para los libros de texto que ganó por participar en el plan.

Para entender por qué funcionan estos planes, debemos tener en cuenta que todos tenemos una idea de lo que simboliza el dinero para nosotros. Para Tom, la clave de las dos libras que ganaba cada vez que demostraba que no había consumido nada no era que tenía dos libras más que antes, ni que tenía dos libras que podía gastarse en algo. Al igual que en el caso de Marie, la clave no era el dinero en sí mismo, ni

la capacidad de compra que proporcionaba, sino que esa suma en concreto representaba un éxito público en su batalla personal para librarse de la droga. También debemos recordar los monederos psicológicos mencionados anteriormente. Para Marie, los cigarrillos eran un gasto cotidiano que salía de su cuenta mental de las cosas necesarias, mientras que los cupones que obtenía por participar en el plan metían dinero en una cuenta mental muy diferente, la de los lujos.

Tras decirme que el dinero era la clave, Tom me contó otras cosas que mostraban que era solo un elemento de los muchos que habían contribuido al éxito del plan. Por ejemplo, me dijo que esperaba con gran emoción el momento en que el análisis daba un resultado positivo, aunque sabía perfectamente que no había tomado drogas en las 48 horas previas. Este resultado, como la pequeña suma de dinero que lo acompañaba, era otra validación externa que tenía un efecto motivador. Tom también dijo que le gustaba que lo felicitara el personal e ir anotando sus progresos, escalera arriba, en la gráfica que le habían dado. La idea de obtener un resultado negativo en uno de los análisis —que habría supuesto que volviera al punto de partida, al principio de la escalera, y que perdiera todo el dinero que había acumulado — le daba muchísimo miedo[156].

A pesar de lo que decía Tom, el dinero era solo una pequeña parte de un sistema de recompensas. Desde el punto de vista de la vida real, los incentivos que obtenía por dejar la droga no suponían una mejora económica en absoluto. Y de entre todos los elementos que formaban parte del plan —la estructura que los análisis regulares le aportaban a la semana de Tom, el impacto motivador que suponía ir haciendo un gráfico con sus progresos, el apoyo que le brindaba el personal y la satisfacción que sentía Tom cuando le decían que lo estaba haciendo muy bien—, tal vez el dinero fuera el menos importante. Pero en cualquier caso, por muy poco que fuera, se lo había ganado. Y se trataba de un dinero ganado de una manera activa, no meramente ahorrado por no gastarlo en otra cosa.

Es esta clase de dinero la que más valoramos. El dinero que ganamos con esfuerzo. Creo que por este motivo los expertos que elaboran estos planes se indignan cuando se los critica

con el argumento de que están sobornando a los pacientes para cambiar de actitud. Creo también que su indignación es justa. La palabra «soborno» implica una falta de ética. Se soborna a alguien para que se deje vencer en una competición deportiva o para que filtre secretos; para animarlo a comportarse de un modo deshonesto. En los casos de Marie y Tom, el dinero que obtenían servía para reforzar unas pautas de conducta positivas. El término que emplean los expertos para referirse a esto es «control de contingencias». Es una forma sofisticada de decir que se ayuda a la gente a controlar su conducta por medio de un sistema de recompensas e incentivos.

En cualquier caso, la idea de recompensar a los adictos por dejar de consumir drogas, algo que, al fin y al cabo, es ilegal, hace que alguna gente se sienta incómoda. Los críticos preguntan por qué los drogadictos tienen derecho a ganar dinero por dejar su vicio —aunque se trate de sumas de dinero pequeñas— mientras que los que no toman drogas y nunca las han tomado no ganan nada. Este es el motivo por el que el personal de los centros de rehabilitación suelen mostrarse reacios, al principio, a participar en planes en los que se ofrecen incentivos económicos. El motivo por el que cada vez se muestran más convencidos es que estos planes realmente parecen funcionar.

El caso de Tom es solo un ejemplo de esto, pero hay un metaanálisis de 30 estudios que proporciona pruebas sólidas de la eficacia de esta clase de planes[157]. Es cierto que en alrededor de la mitad de los estudios el efecto positivo fue pequeño, pero en la otra mitad fue moderado o grande, lo cual significa que una cantidad considerablemente mayor de gente logró abandonar las drogas gracias a los pagos de lo que suele ocurrir empleando métodos más convencionales.

Para cuantificar la diferencia, los drogadictos que participan en planes con incentivos económicos tienen, como media, más éxito que dos tercios de los que no participan en este tipo de planes.

Por supuesto, algunos planes funcionan mejor que otros. La inmediatez de las recompensas parece marcar una diferencia significativa, y los pagos son el doble de eficaces si se entregan sin demora en vez de guardarse hasta la conclusión

del plan. También se descubrió que las recompensas económicas son particularmente eficaces para ayudar a la gente a superar su adicción al tabaco, al alcohol y al cannabis, pero no lo son tanto con otras drogas (quizá porque las drogas más duras son más adictivas). Por último, y en términos generales, puede decirse que cuanto más altos sean los incentivos, más eficaz es el plan (aunque, como ya hemos visto en el caso de Tom, es posible ayudar a alguien a dejar una droga dura por medio de sumas pequeñas que se difieren hasta el final del plan).

En definitiva, estas experiencias son bastante convincentes.

Además, debe quedar claro que los consumidores que dejan una droga por medio de este tipo de planes no suelen empezar a consumir otra. Y no hay ninguna prueba que indique que los incentivos económicos aumenten las probabilidades de que se emplee el dinero para comprar drogas[158].

LA ESTAFA

En 2014 estuve en una conferencia de prensa celebrada en Londres en la que unos médicos debatían sobre los resultados de unas pruebas experimentales ideadas para que los consumidores de heroína se vacunaran contra la hepatitis B.

Habían experimentado con cupones y los resultados eran impresionantes. Cuando no se les ofrecía nada, solo un 9 por ciento de los consumidores acudía a que les pusieran las tres vacunas, pero si les daban cupones, acudía un 45 por ciento[159].

Lo que mejor recuerdo de aquella conferencia de prensa, sin embargo, fue la reacción de otros periodistas, la mayoría de los cuales —a diferencia de mí— no tenía ni idea de que se estaba ofreciendo esta clase de pagos. Esos gacetilleros dieron por hecho que si se podía sacar dinero de los planes para vacunarse, la gente acabaría aprovechándose de ellos, encontrando alguna manera de estafar al sistema. Por ejemplo, era posible que la gente fingiera consumir drogas cuando en realidad no lo hacía.

Esta posibilidad se tiene en cuenta y se contempla muy

seriamente. Los que participan en los planes en que se emplean cupones siempre tienen que someterse a un análisis al comienzo del programa para comprobar que realmente son consumidores de drogas. De hecho, se trata de unos análisis tan estrictos que en una ocasión un proyecto tuvo un resultado imprevisto e indeseable. Los consumidores que llevaban unos cuantos días sin tomar drogas quedaron recusados del plan de cupones, por lo que volvieron a tomar drogas para que los aceptaran. Este caso no es exactamente una estafa, pero ejemplifica cómo un determinado plan (aunque en términos generales funcione bien) puede fomentar exactamente la conducta que intenta prevenir.

¿Y en qué medida se producen auténticas estafas?

Recientemente se llevó a cabo un estudio para tratar de averiguar si los planes para dejar de fumar que emplean incentivos financieros dan lugar a trampas. En un hospital de Chesterfield, a unas mujeres embarazadas que asistían a su primera clase de preparación para el parto se les ofreció la oportunidad de participar en un plan para ayudarlas a dejar de fumar empleando el sistema de cupones. ¿Era posible que las mujeres mintieran sobre su adicción para poder entrar en el programa y conseguir los cupones? Los investigadores no confiaban en que las mujeres simplemente dijeran la verdad.

En primer lugar, como se hace siempre en estos planes, se analizaron los niveles de monóxido de carbono de las que querían participar. Si el monóxido de carbono de una persona alcanza cierto nivel significa que ha fumado al menos un cigarrillo en las horas previas. Pero, por supuesto, esta prueba da lugar a la posibilidad de que alguien que no fume habitualmente dé unas cuantas caladas antes de acudir a la cita, para hacer que suba el nivel de esta sustancia. Por ello, era necesario hacer otro análisis.

A las mujeres, por lo tanto, se les hizo un análisis de orina para detectar los niveles de una sustancia llamada cotinina, que se halla en el tabaco. Si una mujer afirmaba que era fumadora habitual pero se le encontraba un nivel bajo de cotinina, estaba claro que no decía la verdad. Por último, por si alguien había estado usando parches de nicotina, que también hacen que suban los niveles de cotinina en la sangre, se realizaba un análisis de saliva en busca de una sustancia

que también se encuentra en el tabaco y que se llama anabasina. En definitiva, se trataba de un complejo conjunto de análisis que permitiría, de un modo u otro, detectar cualquier mentira.

Pero no se detectaron muchas. No se detectó ni una. Los análisis confirmaron que todas las mujeres que afirmaban ser fumadoras habituales realmente lo eran. Ni una intentó hacerse pasar por fumadora sin serlo[160].

Quienes se preocupan por si los incentivos económicos pueden conducir a la estafa, por lo tanto, deberían quedarse tranquilos. Otro motivo de preocupación, que analizaremos con más profundidad en el próximo capítulo, es que dichos incentivos reduzcan las motivaciones internas, llevando a la gente a depender de las recompensas externas y a volver a su conducta previa en el momento en que se acaban los pagos.

¿No deberíamos tener en cuenta este posible problema?

Se trata de una crítica que esta clase de experiencias recibe ocasionalmente, y lo cierto es que ha llevado a algunos investigadores que trabajan en este campo a quejarse de que se espera de ellos resultados superiores a los que generan otros proyectos destinados a fomentar un estilo de vida saludable[161]. ¿Acaso, preguntan estos investigadores, un programa ideado para animar a la gente a que baje su presión sanguínea por medio del ejercicio y de la comida sana tendría que demostrar que la presión de quienes participan en él sigue baja cinco años más tarde? Desde luego que no, afirman, y sin embargo se espera de ellos que demuestren que la gente que participa en sus programas sigue sin consumir drogas una vez que se han retirado los incentivos.

Tal vez se espere demasiado de estas iniciativas. Aunque fuera así, no está mal buscar pruebas de que la gente sigue sin consumir drogas a largo plazo, y algunos estudios han demostrado que es así[162]. Por ejemplo, cuando concluyó un programa implantado el sur de Londres, algunos de los adictos que habían participado en él preguntaron si podían seguir acudiendo a la clínica para que les hicieran análisis, sin ninguna contrapartida. Este es precisamente el resultado que las autoridades sanitarias querrían ver tras una iniciativa de esta clase. Al principio, la promesa de una recompensa económica atrae a la gente y fomenta su participación pero, a

medida que se desarrolla el programa, los participantes empiezan a ver dicha recompensa como lo que realmente es:

un símbolo de que han conseguido un triunfo individual abandonando las drogas. Llegados a ese punto, dicho triunfo se basta por sí mismo y se puede prescindir del dinero, pues ya no hace falta nada que lo represente.

A pesar de todo, sigue sucediendo que una vez que los fumadores o los consumidores de drogas concluyen los planes que los han ayudado a dejar sus malos hábitos, hay una tasa relativamente alta de recaída. Pero esto se debe a que no solo han dejado de contar con la recompensa económica, sino también con el apoyo y la estructura que ofrecen dichos planes. Por este motivo, es muy importante que estos servicios estén de un modo permanente a disposición de los usuarios. Las iniciativas que he comentado no son más que un principio. Dadas las restricciones económicas que se sufren incluso en los países más ricos del mundo, es muy improbable que los pagos para que la gente abandone sus prácticas de riesgo o adopte hábitos saludables puedan mantenerse ad infinitum. Dicho esto, creo que hay que añadir que en estas circunstancias el dinero puede desempeñar un papel positivo, y puede servir para lograr unos resultados que no podrían alcanzarse de otro modo.

Repaso del capítulo

Resumen. Los incentivos económicos funcionan en algunos contextos pero fallan o son contraproducentes en otros. El dinero puede motivar comportamientos físicamente medibles pero puede destruir la motivación en tareas que requieren creatividad, compromiso ético o motivación intrínseca.

Puntos clave Frases del capítulo
«Pagar a los niños por leer libros funcionó; pagarles por sacar buenas notas no funcionó.»
«Los incentivos económicos son dos veces más efectivos que otras estrategias para ayudar a la gente a dejar las drogas.»
«Una vez que introduces un incentivo económico, quitarlo puede ser peor que no haberlo puesto nunca.»
Comprueba que entendiste
¿Por qué pagar por el proceso (leer) funcionó mejor que pagar por el resultado (notas) en Dallas?
Porque el proceso está dentro del control del niño: puede decidir leer 15 minutos aunque le resulte difícil. El resultado (la nota) depende de múltiples factores fuera de su control, lo que hace que el incentivo se perciba como caprichoso e injusto cuando no llega. El pago por proceso también enseña el comportamiento correcto directamente, mientras que el pago por resultado solo recompensa la consecuencia.
¿Qué riesgo existe al eliminar un incentivo económico ya establecido?
Que el grupo que recibía el incentivo puede reaccionar peor que si nunca lo hubiera recibido: Portugal lo demostró en donaciones. Una vez que el incentivo externo establece la norma de 'me pagan por esto', quitarlo se siente como una pérdida injusta, no como un retorno al estado natural, activando la aversión a la pérdida y reduciendo el comportamiento por debajo del nivel preexistente.
¿En qué tipos de tareas funcionan mejor los incentivos económicos?
En tareas mecánicas, repetitivas o físicas donde hay una relación directa entre esfuerzo y resultado, y donde no hay motivación intrínseca significativa que destruir. Fallan o son contraproducentes en tareas que requieren creatividad, razonamiento complejo, juicio ético o que el individuo ya realiza con motivación interna genuina.
Aplícalo: Si quieres motivar a alguien (o a ti mismo) con dinero, paga por acciones concretas y controlables, no por resultados abstractos. Y antes de añadir un incentivo económico a algo que ya se hace voluntariamente, considera si estás a punto de destruir una motivación intrínseca valiosa que es difícil de recuperar.
La Psicología del Dinero
Morgan Housel
19 capítulos
01Introducción 021. De la cuna a la tumba 032. La faltriquera llena 043. Cuentas mentales 054. Tener y retener 065. El precio justo 075 ½. Calderilla 086. ¿El dinero es lo que nos motiva? 097. Recompensas justas 108. Consejos para banqueros 119. Dinero, dinero, dinero 1210. Pobreza de pensamiento 1311. Dinero malo 1412. Dinero bueno 1513. Para las vacas flacas 1614. El placer de gastar 1715. Algunos consejos 18Otras lecturas recomendadas 19Sobre este libro Quiz del libro
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