Libro
El cuerpo lleva la cuenta
11. Destapar los secretos. El problema del recuerdo traumático

11. Destapar los secretos. El problema del recuerdo traumático

Capítulo 11 de 21

CAPÍTULO 11 DESTAPAR LOS SECRETOS:

EL PROBLEMA DEL RECUERDO TRAUMÁTICO

Es extraño que todos los recuerdos tengan estas dos cualidades. Siempre están repletos de quietud, esto es lo más sorprendente que tienen; y aunque las cosas no fueran así en realidad, siguen pareciendo tener esta cualidad.

Son apariciones sin sonido, que me hablan con imágenes y gestos, sin palabras y en silencio, y su silencio es precisamente lo que me perturba.

–Erich Maria Remarque, All Quiet on the Western Front

En la primavera de 2002, me pidieron que examinara a un joven que afirmaba haber sufrido abusos de pequeño por Paul Shanley, un sacerdote católico que había servido en su parroquia de Newton (Massachusetts).

Con veinticinco años en ese momento, aparentemente había olvidado el abuso hasta que escuchó que el sacerdote estaba siendo investigado por abusar de niños. La pregunta que me asaltaba era: aunque aparentemente él parecía haber «reprimido» el abuso durante más de una década después de que terminara, ¿sus recuerdos eran creíbles? Y ¿estaba yo dispuesto a testificar este hecho ante un juez?

Contaré lo que este hombre, al que llamaré Julian, me contó basándome en mis notas originales sobre el caso. (Aunque su nombre real se hizo público, utilizo un nombre ficticio porque espero que con el paso del tiempo haya recuperado cierta privacidad y tranquilidad).1 Sus experiencias ilustran las complejidades del recuerdo traumático.

Las controversias sobre el caso contra el padre Shanley también son típicas de las pasiones que acompañan esta cuestión desde que los psiquiatras describieron por primera vez la naturaleza inusual de los recuerdos traumáticos en las últimas décadas del siglo XIX.

INUNDADO POR SENSACIONES E IMÁGENES

El 11 de febrero de 2001, Julian estaba de servicio como policía militar en la base de una fuerza aérea. Durante su conversación telefónica diaria con su novia Rachel, ella mencionó un artículo principal que había leído esa mañana en el Boston Globe. Un sacerdote llamado Shanley era sospechoso de haber abusado de niños. ¿Julian no le había hablado en una ocasión de un tal padre Shanley que había sido el párroco de su parroquia en Newton? «¿Te hizo algo alguna vez?», le preguntó. Al principio, Julian recordó al padre Shanley como a un hombre amable que le apoyó mucho después del divorcio de sus padres. Pero a medida que la conversación iba avanzando, empezó a ser presa del pánico. De repente, vio la silueta de Shanley en el marco de la puerta, con las manos extendidas 45°, mirando a Julian mientras orinaba. Abrumado por la emoción, le dijo a Rachel «Debo irme». Llamó a su jefe de vuelo, quien fue acompañado por el sargento primero. Después de reunirse con ambos, le llevaron con el capellán de la base. Julian recuerda que le dijo: «¿Sabe lo que está sucediendo en Boston?

A mí también me pasó». En cuanto se escuchó decir esas palabras, estuvo seguro de que Shanley había abusado de él, aunque no recordaba los detalles. Julian se sintió sumamente incómodo por estar tan afectado;

siempre había sido un niño fuerte que se guardaba las cosas dentro.

Esa noche, se sentó en la esquina de su cama, encorvado, pensando que se estaba volviendo loco y aterrorizado pensando que le encerrarían.

Durante la semana siguiente, siguieron viniéndole imágenes a la cabeza, y tenía miedo de romperse por completo. Pensó en coger un cuchillo y clavárselo en la pierna para detener las imágenes en su mente. Luego, los ataques de pánico empezaron a ir acompañados de convulsiones, que él llamaba «ataques epilépticos». Se arañaba el cuerpo hasta sangrar. Se notaba permanentemente caliente, sudoroso y agitado. Entre los ataques de pánico, se sentía «como un zombi»; se observaba a sí mismo desde la distancia, como si lo que estaba viviendo le estuviera sucediendo a otra persona.

En abril recibió la baja administrativa, justo diez días antes de poder optar a una paga completa.

Cuando Julian vino a mi consulta casi un año después, vi a un tipo guapo y musculado que parecía deprimido y derrotado. Me dijo inmediatamente que se sentía fatal por haber dejado las fuerzas aéreas.

Había querido dedicarse a ello, y siempre había recibido unas evaluaciones excelentes. Le gustaban los retos y el trabajo en equipo, y echaba de menos la estructura del estilo de vida militar.

Julian nació en las afueras de Boston, y era el segundo de cinco hermanos. Su padre los abandonó cuando Julian tenía unos seis años porque no podía soportar vivir con la madre de Julian, emocionalmente lábil. Él y su padre se llevan bien, pero a veces le reprochaba que trabajara tanto para apoyar a la familia y que le abandonara dejándole al cuidado de

su desequilibrada madre. Ni sus padres ni ninguno de sus hermanos habían recibido nunca asistencia psiquiátrica ni habían tomado drogas.

Julian era un atleta popular en el instituto. Aunque tenía bastantes amigos, se sentía mal consigo mismo y escondía que era un mal estudiante con la bebida y las fiestas. Se sentía avergonzado por haberse aprovechado de su popularidad y belleza acostándose con muchas chicas. Mencionó desear llamar a algunas de ellas para disculparse por lo mal que las había tratado.

Recordaba odiar siempre su cuerpo. En el instituto, tomaba esteroides para hincharse y fumaba marihuana casi a diario. No fue a la universidad, y después de terminar la secundaria se convirtió prácticamente en un sin techo durante casi un año porque no podía soportar más vivir con su madre. Se alistó para intentar volver a encarrilar su vida.

Julian conoció al padre Shanley a los seis años, mientras estudiaba catecismo en la iglesia parroquial. Recuerda al padre Shanley sacándole de clase para confesarle. El padre Shanley casi nunca llevaba sotana, y Julian recordaba los pantalones de pana azul marino del padre. Iban a una sala grande donde había una silla delante de otra y un banco para arrodillarse.

Las sillas estaban tapizadas de rojo, y había un cojín de terciopelo rojo en el banco. Jugaban a las cartas, un juego de guerra que se convertía en strip póker. Luego, recordaba estar delante de un espejo en esa sala. El padre Shanley le hacía inclinarse. Recordaba al padre Shanley introduciéndole un dedo en el ano. No cree que Shanley le penetrara nunca con el pene, pero cree que el padre le introdujo el dedo en varias ocasiones.

Aparte de esto, sus recuerdos eran bastante incoherentes y fragmentados. Tenía flashes de imágenes del rostro de Shanley y de incidentes aislados: Shanley permaneciendo delante de la puerta del baño;

el párroco arrodillándose y «moviéndosela» con la lengua. No recordaba cuántos años tenía cuando sucedió esto. Recordaba al párroco diciéndole cómo realizar sexo oral, pero no recuerda hacerlo realmente. Recuerda estar repartiendo panfletos en la parroquia y luego el padre Shanley sentarse a su lado en un banco de la iglesia, acariciándole con una mano y sujetando la mano de Julian encima de él con la otra. Recordaba que, al crecer, el padre Shanley pasaba cerca de él y le acariciaba el pene. A Julian no le gustaba, pero no sabía qué hacer para detenerlo. Al fin y al cabo, como me dijo, «El padre Shanley era lo más cercano a Dios en mi barrio».

Además de estos fragmentos de recuerdos, los rastros de su abuso sexual se activaban y se reproducían claramente. En ocasiones, cuando tenía relaciones sexuales con su novia, la imagen del sacerdote le venía la cabeza y, como él mismo decía, «perdía el rumbo». Una semana antes de que yo le entrevistara, su novia le había introducido un dedo en la boca y le dijo juguetona: «Qué bien chupas». Julian saltó y le gritó: «Si vuelves a

decir esto te mato». Luego, aterrorizados, ambos empezaron a llorar. Esto estuvo seguido por uno de los «ataques epilépticos» de Julian, en el que se encorvaba en posición fetal, temblando y gimoteando como un niño pequeño. Mientras me lo contaba, Julian parecía muy pequeño y muy asustado.

Julian alternaba entre la lástima por el viejo en el que el padre Shanley se había convertido y el deseo de querer simplemente «meterle en una habitación en algún sitio y matarle». También hablaba repetidamente de lo avergonzado que se sentía, de lo difícil que era admitir que no podía protegerse a sí mismo: «Nadie se mete conmigo, y ahora le cuento esto». Él se veía a sí mismo como a una persona grande y fuerte.

¿Cómo comprender una historia como la de Julian: años de olvido aparente, seguidos por unas imágenes fragmentadas y perturbadoras, unos síntomas físicos dramáticos y repentinas recreaciones? Como terapeuta que trata a personas con un legado traumático, mi principal preocupación no es determinar exactamente qué les pasó, sino ayudarles a tolerar las sensaciones, emociones y reacciones que experimentan sin que estas los secuestren constantemente. Cuando aparece el tema de la culpa, la cuestión principal que debe abordarse suele ser la autoculpabilización:

aceptar que el trauma no fue culpa suya, que no fue causado por ningún defecto suyo, y que nadie habría merecido lo que les sucedió.

Sin embargo, cuando la situación se convierte en un caso legal, la determinación de la culpabilidad es determinante, y con ella la admisibilidad de las pruebas. Anteriormente había examinado a doce personas que habían sido sufrido sádicos abusos en la infancia en un orfanato católico de Burlington (Vermont). Denunciaron (con otros denunciantes) más de cuatro décadas después, y aunque ninguno de ellos había tenido contacto con los demás hasta que se interpuso la primera demanda, sus recuerdos de los abusos eran sorprendentemente similares:

todos nombraban los mismos nombres y los abusos concretos que cada monja o sacerdote había cometido, en las mismas salas, con los mismos muebles, y como parte de las mismas rutinas diarias. La mayoría de ellos posteriormente aceptó un arreglo fuera de los tribunales por parte de la diócesis de Vermont.

Antes de que se juzgue un caso, el juez celebra lo que se conoce como vista Daubert para sentar los criterios para los testimonios periciales que se presentarán ante el jurado. En un caso de 1996, pude convencer a un juez del Tribunal Federal de Boston de que era habitual que las personas traumatizadas borraran todos los recuerdos del acontecimiento en cuestión, para volver a acceder a ellos en diferentes partes y fragmentos posteriormente. Los mismos criterios eran aplicables en el caso de Julian.

Aunque el informe que hice para sus abogados es confidencial, se basaba en décadas de experiencia clínica y de investigación sobre los recuerdos

traumáticos, incluyendo el trabajo de algunos de los grandes pioneros de la psiquiatría moderna.

RECUERDOS NORMALES FRENTE A TRAUMÁTICOS Todos sabemos lo caprichosa que es nuestra memoria; nuestras historias cambian y son revisadas y actualizadas constantemente. Cuando hablo con mis hermanos y hermanas de acontecimientos de nuestra infancia, siempre terminamos pensando que crecimos en familias diferentes, porque muchos de nuestros recuerdos simplemente no encajan. Estos recuerdos autobiográficos no son reflejos exactos de la realidad; son historias que contamos para transmitir nuestra visión personal sobre nuestra experiencia.

La extraordinaria capacidad de la mente humana de reescribir los recuerdos se ilustra en el Estudio Grant Sobre Desarrollo Humano, que ha seguido sistemáticamente la salud psicológica y física de más de doscientos estudiantes de segundo curso de Harvard desde los años 1939-1944 hasta la actualidad.2 Obviamente, los diseñadores del estudio no podían anticipar que la mayoría de los participantes participarían en la II Guerra Mundial, pero ahora podemos rastrear sus recuerdos de la guerra. Se los entrevistó en profundidad para conocer sus experiencias en la guerra en los años 1945-1946 y posteriormente en 1989-1990. Cuatro décadas y media después, la mayoría hicieron unos relatos muy distintos de las narraciones grabadas en las entrevistas realizadas inmediatamente después de la guerra: con el paso del tiempo, el horror intenso había sido eliminado de los acontecimientos. En cambio, los que habían quedado traumatizados y consiguientemente desarrollaron TEPT no modificaron sus relatos; sus recuerdos se preservaron básicamente intactos durante cuarenta y cinco años tras el fin de la guerra.

Recordar un acontecimiento en particular y la exactitud de nuestros recuerdos depende en gran medida de lo significativo que fuera a nivel personal y de la intensidad de nuestras emociones en ese momento. El factor clave es nuestro nivel de activación. Todos tenemos recuerdos asociados con personas, canciones, olores y lugares concretos que permanecen con nosotros durante mucho tiempo. La mayoría de nosotros todavía tenemos recuerdos precisos de dónde estábamos y de lo que vimos el 11 de septiembre de 2001, pero solo unos pocos recordamos algo concreto del día 10 de septiembre.

La mayor parte de nuestra experiencia diaria pasa inmediatamente al olvido. Los días normales no tenemos mucho que contar cuando llegamos a casa por la tarde. La mente funciona según esquemas o mapas, y los incidentes que caen fuera del patrón establecido son lo que probablemente captará nuestra atención. Si nos suben el sueldo o un amigo nos da alguna

noticia emocionante, recordaremos los detalles del momento, al menos durante un tiempo. Lo que mejor recordamos son los insultos y el daño: la adrenalina que secretamos para defendernos de amenazas potenciales nos ayuda a grabar esos incidentes en la mente. Aunque el contenido del comentario se diluya, nuestra animadversión hacia la persona que lo hizo suele persistir.

Cuando sucede algo aterrador, como ver a un niño o a un amigo sufrir un accidente, retenemos un recuerdo intenso y sumamente preciso del acontecimiento durante mucho tiempo. Como James McGaugh y colegas han demostrado, cuanta más adrenalina secretemos, más preciso será el recuerdo.3 Pero esto es así solo hasta cierto punto. Al confrontarse con el horror (especialmente el horror de un «shock ineludible») este sistema se satura y se avería.

Naturalmente, no podemos supervisar lo que sucede durante una experiencia traumática, pero podemos reactivar el trauma en el laboratorio, como vimos en el caso de los escáneres cerebrales de los capítulos 3 y 4. Cuando se reactivan rastros de recuerdos de los sonidos, imágenes y sensaciones originales, el lóbulo frontal deja de funcionar, incluyendo, como hemos visto, la región necesaria para poner palabras a los sentimientos,4 la región que nos permite localizarnos en el tiempo y el tálamo, que integra los datos en bruto de las sensaciones entrantes. En este momento, el cerebro emocional, que no está bajo control consciente y no puede comunicarse con palabras, toma el poder. El cerebro emocional (el área límbica y el tronco encefálico) expresa su activación alterada mediante cambios en la activación emocional, la fisiología corporal y la actividad muscular. En condiciones normales, estos dos sistemas de memoria (racional y emocional) colaboran para producir una respuesta integrada. Sin embargo, la activación elevada no solo cambia el equilibrio entre ellos, sino que también desconecta otras áreas cerebrales necesarias para almacenar e integrar adecuadamente la información entrante, como el hipocampo y el tálamo.5 Como resultado, las huellas de las experiencias traumáticas se organizan no como narrativas lógicas coherentes, sino como huellas sensoriales y emocionales fragmentadas: imágenes, sonidos y sensaciones físicas.6 Julian veía un hombre con los brazos extendidos, un banco de iglesia, unas escaleras, un juego de strip póker; sentía una sensación en su pene, una sensación de pánico e intimidación. Pero había poca o ninguna historia.

DESTAPAR LOS SECRETOS DEL TRAUMA A finales del siglo XIX, cuando la medicina empezó a estudiar sistemáticamente los problemas mentales, la naturaleza de la memoria traumática era uno de los principales temas en discusión. En Francia y en

Inglaterra, se publicó un número prodigioso de artículos sobre un síndrome llamado «conmoción medular», refiriéndose a los síntomas psicológicos posteriores a los accidentes ferroviarios que incluían la pérdida de memoria.

Los mayores avances, sin embargo, se produjeron con el estudio de la histeria, un trastorno mental caracterizado por arranques emocionales, susceptibilidad a la sugestión y contracciones y parálisis musculares que no podían explicarse simplemente por razones anatómicas.7 Antaño considerada una aflicción de mujeres inestables y que fingían estar enfermas (el nombre procede de una palabra griega que significa «útero»), la histeria actualmente se ha convertido en una ventana hacia los misterios de la mente y del cuerpo. Los nombres de algunos de los mayores pioneros de la neurología y la psiquiatría, como Jean-Martin Charcot, Pierre Janet y Sigmund Freud, se asocian con el descubrimiento de que el trauma está en la raíz de la histeria, especialmente el trauma del abuso sexual infantil.8 Estos primeros investigadores se referían a los recuerdos traumáticos como «secretos patogénicos»9 o «parásitos mentales»10 porque por mucho que las víctimas intentaran olvidar lo que les había sucedido, sus recuerdos seguían obligándolos a ser conscientes de ello, atrapándolos en un presente de un horror existencial en continua renovación.11 El interés por la histeria fue especialmente grande en Francia y, como suele pasar, las razones se basan en la política de esa época. Jean-Martin Charcot, considerado el padre de la neurología y cuyos alumnos, como Gilles de la Tourette, dieron nombre a numerosas patologías neurológicas, también era activo en política. Tras la abdicación del emperador Napoleón III en 1870, hubo una batalla entre los monárquicos (el antiguo orden apoyado por el clero) y los defensores de la República francesa en ciernes, que creían en la ciencia y en la democracia secular. Charcot creía que las mujeres serían un factor crítico en esa lucha, y su investigación sobre la histeria «ofrecía una explicación científica a fenómenos como los estados de posesión demoníaca, la brujería, el exorcismo y el éxtasis religioso».12 Charcot realizó meticulosos estudios sobre las correlaciones fisiológicas y neurológicas de la histeria en hombres y en mujeres, todos los cuales ponían el acento en la memoria encarnada y en la falta de lenguaje. Por ejemplo, en 1889 publicó el caso de un paciente llamado Lelog, que desarrolló una parálisis en las piernas después de sufrir un accidente en una carreta tirada por caballos. Aunque Lelog cayó al suelo y perdió la conciencia, no se lesionó las piernas, y no tenía signos neurológicos que indicaran una causa física para su parálisis. Charcot descubrió que justo antes de que Lelog perdiera el conocimiento, vio cómo las ruedas de la carreta se le acercaban y creyó firmemente que le iban a atropellar.

Observó que «el paciente… no conserva ningún recuerdo… Las preguntas

que se le han realizado sobre este punto no tienen resultado. No sabe nada o casi nada».13 Como muchos otros pacientes de La Salpêtrière, Lelog expresó su experiencia físicamente. En lugar de recordar el accidente, desarrolló una parálisis en las piernas.14 Pero para mí, el verdadero héroe de esta historia es Pierre Janet, que ayudó a Charcot a crear un laboratorio de investigación dedicado al estudio de la histeria en La Salpêtrière. En 1889, el mismo año de la construcción de la torre Eiffel, Janet publicó el primer relato científico (igual de largo que un libro) sobre el estrés traumático: L’automatisme psychologique.15 Janet proponía que en la raíz de lo que actualmente llamamos TEPT había la experiencia de «emociones vehementes», o una activación emocional intensa. Su tratado explicaba que, después de un trauma, las personas van repitiendo automáticamente ciertas acciones, emociones y sensaciones relacionadas con el trauma. Y, a diferencia de Charcot, interesado básicamente en medir y documentar los síntomas físicos de los pacientes, Janet se pasó un número incalculable de horas hablando con ellos, intentando descubrir qué les pasaba por la mente.

También a diferencia de Charcot, cuya investigación se centraba en comprender el fenómeno de la histeria, Janet era principalmente un médico cuyo objetivo era tratar a sus pacientes. Por ello, estudié en detalle los informes de sus casos y por ello se convirtió en uno de mis maestros más importantes.16 AMNESIA, DISOCIACIÓN Y RECREACIÓN Janet fue el primero en destacar la diferencia entre «recuerdo narrativo»

(las historias que la gente cuenta sobre el trauma) y el propio recuerdo traumático. Uno de los casos era la historia de Irene, una joven que fue hospitalizada después de que su madre falleciera de tuberculosis.17 Irene cuidó a su madre durante varios meses mientras seguía trabajando fuera de casa para ayudar a su padre alcohólico y pagar la asistencia médica de su madre. Cuando su madre finalmente falleció, Irene, exhausta por el estrés y por la falta de sueño, intentó durante varias horas reanimar el cadáver, llamando a su madre e intentando que tragara medicamentos. En un momento dado, el cuerpo sin vida de su madre se cayó de la cama mientras el padre borracho de Irene yacía inconsciente no muy lejos.

Incluso después de que llegara una tía y empezara a preparar el funeral, la negación de Irene persistía. Tuvieron que convencerla para ir al funeral, y se pasó todo el servicio religioso riendo. Al cabo de unas semanas, la llevaron a La Salpêtrière, donde Janet se hizo cargo del caso.

Jean-Martin Charcot presenta el caso de una paciente con histeria. Charcot transformó La Salpêtrière, un antiguo psiquiátrico de París para pobres, en un moderno hospital. Observe la postura dramática de la paciente.

Pintura de ANDRÉ BROUILLET

Además de la amnesia por la muerte de su madre, Irene presentaba otro síntoma: varias veces a la semana se quedaba mirando, como en trance, hacia una cama vacía, ignorando lo que sucedía a su alrededor, cuidando a una persona imaginaria. Meticulosamente reproducía, más que recordar, los detalles de su madre fallecida.

Las personas traumatizadas simultáneamente recuerdan demasiado y demasiado poco. Por un lado, Irene no tenía ningún recuerdo consciente de la muerte de su madre (no podía contar la historia de lo que sucedió).

Por el otro, se veía obligada a representar físicamente los acontecimientos del fallecimiento de su madre. El término «automatismo» de Janet transmite la naturaleza involuntaria e inconsciente de sus acciones.

Janet trató a Irene durante varios meses, básicamente con hipnosis. Al final, le preguntó de nuevo sobre la muerte de su madre. Irene empezó a llorar y dijo: «No me recuerdes cosas terribles… Mi madre estaba muerta y mi padre estaba completamente borracho, como siempre. Tuve que velar su cuerpo toda la noche. Hice un montón de tonterías para reanimarla. En aquel momento, perdí la cabeza». Irene no solo podía contar la historia,

sino que también había recuperado sus emociones. «Me siento muy triste y abandonada». Janet consideraba en aquel momento que su recuerdo era «completo» porque iba acompañado por los sentimientos adecuados.

Janet observó diferencias significativas entre los recuerdos ordinarios y los traumáticos. Los recuerdos traumáticos son los precipitados por unos desencadenantes específicos. En el caso de Julian, el desencadenante fueron los comentarios seductores de su novia; en el de Irene, una cama.

Cuando se desencadena un elemento de una experiencia traumática, es probable que otros elementos sigan automáticamente.

El recuerdo traumático no está condensado: Irene tardó de tres a cuatro horas en reconstruir su historia, pero cuando finalmente fue capaz de contar lo que había sucedido tardó menos de un minuto. La recreación traumática no cumple ninguna función. En cambio, los recuerdos ordinarios son adaptativos; nuestras historias son flexibles y pueden modificarse para encajar con las circunstancias. Los recuerdos ordinarios son básicamente sociales; es una historia que contamos con un propósito:

en el caso de Irene, captar la ayuda y el consuelo de su médico; en el caso de Julian, captarme a mí en su búsqueda de justicia y venganza. Pero los recuerdos traumáticos no tienen nada de social. La rabia de Julian ante el comentario de su novia no tenía ningún propósito útil. Las recreaciones están congeladas en el tiempo, son invariables, y siempre son experiencias solitarias, humillantes y distanciantes.

Janet acuñó el término «disociación» para describir la separación y el aislamiento de los recuerdos que vio en sus pacientes. También fue clarividente con respecto al alto coste de mantener esos recuerdos traumáticos a raya. Más tarde escribió que cuando los pacientes disocian su experiencia traumática, se quedan «atados a un obstáculo insuperable».18 «Al no poder reintegrar sus recuerdos traumáticos, parecen perder la capacidad de asimilar también nuevas experiencias. Es como si su personalidad se hubiera detenido definitivamente en algún punto, y no se pudiera ampliar más con el añadido o la asimilación de nuevos elementos».19 Predijo que a menos que fueran conscientes de los elementos separados y los reintegraran en una historia que sucedió en el pasado – pero que ahora ya había terminado–, experimentarían un lento declive en su funcionamiento personal y profesional. Este fenómeno ha quedado actualmente bien documentando en la investigación contemporánea.20 Janet descubrió que, aunque es normal cambiar y distorsionar los recuerdos, las personas con TEPT son incapaces de dejar atrás el acontecimiento en cuestión, la fuente de esos recuerdos. La disociación impide que el trauma se integre en los almacenes conglomerados y cambiantes de recuerdos autobiográficos, esencialmente creando un sistema dual de recuerdos. La memoria normal integra los elementos de cada experiencia en el flujo continuo de la propia experiencia mediante un

complejo proceso de asociación; piense en una red densa pero flexible en la que cada elemento ejerce una sutil influencia en muchos otros. Pero en el caso de Julian, las sensaciones, pensamientos y emociones del trauma estaban almacenados por separado como fragmentos congelados y apenas reconocibles. Si el problema con el TEPT es la disociación, el objetivo del tratamiento sería la asociación: integrar los elementos recortados del trauma en la narración continua de la vida, para que el cerebro pueda reconocer que «aquello era antes, y esto es ahora».

LOS ORÍGENES DE LA «CURA DE CONVERSACIÓN»

El psicoanálisis nació en las unidades de La Salpêtrière. En 1885, Freud fue a París a trabajar con Charcot (y más tarde llamó a su hijo primogénito Jean-Martin en honor a Charcot). En 1893, Freud y su mentor vienés Josef Breuer citaron a Charcot y a Janet en un brillante artículo sobre la causa de la histeria. «Los histéricos sufren principalmente por la reminiscencia», proclamaron, y siguieron observando que esos recuerdos no están sujetos al «proceso de desgaste» de los recuerdos normales sino, que «persisten durante mucho tiempo con una frescura sorprendente». Las personas traumatizadas tampoco pueden controlar cuándo emergerán. «Debemos observar otro hecho destacable; concretamente, que estos recuerdos, a diferencia de otros recuerdos de su vida pasada, no están a disposición de los pacientes. Al contrario, «estas experiencias están completamente ausentes de la memoria de los pacientes cuando están en un estado físico normal, o solo están presentes de un modo muy sumario»21 (los fragmentos citados pertenecen a Breuer y a Freud).

Breuer y Freud creían que los recuerdos traumáticos se perdían en la conciencia ordinaria porque las «circunstancias hacían imposible una reacción» o porque empezaban durante unos «afectos gravemente paralizantes, como el miedo». En 1896, Freud afirmó con atrevimiento que «la causa final de la histeria siempre es la seducción del niño por parte de un adulto».22 Luego, al enfrentarse a su propia evidencia de una epidemia de abusos en las mejores familias de Viena (epidemia que, como dijo, afectaría a su propio padre) rápidamente empezó a retractarse. El psicoanálisis pasó a poner el énfasis en los deseos inconscientes y las fantasías, aunque Freud ocasionalmente siguió reconociendo la realidad del abuso sexual.23 Después de que los horrores de la I Guerra Mundial le confrontaran con la realidad de las neurosis de los combatientes, Freud reafirmó que la falta de memoria verbal es central en el trauma y que si una persona no recuerda algo, es probable que lo represente: «Lo reproduce no como un recuerdo, sino como una acción: lo repite sin saber, obviamente, que lo está repitiendo, y al final entendemos que es una forma de recordar».24

El legado perdurable del artículo de Breuer y Freud de 1893 es lo que actualmente llamamos «cura de conversación»: «Para nuestra sorpresa, descubrimos, primero, que cada síntoma histérico individual desaparecía inmediata y permanentemente cuando lográbamos sacar claramente a la luz el recuerdo del acontecimiento por el que estaba provocado y activar su afecto correspondiente, y cuando el paciente había descrito ese acontecimiento con el mayor detalle posible y puesto en palabras el afecto.

El recuerdo sin afecto casi invariablemente no produce ningún resultado».

Explican que, a menos que haya una «reacción energética» ante el acontecimiento traumático, los afectos «permanecen unidos al recuerdo» y no pueden descargarse. La reacción puede descargarse con una acción («desde lágrimas hasta actos de venganza»). «Pero el lenguaje sirve como sustituto a la acción; con su ayuda, un afecto puede ser objeto de “abreacción” casi igual de efectivamente». Concluyen: «Ahora se comprenderá por qué el procedimiento psicoterapéutico que hemos descrito en estas páginas tiene un efecto curativo. Pone fin a la fuerza operativa… que no fue objeto de abreacción en el primer momento es decir, en el momento del trauma], permitiendo que el afecto estrangulado encuentre una salida a través de la palabra; y lo somete a una corrección asociativa al introducirlo en la conciencia normal». Aunque actualmente el psicoanálisis esté eclipsado, la «cura de conversación» ha perdurado, y los psicólogos han asumido en general que narrar la historia del trauma con mucho detalle ayuda a la gente a dejarlo atrás. Esta es también una premisa básica de la terapia cognitivo-conductual (TCC), que se enseña actualmente en las facultades de psicología de todo el mundo.

Aunque las etiquetas diagnósticas hayan cambiado, seguimos viendo a pacientes similares a los descritos por Charcot, Janet y Freud. En 1986, mis compañeros y yo describimos el caso de una mujer que trabajaba como cigarrera en el club Cocoanut Grove de Boston cuando se quemó en 1942.25 Durante las décadas de los setenta y los ochenta, cada año recreaba su huida del incendio en la calle Newbury, a unas manzanas del lugar original, lo cual provocaba su hospitalización con diagnósticos como esquizofrenia y trastorno bipolar. En 1989, describí el caso de un veterano de Vietnam que cada año montaba un «robo armado» el día del aniversario de la muerte de un compañero.26 Se ponía un dedo en el bolsillo del pantalón, simulando que era una pistola, y pedía al tendero que vaciara la caja registradora (dejándole tiempo suficiente para avisar a la policía).

Este intento inconsciente de cometer un «suicidio policial» llegó a su fin cuando un juez me lo derivó para que lo tratara. Una vez resuelto su sentimiento de culpabilidad por la muerte de su amigo, no hubo más recreaciones.

Estos incidentes suscitan una pregunta crítica: ¿cómo pueden reconocer los médicos, policías o trabajadores sociales que alguien sufre estrés

postraumático si, en lugar de recordar el acontecimiento, lo que hace es recrearlo? ¿Cómo pueden los propios pacientes identificar la fuente de su comportamiento? Si no se conoce su historial, es probable que los etiqueten como locos o se los castigue como a criminales en lugar de ayudarles a integrar el pasado.

EL RECUERDO TRAUMÁTICO A JUICIO Al menos dos docenas de hombres afirmaron haber sufrido abusos sexuales por parte de Paul Shanley, y muchos alcanzaron arreglos civiles con la archidiócesis de Boston. Julian fue la única víctima citada a declarar en el juicio de Shanley. En febrero de 2005, el antiguo sacerdote fue declarado culpable de dos cargos de violación a un menor y dos cargos de asalto y agresión a un menor. Se le sentenció a entre doce y quince años de prisión.

En el año 2007, Robert F. Shaw Jr., el abogado de Shanley, solicitó un nuevo juicio, recurriendo las condenas de Shanley por error judicial. Shaw intentaba demostrar que los «recuerdos reprimidos» no están generalmente aceptados en la comunidad científica, que las condenas se basaban en una «ciencia basura» y que había habido testimonios insuficientes sobre el estatus científico de los recuerdos reprimidos antes del juicio. El recurso fue desestimado por el juez del primer juicio, pero dos años después llegó al Tribunal Supremo de Massachusetts. Casi cien psiquiatras y psicólogos líderes de Estados Unidos y de ocho países extranjeros firmaron una declaración amicus curiae afirmando que nunca se había demostrado que los «recuerdos reprimidos» existieran y que no debían admitirse como prueba. Sin embargo, el 10 de enero de 2010, el tribunal ratificó por unanimidad la condena de Shanley con esta afirmación: «En resumen, la conclusión del juez de que la ausencia de pruebas científicas no convertía en poco fidedigna la teoría de que alguien pueda experimentar amnesia disociativa quedó sustentada en el sumario… No hubo abuso de discreción en la admisión de los testimonios periciales sobre el tema de la amnesia disociativa».

En el capítulo siguiente, hablaré más de los recuerdos y del olvido y también de cómo el debate sobre los recuerdos reprimidos, que se inició con Freud, sigue desarrollándose en la actualidad.

Repaso del capítulo

Resumen. El caso de Julian (abusado por un sacerdote) abre la pregunta sobre la memoria traumatica. Historia del campo: Charcot, Janet y Freud estudiaron la histeria (hoy sabemos que era trauma). Janet acuno disociacion e Irene (sonambulismo postraumatico) lo ilustra. El curioso abandono de Freud de su teoria de la seduccion tras la presion social. Los dos sistemas de memoria: narrativa-hipocampal (cronologica) y somatosensorial-traumatica (atemporal, fragmentada). La cura por la palabra de Breuer: Anna O.

Frases del capítulo
{'texto': 'El trauma se convierte en una condena a cadena perpetua cuando la memoria permanece fragmentada y sin palabras.', 'fuente': 'Bessel van der Kolk', 'pagina_aprox': 315, 'reflexion': 'La integracion narrativa del trauma, aunque no es suficiente por si sola, es parte fundamental de la recuperacion.'}
{'texto': 'Pierre Janet comprendio que los recuerdos traumaticos son diferentes de los ordinarios: son involuntarios, sensoriales y atemporales.', 'fuente': 'Bessel van der Kolk', 'pagina_aprox': 322, 'reflexion': 'La distincion entre memoria narrativa e implicita-traumatica explica por que el trauma se expresa en el cuerpo y en el comportamiento antes que en las palabras.'}
El cuerpo lleva la cuenta
Bessel van der Kolk
21 capítulos
011. Lecciones de los veteranos de Vietnam 022. Revoluciones en el conocimiento de la mente y del cerebro 033. Analizar el cerebro. La revolución de la neurociencia 044. Correr para salvar la vida. Anatomía de la supervivencia 055. Conexiones entre el cuerpo y el cerebro 066. Perder nuestro cuerpo, perdernos a nosotros mismos 077. Ponerse en la misma longitud de onda. Apego y sintonización 088. Atrapados en las relaciones. El coste del maltrato y del abandono 099. ¿Qué tiene que ver el amor con esto? 1010. Trauma del desarrollo. La epidemia oculta 1111. Destapar los secretos. El problema del recuerdo traumático 1212. El peso insoportable de los recuerdos 1313. Superar el trauma. Ser dueños de nosotros mismos 1414. Lenguaje. milagro y tiranía 1515. Liberar el pasado. EMDR 1616. Aprender a vivir en nuestro cuerpo. Yoga 1717. Unir las piezas. El liderazgo del Self 1818. Rellenar los huecos. Crear estructuras 1919. Reprogramar el cerebro. Neurofeedback 2020. Encontrar nuestra voz. Ritmos comunitarios y teatro 21Epílogo. Elecciones que hay que tomar Quiz del libro
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