Libro
El Ego es el Enemigo
El peligro del orgullo temprano

El peligro del orgullo temprano

Capítulo 8 de 27

Un hombre orgulloso siempre está mirándolo todo desde una posición superior y, claro, mientras uno esté mirando hacia abajo, es incapaz de ver lo que está encima.

—C. S. LEWIS A los 18 años, un Benjamin Franklin más bien triunfante regresó de visita a Boston, la ciudad de la que había huido hacía siete meses. Lleno de orgullo y autosatisfacción, llevaba un traje nuevo y un reloj, y tenía el bolsillo lleno de monedas que se encargó de distribuir y mostrarle a todo el que se encontraba, entre otros a su hermano mayor, a quien más quería impresionar.

Todo esto por ser un chico que no era más que un empleado en una imprenta de Filadelfia.

En un encuentro con Cotton Mather, una de las figuras más respetadas del pueblo y antiguo adversario suyo, Benjamin pronto demostró lo ridículamente inflado que tenía el ego. Mientras charlaba con Mather al tiempo que caminaban por un corredor, este de repente le advirtió: “¡Inclínate! ¡Inclínate!”. Pero como Franklin estaba demasiado posesionado de su papel para hacerle caso, pocos pasos adelante se golpeó con una viga del techo. La respuesta de Mather fue perfecta: “Que esto sea una advertencia para ti, para que no lleves siempre la cabeza tan alta —le dijo con sorna—. ¡Inclínate, jovencito! Inclínate a medida que avanzas por este mundo, y así evitarás muchos golpes fuertes”.

Los cristianos creen que el orgullo es un pecado porque es una mentira: convence al creyente de que es mejor de lo que es, que es mejor de lo que Dios lo ha hecho. El orgullo lleva a la gente a la arrogancia y la aleja de la humildad y la conexión con sus congéneres.

No hay que ser cristiano para ver la sabiduría que hay en ese

mandamiento. Solo hay que preocuparse lo suficiente por el trabajo para entender que el orgullo, incluso cuando hay logros verdaderos, es una distracción que crea ilusiones.

“Aquel al que quieren destruir los dioses —dijo Cyril Connolly con gran precisión— recibe antes el calificativo de ‘prometedor’”.

Dos mil quinientos años antes, el poeta elegiaco Teognis le escribió a Kurnos, un amigo suyo: “Lo primero que le otorgan los dioses a aquel que van a aniquilar es orgullo”. ¡Hemos ‘recogido este testigo’ a propósito!

El orgullo debilita precisamente el instrumento que necesitamos para tener éxito: la mente. La capacidad para aprender, para adaptarnos, para ser flexibles, para construir relaciones, todo esto es opacado por el orgullo. Lo más peligroso es que esto tiende a suceder muy temprano en la vida o en el proceso de madurar, cuando estamos llenos de la vanidad del principiante. Y solo más tarde nos damos cuenta de que lo mínimo que está en juego es recibir un golpe en la cabeza.

El orgullo toma un logro menor y lo hace sentir como algo inmenso. Sonríe ante nuestra inteligencia y genio, como si lo que acabáramos de mostrar fuera solo una pequeña muestra de lo que está por venir. Desde el comienzo, crea una brecha entre la persona y la realidad, cambiando de manera sutil, y a veces no tan sutil, sus percepciones acerca de lo que son las cosas. Estas fuertes opiniones, reforzadas apenas por los hechos o los logros, son las que nos conducen al delirio o a cosas peores.

El orgullo y el ego dicen:

Soy empresario porque me lancé a una aventura por mi cuenta.

Voy a ganar porque, en el momento, soy el que va a la cabeza.

Soy escritor porque publiqué algo.

Soy rico porque hice un poco de dinero.

Soy especial porque fui escogido.

Soy importante porque creo que debería serlo.

En un momento u otro, todos permitimos esta clase de denominaciones. Sin embargo, en todas las culturas parecen existir palabras de advertencia contra esta clase de mentalidad.

No hay que ensillar las bestias antes de traerlas, dice un viejo dicho. No cuentes los chorizos antes de matar el cerdo. No cantes victoria antes de tiempo, y así muchos otros.

Llamemos esa actitud por lo que es: un fraude. Si estás haciendo el trabajo y cumpliendo tus deberes, no necesitarás hacer trampa, no necesitarás compensar nada.

El orgullo es un invasor experto. Siendo joven, John D.

Rockefeller solía tener una conversación con él mismo todas las noches. “Como ya empezaste a tener éxito —decía en voz alta o escribía en su diario—, crees que ya eres todo un comerciante, pero ten cuidado o perderás la cabeza. No te inmutes”.

Al comienzo de su carrera, Rockefeller tuvo algo de éxito:

consiguió un buen empleo. Empezó a ahorrar. Hizo unas cuantas inversiones. Si pensamos que su padre había sido un estafador, esto no era poca cosa. Rockefeller estaba en el camino correcto.

Como es comprensible, con esos logros, y la trayectoria que mostraban, comenzó a surgir en él un cierto sentimiento de autosatisfacción. En un momento de frustración, una vez le gritó a un empleado de un banco que se negó a prestarle dinero:

“¡Algún día seré el hombre más rico del mundo!”.

Hay que decir que Rockefeller es quizás el único hombre en el mundo que dijo eso y luego lo logró. Porque por cada uno de esos, hay docenas de imbéciles que dicen exactamente lo mismo, y de verdad lo creen, y aceptan el crédito que produce dicha visión y luego no llegan a ningún lado, en parte porque su orgullo trabajó en su contra y también invitó a los demás a trabajar contra sus objetivos.

Esta fue la razón por la cual Rockefeller sabía que necesitaba controlarse y dominar privadamente su ego. Noche tras noche se preguntaba: “¿Acaso vas a ser tan tonto? ¿Vas a permitir que este dinero te envanezca? (a pesar de que no era mucho). Mantén los ojos abiertos —se advertía—, y no pierdas el equilibrio”.

Más tarde el propio Rockefeller diría: “Tenía horror del peligro que significaba la arrogancia. Es lastimoso ver cuando un hombre permite que un poco de éxito temporal dañe totalmente su camino, nuble su juicio y le haga olvidar lo que es”. El orgullo crea una especie de obsesión miope y onanista que deforma la

perspectiva, la realidad, la verdad y el mundo que lo rodea. El ingenuo principito de la famosa historia de Saint-Exupéry observa lo mismo, lamentándose de un vanidoso en el sentido de que “nunca escucha nada más que los elogios”. Esa es exactamente la razón por la cual no podemos darnos el lujo de tener el orgullo como traductor de nuestro sentimientos.

Precisamente en el momento en que necesitamos recibir retroalimentación, mantener el entusiasmo y planear el camino, el orgullo limita estos sentimientos. O, en otros casos, fortalece otras partes negativas de nosotros mismos, como la sensibilidad, el complejo de persecución, la capacidad de hacer que todo gire en torno nuestro.

Cuando el famosos guerrero y conquistador Gengis Kan empezó a preparar a sus hijos y a sus generales para que lo sucedieran, siempre les advertía: “Si no puedes tragarte tu orgullo, no podrás ser líder”. Les decía que hacer eso sería más difícil que domar a un león salvaje. Le gustaba usar la analogía de una montaña: “Incluso las montañas más altas tienen animales que son más altos que la montaña misma cuando están parados sobre ella”.

Tenemos la tendencia a sentir desconfianza de la negatividad, de la gente que nos hace desistir de perseguir nuestra vocación, o duda de la visión que tenemos de nosotros mismos. La negatividad es, ciertamente, un obstáculo del que hay que cuidarse, pero manejarla es bastante simple. Por otra parte, lo que menos nos enseñan y cultivamos es cómo protegernos de la validación y la gratificación que llegan tan pronto como damos señales de ser buenos. De lo que no nos protegemos es de la gente y las cosas que nos hacen sentir bien o, mejor, demasiado bien.

Debemos prepararnos para combatir el orgullo y matarlo pronto, o él matará nuestras aspiraciones. Debemos estar en guardia contra el sentimiento de seguridad en nosotros mismos y la obsesión con el yo. “El principal producto del conocimiento personal es la humildad”, dijo una vez Flannery O’Connor. Así es como luchamos contra el ego: aprendiendo a conocernos de verdad.

Lo que hay que preguntarse cuando experimentamos un brote de orgullo es: ¿de qué me estaré perdiendo en este momento y qué será lo que vería si fuera una persona más humilde? ¿Qué estoy evitando, o de qué estoy huyendo, con mis fanfarronadas,

mi frenesí y mis adornos? Es mucho mejor hacerse estas preguntas, y responderlas ahora mismo, cuando las apuestas son todavía bajas, porque más adelante será más difícil.

Vale la pena decirse que el simple hecho de guardar silencio no significa que uno no sienta orgullo. Pensar incluso para sí mismo que uno es mejor que otros sigue siendo orgullo.

Montaigne inscribió esta cita de Menandro, el dramaturgo griego, en una viga de su cielorraso: “Ser muy orgulloso de ti mismo será tu ruina. Solo piensa que eres alguien”.

Todavía estamos luchando y los luchadores son nuestros compañeros, no los orgullosos ni los que han logrado cosas. Si no entendemos esto, el orgullo se apoderará de nuestra concepción personal y la enfrentará a la realidad de nuestra posición. Eso significa que todavía tenemos mucho camino por delante y mucho por hacer.

Después de golpearse la cabeza y oír la advertencia de Mather, Franklin se pasó la vida batallando contra el orgullo, porque quería hacer muchas cosas y entendía que el orgullo haría que todo fuera mucho más difícil, razón por la cual, a pesar de haber obtenido triunfos admirables en cualquier época: riqueza, fama y poder, Franklin nunca tuvo que sufrir en carne propia las “desgracias que le trae a la gente el hecho de llevar la cabeza muy alta”.

En últimas, lo importante no es postergar el orgullo porque usted no se lo merezca todavía. No se trata de no alardear sobre lo que todavía no ha ocurrido. Es algo más directo: sencillamente, no hay que alardear. Eso no sirve para nada.

Repaso del capítulo

Resumen. El orgullo ante logros menores distorsiona la percepción de la realidad justo cuando más se necesita claridad. Benjamin Franklin aprendió esa lección de golpe con Cotton Mather. John D. Rockefeller se hablaba a sí mismo cada noche para combatir el orgullo. El orgullo temprano puede destruir carreras prometedoras.

Puntos clave Frases del capítulo
El orgullo debilita precisamente el instrumento que necesitamos para tener éxito: la mente.
Aquel al que quieren destruir los dioses recibe antes el calificativo de 'prometedor'.
El principal producto del conocimiento personal es la humildad.
Comprueba que entendiste
¿Cómo ilustra el episodio de Franklin con Cotton Mather el peligro del orgullo temprano?
Franklin regresó a Boston con traje nuevo y dinero para impresionar a todos, tan engreído que ignoró la advertencia de Mather de agacharse y se golpeó con una viga; Mather usó el golpe como metáfora de lo que le esperaba si seguía 'llevando la cabeza tan alta'.
¿Por qué Rockefeller se hablaba a sí mismo cada noche sobre el peligro del orgullo?
Porque después de sus primeros éxitos sentía brotar la autosatisfacción y sabía que ese orgullo incipiente podía nublar su juicio; la disciplina de recordarse 'no te inmutes' era su antídoto preventivo.
¿Qué debemos preguntarnos cuando experimentamos un brote de orgullo?
De qué me estaré perdiendo en este momento y qué vería si fuera más humilde; qué estoy evitando o de qué estoy huyendo con mis fanfarronadas; hacerse estas preguntas cuando las apuestas son bajas evita consecuencias peores después.
Aplícalo: Después de tu próximo logro, antes de compartirlo, hazte la pregunta de Rockefeller: ¿qué sigo sin saber hacer bien? Anota esa respuesta y trabaja en ella primero.
El Ego es el Enemigo
Ryan Holiday
27 capítulos
01Hablar, hablar, hablar 02¿Ser o hacer? 03Convertirse en estudiante 04No ser apasionado 05Seguir la estrategia del lienzo 06Contenerse 07Olvidarse de sí mismo 08El peligro del orgullo temprano 09Trabajar, trabajar y trabajar 10Para lo que sea que siga, el ego es el enemigo 11Mantener siempre la condición de estudiante 12No inventarse cuentos 13¿Qué es lo importante para usted? 14Privilegios, control y paranoia 15Saber portarse 16Cuidado con la enfermedad del yo 17Meditar sobre la inmensidad 18Mantener la sobriedad 19Para lo que suele venir después, el ego es el enemigo 20¿Tiempo vivo o tiempo muerto? 21Que el esfuerzo sea suficiente 22Momentos de “El club de la pelea” 23Poner límites 24Lleve su propio puntaje 25Amar siempre 26Para todo lo que sigue, el ego es el enemigo 27¿Qué debe usted leer a continuación? Quiz del libro
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